Fernando Lynch

No se sabe con exactitud qué día comenzaron los actos de vandalismo. Solamente comenzaron a suceder. Primero en una Farmacia, luego en un Banco, más tarde en una Panadería, después en un Geriátrico y, finalmente, por todos lados. En esa época, la Ciudad no estaba plagada de cámaras de seguridad como hoy en día, que existen tanto privadas como municipales. Tampoco eran habituales las garitas, ni los serenos. Apenas la propia policía merodeaba cansinamente las calles del barrio, con una patrulla destartalada manejada por un gordo suboficial apellidado Salvatierra.

“Pitufo” Giménez era el Comisario de la zona de Villa Estridencia. Manejaba todos los negocios paralelos que le son dados a un señor en su rol: prostíbulos, narcotráfico, trapitos, bolicheros, casas de cambio ilegales, etc. Hacía dos meses que se había recuperado milagrosamente de un cáncer de testículos que lo tuvo cagado hasta las patas y a maltraer un año y medio. Pero ahora, este vandalismo imprevisto –estos piromaníacos disidentes, estas lauchas criminales irracionales– era el nuevo tumor de la sociedad. Y el Intendente Mariano Valverde no paraba de hacérselo saber. Tanto él como el Gobernador de la Provincia de Quimeras y su respectivo Ministro de Seguridad quienes, a su vez, recibían presiones directas de la mismísima Presidenta de la República Occidental de la Conformidad.

-¡Cómo carajo puede ser que en un pueblucho de mala muerte como el nuestro se esté armando tanto alboroto y no podamos apagar este incendio! 

-Estamos trabajando en eso, Marianito. Quedate tranquilo que en cuestión de días ya vamos a tener identificados a estos peleles y, muerto el perro, se acabó la rabia.

-Pero vos sos pelotudo? ¡Horas, no días! Resolvé esto ya, Giménez o te prometo que no te salva ni la madre tierra… 

-Quédese tranquilito, don Mariano. Yo estuve en la guerra del 66, allá en el Sur, y le juro que estos pendejos no saben con quién se metieron. No me gané este puesto jugando al truco y comiendo medialunas. Ya mismo voy a armar una brigada anti-vandalismo especial, una élite de gente preparadísima para la victoria. Inteligentes hombres de logística y acción.

Esa tarde, Giménez salió del despacho del Intendente con más desorientación y julepe que con ideas claras. Lo de la brigada era todo chamuyo. Le faltaba poquito para jubilarse. No quería que lo rajaran antes de hora. Además, su carrera había sido impecable. Flor de botón. Participó activamente en todas las dictaduras, estuvo metido en atentados terroristas, con lo cual no podía ser que existiera alguien a quien tenerle más miedo que a sí mismo. Él era el Hombre a temer en el condado, pero con estos episodios subversivos e inexplicables, estaba quedando como un tremendo logi.  

***

Los grafiteros y skaters de antes, ahora se habían convertido en free stylers que se juntaban a batallar como gallitos en el medio de cualquier placita. La Plaza Serpiente Negra era la favorita de Mauro “El canario” Ortiz y de Marcelito “El narigón” Ojeda, no solo para rapear y tomar cerveza barata, sino también para fumar y vender sus flores.

-Dale, guacha, empezá vos ahora- agitaba el negrito Paulo.

-Bueno, ahí va- respondió la rusita Belén.- Esta es para vos, gil…

Negrito, pito virgen, cabeza de chocolate

A ver si te diriges directo hacia el remate

No te olvides que los blancos no se bancan a los niggas

Y vos para esta paloma sos como un cacho de miga

Y a eso, respondía Paulo:

Mirá, blanquita loca, vos no te hagas la pro-aborto

Te vimos el otro día sacudiendo bien el orto

Ahora con los pibes vos te haces la distraída

Pero yo sé que en el fondo querés “salvar las dos vidas”

Al terminar cada lúcido o mediocre recitado, el resto de los allí concurrentes –habituales u ocasionales– aplaudía y ovacionaba más a alguno de los dos, según lo que su preferencia le dictara.

Una de esas reiteradas y monótonas tardecillas hiphoperas, Canario y Narigón secretearon largo rato bajo el sauce del linyera. Se reían a lo lejos, se ponían serios. Hacían gestos rarísimos con las manos y ponían caras misteriosas. Mucho enigma en esos desposeídos, en esos atorrantes bohemios que habían abandonado el secundario sin terminarlo y que yiraban como perros callejeros el día entero en busca de un hueso amigo. Melisa observaba todo, detrás de sus anteojos rojos que combinaban con las lágrimas del mismo color tatuadas en su carita de ángel maldito. Ella tenía diecisiete años, pero no era ninguna gila. No solo porque se la pasaba tomando pastillas de cualquier índole con tal de flashear, sino además porque provenía de una familia de militantes de centroizquierda. Sus abuelos, sus tíos, sus viejos eran gente de convicciones fuertes y de una ideología prominente, trabajadora, popular y nacional. Detrás de su aspecto hípster, habitaba una subjetividad mucho menos conformista y careta. La gentrificación de Villa Estridencia hizo que se tuviera que ir a vivir con su familia al barrio de al lado, San Receloso, pero eso nunca impidió que durante las tardes volviera a Plaza Serpiente Negra para verse con sus amigos y con sus ex compañeros del colegio.        

-¿Qué traman?

-Tomatelá, amiga. Vos no tenés que saber nada de todo esto.

Dale, pelotudo. No soy ninguna idiota. ¡Zum Teufel mit dem Chef!

-Uff…

Mauro “El canario” Ortiz y Marcelito “El narigón” Ojeda, luego de pensar un rato largo y de hacerse los interesantes con el asunto, decidieron contarle el plan que tenían en mente a Melisa.

Bueno, mirá. Estamos planificando ir haciendo mierda todo poco a poco. ¿Entendés? Ya empezamos por algunos lugares, como habrás visto, con ayuda de otres pibas y pibes. Pero ahora queremos pudrirla del todo. Estamos podridos del capitalismo, del femicidio y de la colonización. No queremos vivir más en Conformidad. Queremos desatar la hecatombe. No creemos más en nadie ni en nada. Llegamos a un punto ultimísimo de hartazgo. Esto se termina acá. Sin embargo, no queremos que la destrucción deje de ser un hecho artístico.

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