Juan Cerdeiras

Pienso lo siguiente: podemos llamar “marxismo” a un pensamiento que sitúa de manera compleja, abarcando todos los niveles de análisis y comprensión, la posibilidad de una práctica política ligada (no cabe duda) a la categoría de clase como categoría activa, como categoría que anima el conjunto del dispositivo, pero solo con el objetivo de inventar una práctica nueva cuyo núcleo sea superar (en la medida de lo posible) las divisiones que todavía aparecen en el discernimiento de los componentes de la situación y, a partir de eso, tejer de acuerdo con una orientación hacia lo irreversible las consecuencias unificadas de ese discernimiento.

Alain Badiou

En apenas dos décadas del nuevo milenio asistimos a un momento histórico de real incertidumbre. Se han registrado en los últimos años una cantidad de revueltas en todos los rincones del globo, que atestiguan simultáneamente la expansión sin límites del Capital y la crisis que en el seno del propio sistema, se genera entre su dinámica económica y sus formas políticas de gobernanza.

El siglo pasado, el siglo XX, fue el siglo de las grandes victorias, pero también el de las grandes derrotas. Hacia fines de los setenta todo un cúmulo de experiencias orientadas por la idea comunista, entró en una rápida decadencia y el mundo liberal (neo liberal) triunfante, decretaba el fin de la historia y el advenimiento final del reino de la mercancía, sin horizonte posible de superación. El balance final construido desde las derechas mundiales organizó todo discurso político posible y realista, alrededor de los ejes dictadura-democracia y condenó al “barro de la historia” cualquier intento que se propusiera saltar por sobre este cerco ideológico, y pensar una alternativa que cuestione radicalmente las bases del mundo capitalista y de su andamiaje democrático-parlamentario. Hoy este consenso está llegando a su fin y son síntoma de ello, tanto los levantamientos populares de los años 90 en América Latina, como las Primaveras Árabes y las revueltas de Ocuppy Wall Street, la Plaza Syntagma en Grecia, el 15-M español y muchas otras más, hasta las últimas semanas, donde vimos volver todo el proceso otra vez a la geografía latinoamericana en Chile y Ecuador.

También hay que entender en este contexto la emergencia de los nuevos proyectos de construcción de poder popular, que comenzaron con los “ciclos de gobiernos progresistas” en nuestro continente pero que también encontraron su forma de ser en Inglaterra con Jeremy Corbyn, en España con Podemos, en EEUU con Bernie Sanders, etc. Todas estas experiencias deben ser tenidas en cuenta si queremos entender la situación actual como aquella en la cual impera una radical desorientación, no sólo en el pueblo sino en la clase política. No obstante, también es necesario tomar nota acerca del surgimiento y auge de nuevos partidos y gobiernos de ultra-derecha, con discursos que diez años atrás hubieran parecido imposibles de enunciar, como indicativo de que el pacto entre las formas y los valores democráticos y la expansión del Capital se ha tornado difuso, y que se está dispuesto a recurrir a cualquier cosa con tal de defender el terreno ganado. Además, como si esto fuera poco, la ultra derecha parece comenzar también a organizarse y tomar las calles en protestas que, si bien son muchas veces populosas (bajo consignas convocante como “la defensa del trabajo”, “el fin de la corrupción” o “la independencia”) no son necesariamente populares.

Benjamin decía que toda contingencia del fascismo es una respuesta a alguna revolución en curso. La pregunta entonces radica en saber nombrar eso que sucede bajo el signo de la “revolución”, darle un nombre, organizarlo, discernirlo en una situación compleja y contaminada, establecer un camino posible, una orientación.

Si algo hay de cierto en el balance del siglo pasado, es que las experiencias que pensaban el cambio bajo la forma de una ruptura total, destrucción de lo viejo y fundación de lo nuevo, acabaron destruyendo mucho más de lo que fundaron. Creo que hoy nuestro programa debe ser más modesto, ya que asistimos a un tiempo donde el principal “leit motiv” de la ideología dominante es el de declarar que todo cambio radical es, lisa y llanamente, imposible. Por lo tanto, nuestra batalla hoy es “cultural” en el siguiente sentido: debemos volver a formular la respuesta a la pregunta acerca de ¿Qué es una victoria?

