Por Mora Grinblat

Corre el año 2045. Imaginemos que la humanidad aún existe y se sigue practicando el arte de la conversación cara a cara. Incluso se sigue usando eso de contar historias, relatar el pasado, conversar con otres. Imaginemos un poco más: una charla, contándole a une joven que hubo una época en la que en la Argentina el aborto no era legal.

 Sonará lejano, descabellado. Y sí, cuando tenemos un derecho lo damos por sentado y no tenemos presente las luchas que fueron necesarias para conseguirlo. A todes nos pasa. Me mirará asombrade cuando le diga que de eso no se hablaba. No se nombraba. Si una persona con capacidad de gestar quedaba embarazada y no deseaba seguir adelante, tenía que resolverlo como podía, en la intimidad de su hogar. Si tenía suerte (¡si tenía plata!) podía recurrir a un consultorio privado donde le practicaban una operación sencilla pero carísima. Si no, tenía que recurrir a prácticas peligrosas para la salud, lo que terminó con un promedio de 3030 mujeres muertas por abortos clandestinos entre 1983 y 2018. (1) 

 Sí, e imaginate, este no era el único daño que la clandestinidad provocaba en nuestras vidas, le diré, para profundizar un poco más. Interrumpir un embarazo, era, además de ilegal y peligroso, un estigma social. ¿Me creerá cuando le cuente que cuando tenía catorce años aborté, y me dijeron que no tenía que contarlo en la escuela por el qué dirán? Y ¡ojo! No culpo a mi mamá por esto, también ella había tenido que esconder sus abortos, hacía lo que podía para sortear los mandatos patriarcales sobre nuestros cuerpos. Ella y yo, como muchas mujeres y otras identidades con capacidad de gestar (2), vivimos marcadas por estos mandatos. Abortar, querer o no querer maternar, estar nerviosa los días antes de la menstruación (incluso aunque una se haya cuidado), lidiar con el entorno que espera que tengas hijes y espera que seas determinado tipo de madre, siempre tener presente el fantasma del embarazo no deseado; son cosas que muchas naturalizamos por no tener y conocer otra opción. 

-Claro, a vos te resulta extraño, pero en esa época el Estado no reconocía nuestros derechos sexuales y reproductivos, estábamos condenadas a la clandestinidad. Tuvieron que pasar años, una marea verde bajo el puente, para que el tema del aborto se hiciese agenda pública y llegara a las calles y luego al Congreso, de la mano de un montón de pibxs decididas a exigir el derecho y la autonomía sobre su sexualidad, sus cuerpos y sus vidas.

-¿Y cómo llegó al Congreso?

-Bueno, para esa parte nos falta, vamos de a poco. 

Mates de por medio (porque en cualquier conversación, incluso imaginaria, tiene que haber mate), le contaré que la Campaña nacional por el aborto legal, seguro y gratuito nació en el XVII Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario, en el año 2003, y fue creciendo en todo el país. Instalando en la sociedad -y en el Estado- la necesidad de despenalizar y legalizar el aborto. Manteniendo la capacidad de organización que da perseguir un objetivo común, concreto y posible; la Campaña fue nucleando profesionales, activistas, y organizaciones sociales. El proyecto redactado por la Campaña llegó al Congreso por primera vez en el año 2007. Sin embargo, no pudo ser tratado. Esto ocurriría una y otra vez en 2009 y en 2010. 

Continuando con la historia, tal vez me emocione un poco. Recordaré a esa compañera de la secundaria que me contó que su hermana había muerto de cáncer de útero por hacerse un aborto con agujas de tejer; a todas las amigas que abortaron y lo mantenían en secreto; a la amiga de mi mamá que, tratando de ser amable en aquel momento, me dijo: “arrepentirte, te vas a arrepentir toda la vida, pero es lo único que podés hacer”. Y que la verdad, muchas veces pensé en ella, en cómo me gustaría decirle que nunca me arrepentí. 

Me arriesgo a creer que en ese utópico 2045, hablar de aborto no remitirá a culpa, trauma, estigma; sino a decisión y deseo. Entonces, ¿cómo será hablar del tema cuando sea legal? Muchas veces, incluso quienes defienden la legalidad, insisten en que interrumpir un embarazo es un hecho traumático. ¿Cómo sabemos que el trauma no viene de la ilegalidad que conlleva la clandestinidad?

-¡Pero! ¿Y cómo la gente no hablaba de esto? Si no es en casa, no sé, ¿en la escuela tampoco?-  preguntará, tal vez, mi interlocutor.

