Los años de lucha feminista han establecido un consenso generalizado: el 8 de marzo no queremos flores ni bombones.  Pero, ¿este mismo consenso incluye otras cosas que no queremos?, ¿cuáles son, y cuáles podríamos construir, para formular lo que sí queremos?    Voy a permitirme en este texto, tal vez de una manera un poco desordenada, enunciar algunas ideas sobre qué queremos y qué no queremos.

Empezando por la negativa, tampoco queremos reivindicaciones vacías o consignas cristalizadas que no modifiquen concretamente las vidas de las mujeres, lesbianas, travestis y trans.  No queremos un feminismo que sólo pueda hacerse eco de demandas de derechos en términos abstractos, que representen un modelo de mujer que nada tiene que ver con nosotras y nosotres. La pandemia resaltó aún más cómo las desigualdades de clase son inseparables de las desigualdades de género. Por eso, es inútil intentar solucionar problemas sin tener en cuenta ambas desigualdades. Sin ir más lejos, la semana pasada fue desalojada Norma Castillo, integrante de la primera pareja lesbiana que pudo acceder al matrimonio igualitario en nuestro país. Sin políticas habitacionales que equilibren la injusta distribución de la propiedad, ¿alcanzan los grandes avances simbólicos, culturales y simbólicos que atravesamos como sociedad para que mejore la vida de Norma? Claro que estos avances sirven y se celebran, pero no son suficientes.

Tampoco queremos ver a funcionaries sentades en conferencias creando nuevos programas, si las políticas públicas que se gestionan no llegan a todos los territorios brindando soluciones reales. Sin duda es un gran logro que tengamos un Ministerio de las Mujeres, Género y Diversidad encabezado por una compañera con amplia trayectoria en la militancia e integrado por compañeres y compañeras. Ello como resultado de la lucha inclaudicable de los feminismos y de un gobierno que eligió escuchar y jerarquizar las demandas del movimiento. Pero ante este logro, nuestro rol es habitar siempre la tensión de exigir más a quienes nos representan, traccionando para que los derechos lleguen a todes.

 Aquí volvemos a insistir con que los derechos no son privilegios. Y en este aspecto, el ejemplo de los feminismos debería servirnos de guía en cuanto a celebrar los cambios positivos que suceden en la sociedad, pero siempre buscando ir más allá.  La aprobación y sanción de la IVE también puede leerse en estos términos; indudablemente la ley es una conquista muy importante. Sin embargo, si pensamos a las personas con capacidad de gestar como un grupo homogéneo que hoy ya tiene el derecho formal de elegir, nos veremos en problemas. No tenemos más que observar las dificultades que la objeción de conciencia plantea especialmente en las provincias atravesadas por la ideología clerical y anti derechos.

Tampoco queremos que nuestras demandas sean usadas para alentar mayor punitivismo. Con la sociedad conmocionada por los femicidios de Úrsula y Guadalupe (aquí debemos enfatizar que el nivel mediático alcanzado por estos casos logró conmover a un gran sector de la sociedad, aunque desde que comenzó el año ya sucedieron más de 40) queda al descubierto la “blumberización” que hace mella, incluso, al interior de los feminismos. Este es un tema complejo y de grandes discusiones sobre las que no podremos profundizar aquí, pero me parece importante sentar una postura al respecto. Queremos que las fuerzas de seguridad tengan una real formación en género basada en nuestros derechos; implementación de asistencias territoriales a las víctimas con funcionaries responsables penalmente en caso de no cumplir con sus obligaciones; una reforma judicial feminista enfocada en la resolución de los conflictos generados por  la violencia de género y no en el aumento de las penas.

Queremos igualdad de derechos, pero también queremos la posibilidad real de que todes gocen de esos derechos. Desde las colectivas feministas hace años se viene intentando articular las demandas con el Estado para obtener respuestas concretas. Aunque muchas veces, ante la falta de dichas respuestas, deben hacerse cargo del lugar que el Estado deja vacío. De ello puede dar cuenta el accionar solidario de les compañeres de las villas y territorios a lo largo de toda la pandemia…

Queremos, como todes, simplemente vivir. Pero esto, para nosotras y nosotres, a veces parece un deseo casi inaccesible. Querer vivir no es igual a sobrevivir. Es luchar por vidas dignas, que no sean arrebatadas por la violencia patriarcal ni que, tampoco, sean casi esclavizadas por las condiciones precarias que instala el capitalismo. Como dicen Arruza, Bhattachayta y Fraser, en su libro “Feminismo para el 99%, un manifiesto”, queremos seguir construyendo un feminismo desde abajo, que no sea cooptado por la lógica empresarial que le quita el contenido de clase. Un feminismo que cuestione la estructura de la sociedad capitalista/patriarcal/colonial y que busque terminar de raíz con los privilegios que solo benefician a los dueños del capital.

La potencia de querer transformarlo todo de los feminismos no se detiene, se aviva como un fuego al calor de las luchas, se hace cuerpo en las calles y cruza fronteras.

 

Un comentario en «NO QUEREMOS FLORES NI BOMBONES, PERO… ¿QUÉ SI QUEREMOS?»
  1. Un interesante arti’culo, seguramente en la bu’squeda de nuevas verdades y nuevos derechos el movimiento de mujeres se encontrara’ con la necesidad de contar con hombres revolucionarios dispuestos a terminar con el patriarcado, tarea difi’cil pero para eso se hicieron las revoluciones

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