Una idea podría apuntar a decir que hoy una victoria tendría tres características esenciales: la primera, la de establecer un límite, una nueva línea divisoria entre lo posible y lo imposible (por modesta que sea); la segunda, la de sostener un acto bajo la forma de lo irreversible; y por último, la de hacer surgir algo del orden de lo “inapropiable” por parte del poder. Vemos entonces que estas tres marcas de una victoria comparten una definición común: se trata de establecer un límite a la potencia ilimitada del Capital, que rompa a su vez con el im-posibilismo y funde un “nosotros” autónomo que se sustraiga de los mandatos del poder, antagonizando con él. Hoy en día, inocular en la conciencia de la gente la idea de que algún tipo de cambio por pequeño que sea es posible, es ya una victoria y creo que esa idea está comenzando a surgir en el mundo, aunque sea como respuesta necesaria a un horizonte de destrucción inminente. Es necesario, por lo tanto, es posible. Así no tendremos que medir tanto nuestras victorias por los resultados concretos, sino por el saldo subjetivo implicado en los procesos.

Por otra parte, resulta fundamental distinguir una victoria propia de una derrota ajena. En un marco de situación donde las clases dominantes se encuentran “a la defensiva”, en el sentido de que no saben desarrollar una respuesta clara y unificada a las irrupciones de las masas en los escenarios políticos; es importante entender la diferencia entre una conquista y una concesión, ya que el poder concede y también cuando concede domina. Por supuesto que todas estas indicaciones no pueden ni deben remitir a marcos conceptuales ni teóricos puros y abstractos, sino que deben estar siempre constituidos alrededor de los márgenes de una situación determinada. El Capital globalizado ha establecido ya la condición universal para la internacionalización de las luchas, sin embargo las intervenciones no pueden ser pensadas por fuera del ámbito de lo local, por la sencilla razón de que no existe aún un discurso transversal que las atraviese y las oriente en una dirección común, sino que se articulan alrededor de una serie de demandas difusas y de explosiones de rabia contenida. Si la tarea fundamental hoy es la de comenzar por establecer la posibilidad de algún cambio significativo, entonces conviene buscar los signos de las pequeñas victorias, localizadas y localizables.

Pensemos en el caso más reciente de Chile. Creo que podemos observar algunos rasgos que nos permitirán pensar de manera concreta lo dicho hasta aquí. En primer lugar, hay que advertir que la situación está en pleno desarrollo y es difícil aventurar pronósticos, pero hay una ilusión de la que debemos despegarnos y es que es seguro que no se trata de los albores de un cambio revolucionario ni de una ruptura total con el orden existente, de manera que lo que corresponde es tener el debido entusiasmo, pero sin olvidar los límites de la situación. Definitivamente el fuego en las calles se apagará, la gente volverá a sus casas y quedará como tarea militante el buscar los rasgos de lo irreversible, lo no apropiable y de los nuevos posibles, entre los restos del naufragio, como tesoros que puedan ser llevados a nuestro botín con la firme convicción de no venderlos al mejor postor.

Luego del día del éxtasis y las revueltas, sobreviene la mañana del orden y el cansancio. Pero en un mundo de hastío donde el mañana se veía como un día cualquiera e indiferente al día de hoy, ahora de repente advino una nueva temporalidad, la gente se va a su casa pensando que mañana algo tal vez será diferente. Para el militante y para el filósofo, en estas situaciones se trata siempre de lo mismo, y es de pensar siempre en el “día después de mañana”, es decir, en cómo seguir luego de que pase el “temblor”.

¿Qué rasgos podemos advertir en la situación chilena para pensar nuestros problemas actuales?