 Entonces recordaré que, en mis años de primaria y secundaria, la educación sexual brillaba por su ausencia. Les encargades de mostrar la imagen de una vulva, de un pene o de un preservativo a les estudiantes de los 90’s y los primeros 2000, eran empresas multinacionales. Ni siquiera se podía hablar de sexo, menos de aborto. 

 Siguiendo con la historia mencionaré, para ser justa con los hechos, que durante la década 2003/2015, los DD.HH. se convirtieron en política de Estado. Lo cual abrió un nuevo escenario para impulsar las políticas de género, se creó la ley de Educación sexual integral, la ley de identidad de género y el matrimonio igualitario. La cuestión de la IVE empezó a despojarse de hipocresía, y de oportunismo. Esta irrupción en la opinión pública fue, para muchas, un modo de liberarnos de los mandatos sociales patriarcales, que nos habían querido hacer creer que éramos culpables, indecentes, malas por haber abortado. Empezamos a politizar aún más nuestras historias, a sabernos parte de un entramado colectivo.

 A esta altura de la charla, seguramente habría que cambiar la yerba, y llegarían los recuerdos del 2015, la primera marcha Ni una menos en la que salimos a gritar que estábamos hartas de los femicidios. Estas movilizaciones marcaron un hito histórico en la organización de los feminismos y su poder de interpelación. Puede ser que mi amigue imaginarie del futuro ya esté ansiose por saber cómo fue que salió la ley. Para responderle la pregunta, tendré que hacer un paréntesis y contarle que luego de los años de ampliación de derechos, en 2015 volvimos a tener un gobierno antipopular. En el cual permanentemente tuvimos que salir a la calle para defender los derechos conquistados, entre ellos que se cumpliera la ley de Educación sexual integral (ESI). Aunque había una ley del año 1921 que permitía el aborto legal en determinadas circunstancias, los hospitales siempre encontraban excusas para no aplicarla. Obligando a continuar con embarazos productos de violaciones a niñas de 12 años o menos. Estas y otras violencias del Estado patriarcal fueron combatidas en las calles por las colectivas feministas. Claro, las mismas que se organizaban para acompañar abortos, brindar información, y conseguir los medicamentos necesarios. 

 Fue ese mismo gobierno el que en 2018 permitió que el proyecto elaborado por la Campaña se tratara en el Congreso. Mucho hemos especulado sobre el porqué de este permiso. Herramienta de distracción, o atender el llamado popular de que se legalizara, pero entendiendo la cuestión desde el punto de vista de los derechos individuales, eso no lo sabemos. Pero fue en esa coyuntura cuando finalmente se abrió la discusión. Dos meses de intenso debate, en los que el aborto se metió en la cotidianeidad de los hogares, y arrasó con la idea de que era algo de lo que no se hablaba, convocando a multitudes a las calles. Más allá del reclamo concreto, la demanda por el aborto legal, seguro y gratuito incentivó la politización de las juventudes y despertó la conciencia de gran parte de la sociedad. Empezamos a entender desde nuestros cuerpos la idea de que las leyes, o al menos esta, tienen una incidencia material sobre nuestras vidas. 

La cámara de Diputados aprobó el proyecto, pero en Senadores fue mayoría el rechazo. La frustración que provocó el resultado negativo no invalidó el convencimiento de que no había vuelta atrás. Habíamos “sacado al aborto del closet”, y el “será ley” era ya un imperativo colectivo. 

Apretando mi primer pañuelo verde en la mano (un poco desteñido ya) le diría, bastante emocionada, que lo que confirmamos en estas luchas es que el aborto y la ESI son derechos inherentes a nuestra salud psicofísica y que, cuando se coartan, se pone en riesgo nuestra vida. Le tendré que contar, para ir terminando, cómo fue que se aprobó la ley. Tal vez, le pueda mostrar una foto de la celebración en las calles el día en que el Congreso aprobó por fin la legalidad de la IVE. 

Y entonces pudimos comenzar a dejar atrás una larga historia de injusticias, que nos relegaban a ser objetos de reproducción o a morir en el intento de no serlo. Entendimos que, si ganamos esta batalla, fue gracias a la organización colectiva, de la cual los feminismos son y serán ejemplo. Y seguimos en pie para dar muchas otras luchas más. 

1) ELA, CEDES, REDAAS. El aborto en cifras. Disponible en http://www.redaas.org.ar/archivos-actividades/64-CIFRAS%20ABORTO-REDAAS

2) Nombramos de esta manera para incluir a todes quienes no se identifican como mujeres, pero tienen la capacidad de gestar: varones trans, lesbianas que no se sienten mujeres, personas no binarias.

Un comentario en «Aborto legal: un futuro posible.»

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