En primer término, hay que notar una característica que atraviesa a la gran mayoría de las revueltas en el último tiempo, que es su veta destructiva. No se trata de ningún modo de condenarlo, sino de comprenderlo. Es natural que se reaccione con violencia frente a un mundo y un sistema que ha expropiado toda la vitalidad de la gente, para convertirla en obediencia debida y producción incesante de insatisfacción. La violencia desatada incluso contra la propiedad del vecino, que sufre los mismos problemas que uno, es signo de que estamos en una era del nihilismo, donde el mañana ya no importa y la ira está a la orden del día bajo la forma de un gran “¡No! A todo lo que existe”, que se manifiesta en formas destructivas y auto-destructivas. Esto lo vimos también en las protestas de las “banlieu” de Paris y Londres, hace poco menos de diez años y lo observamos también en las marchas en Estados Unidos en contra de la violencia policial. Un Estado que expropia la fuerza y el poder de la gente para gestionar la violencia cotidiana en la forma de la política institucional, tarde o temprano reenvía esa violencia contra el pueblo de forma invertida, los militares entran en la escena. Pero aquello que es excluido del campo simbólico retorna en lo Real, la gente resiste.

La respuesta del gobierno chileno también da cuenta de lo estrecho que es el hilo que mantiene atado al orden “democrático” y lo difusa que resulta la distinción entre democracia y dictadura, cuando vemos que en un abrir y cerrar de ojos todo el dispositivo represivo de la dictadura se activa instantáneamente re-editando sus peores prácticas, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Pero es necesario leer la respuesta del gobierno en todas sus dimensiones y no solo en su faceta más oscura. Frente a un acontecimiento de esta índole hay tres respuestas posibles, se lo acepta y se lo abraza, se lo niega, o se lo extingue. La primera respuesta es lo que hace al militante y la tercera es lo que hace al “fascismo”, es su sentido clásico (“aquí no ha pasado nada, ¡circule!”). La segunda respuesta, la negación, es no obstante más complicada, ya que resulta muchas veces difícil de distinguir de la primera y es aquí donde debemos poner en práctica nuestras categorías y nuestra astucia militante. Ya que muchas veces aparece bajo la forma de una significación devaluada o de una interpretación simple que reconoce lo sucedido, pero no le da la entidad de algo nuevo,

Mientras que la primera medida del régimen de Piñera apuntaba a conceder y disciplinar, el discurso luego de la marcha del 25 de Octubre ha ido virando ágilmente hacia un polo reactivo que da cierto lugar a las demandas, apropiando simbólicamente lo ocurrido y tratando de llenar rápidamente de sentido el vacío que se abrió en la situación, oponiendo la manifestación pacífica de los “auténticos” chilenos a la de “los violentos”, tratando de decir nuevamente lo que es y lo que no es. A esta rapidez y a este vértigo de los discursos periodísticos hay que oponerle la paciencia militante, un gesto de interrupción y suspensión activa que permita construir a partir de lo ocurrido, aquello que es inapropiable para el poder. Las declaraciones cuasi unánimes de la clase política en todo su espectro, que pretenden indicarle a la gente que es lo que quiere o debe querer no pueden ser aceptados. La división está entre la calle y los edificios de gobierno, la falta de una representación y de demandas claramente formuladas asusta al poder. Lo vivimos en Argentina en el 2001 y es hasta el día de hoy, que todo el arco político está de acuerdo en una cosa “que eso no se vuelva a repetir”, es decir, que la gente mande, ¡no! eso no ¡nunca más!

Entonces aquí podemos trazar una diferencia entre lo que es una victoria y lo que es una derrota. Retrotraer las medidas antipopulares es efectivamente parte de la derrota, de una avanzada brutal del neo-liberalismo, pero no es necesariamente una victoria porque en primer lugar no es algo irreversible y en segundo lugar, es una medida cuya decisión está en función de calmar las aguas, de negar que lo que ocurrió en las calles es algo más que una bronca pasajera. Por otra parte, la salida de los cuarteles de todo el aparato represivo del Estado es una “derrota” del discurso democrático que ostenta el poder, ya que no tuvo otra opción que mostrar su verdadero rostro. Indicar esto constituiría un paso hacia una victoria parcial en tanto que ayuda a mover el límite entre lo posible y lo imposible: “ahora es perfectamente posible pensar que los militares pueden secuestrarte torturarte y matarte a plena luz y en plena democracia”. Mucha gente va a dejar de ver al carabinero como un agente que sirve en función de su seguridad, y eso es irreversible. También ha quedado a la vista que al gobierno no le “reditúa” políticamente esta actitud, la gente mostró que no está dispuesta a retroceder frente a estos retornos oscuros y eso es un avance irreversible. Por último, queda totalmente a la vista el miedo que el poder tiene frente a la aparición de la gente “cualquiera” en las calles y saber eso es una victoria. Resta el problema de saber cómo utilizar este quiebre momentáneo del orden para orientar las fuerzas hacia cambios significativos y duraderos. Aquí se juega todo el problema de la política emancipadora en nuestros tiempos y no hay soluciones mágicas. Es necesario seguir de cerca los acontecimientos y apoyar las iniciativas que salgan de la ciudadanía en sus cabildos abiertos y en sus reuniones callejeras. Habrá que plantearse el problema de como relacionarse con lo institucional y con las figuras de la representación. No se trata de ningún modo de encerrarse en sí mismos en un acto de resistente rebeldía, eso no ha dado resultados hasta ahora en ningún lado.

Entonces habría que concluir señalando algunas de las cosas que se ha podido apreciar desde aquí en las imágenes y testimonios que nos llegan, y que me parecen rasgos novedosos que se repiten cada vez más en distintos “estallidos” de esta índole.

El primero, es el rechazo a las formas tradicionales de la política profesional. Este no es un conflicto que se resuelva desde los ministerios ni desde los canales de televisión. Quien quiera hoy decir que “hace política”, debe estar en la calle junto al pueblo discutiendo y sobre todo escuchando.

El segundo, es una alianza virtuosa entre la juventud y los más ancianos, estos son dos sectores de la sociedad que están absolutamente postergados por la misma razón: la desazón respecto al futuro. Los unos porque tienen mucho por vivir y ningún horizonte de expectativas de una vida mejor y los otros porque en el ocaso de su vida son descartados y dejados “a morir por las suyas”, por parte de un sistema que los ve como capital humano improductivo.

El tercero es el protagonismo de las clases medias junto con las clases más empobrecidas, lo cual demuestra que no se trata de un movimiento que siga el principio del interés propio, sino que cobra conciencia de una cuestión estructural e incorpora además a la protesta, consignas que no apuntan sólo a los estragos económicos que genera la dictadura del Capital, sino que además sacan a la luz los efectos devastadores que este sistema genera en el plano subjetivo del vivir cotidiano.

Aquí encuentro yo rasgos de lo que resulta inapropiable para el poder, ya que no puede haber una ley que decrete la “virtud y la alegría de vivir”, así como tampoco el poder puede romper la distancia entre los servidores y el público sin perder gran parte de su razón de ser. Nos encontramos entonces ante un triple movimiento, uno de generación de nuevas relaciones entre los ciudadanos que trascienden las clasificaciones sociológicas del poder, el segundo es la creación de un nuevo espacio para la política y el tercero, el desplazamiento del límite de lo posible hacia demandas que no pueden ser decodificadas en los marcos legales establecidos. Entonces tenemos ampliación y desplazamiento del campo de batalla geográfico, generación de nuevas relaciones entre los actores y desplazamiento de los límites de lo posible, todos los condimentos para pensar en una victoria. Aunque sepamos que la inercia de la vida cotidiana va a llevar todo de vuelta a la “normalidad”, estos puntos van a conservarse y a perdurar en la conciencia colectiva.

El principal desafío que le tocará al pueblo chileno para afrontar los tiempos que se vienen consistirá en cómo hacer para tomar la iniciativa nuevamente, e impulsar una forma de organización duradera que ponga realmente en jaque no sólo al poder de turno, sino que también sea capaz de consolidar algún cambio potente del orden de lo irreversible. Creo que para ello es fundamental articular las dos caras que mencionamos más arriba, la de la victoria propia y la de la derrota, y pensar en qué consistiría una victoria que sea a su vez ella misma una derrota del adversario. Esto implica adueñarse del sentido común en torno a lo que es posible y lo que nos dicen que es imposible, y para ello es necesario que se encuentre la manera de formular demandas potentes que sean imposibles de conceder por parte del poder, pero que a su vez sean tangibles, concretas y den una muestra al mundo de que, si no es posible cambiarlo todo, al menos podemos empezar a pensar que es posible que algo cambie, y eso ya es cambiarlo todo.