reflexiones sobre lo individual como sedante de lo social…

por Mora Grinblat

Sábado a la noche y mi laburo precarizado de niñera lo sabe. La abuela de la niña en cuestión no llega y ya pasaron veinte minutos de la hora pactada para que me vaya. Toco el celular para calmar la ansiedad y mi amiga, que me banca en todas, recibe mi indignación ante el descuido de parte de mis “empleadores”.

La respuesta me sorprende: “Lo siento, perdón, gracias, te amo” me dice, haciendo referencia a una meditación, que supuestamente, al eliminar la mala predisposición para con la situación, sana y soluciona el conflicto. No me dijo “hablalo”, “reclamá”, “pedí que se respeten los acuerdos”. Ella me propuso, que yo cambie, para que luego cambie el entorno.

Parece una idea inocente, fácil y hasta simpática, cambiar la forma de ver lo que nos rodea, para que esto se expanda hacia el afuera impactando en los hechos y materializándose. Pero sucede lo siguiente: si lo que nos rodea es una situación injusta ¿Por qué deberíamos instarnos a soportarla con alegría? Si pienso que tengo que cambiar yo en vez de cambiar el entorno, estoy de alguna manera, sosteniendo que la forma de cambiar el mundo es desde lo individual.

Yendo más lejos, me pregunto: ¿Por qué estas ideas de profesar que todo parte desde la soledad de la mente y así se mejora la realidad, tienen tanta llegada? ¿A quién [o a qué] le sirve que cada uno se sienta responsable de su propia realidad? Ahí es donde estos discursos dejan de ser inocentes y simpáticos, y se develan como funcionales a un sistema que nos quiere hacer sentir culpables de la miseria que genera.

Una persona aislada, combatiendo con su “enemigo interno”, es una persona menos. Que no está organizada a la hora de exigir sus derechos y pelear contra la injusticia. Dicho individualismo, no hace más que minar tales cuestiones. ¿Qué hubiera pasado si en momentos cruciales de la historia, en vez de reclamar por derechos laborales en las calles, les trabajadores se hubieran quedado repitiendo discursos de autoayuda en sus casas?

Desde libros que dicen: “es la atracción que yo genero hacia las cosas, la que me hace poder tener esas cosas”; hasta escuelas de supuesta espiritualidad que proponen “no hay que pensar en lo malo que sucede en el mundo“, tenemos ante nosotres, una gran variedad de prácticas, lecturas, comunidades, que se vuelven el marco teórico perfecto para justificar la desigualdad a través de una visión meritócrata.

La responsabilidad propia ante todos los hechos de la vida, desde un punto de vista totalmente escindido de las condiciones históricas y materiales, sumado a una propuesta de no confrontación, porque “hay que tener pensamientos positivos”, logran la receta perfecta para construir un sujeto totalmente dócil a lo que el neoliberalismo exige de él.

Así como durante muchos siglos la religión prometió que quienes sufrían en la tierra serían felices en el cielo; hoy aparecen discursos supuestamente espirituales, prometiendo la salida de las situaciones injustas, a través de prácticas metafísicas, individualistas y/o superficiales. 

Poco tiene que ver todo esto, con los lazos de solidaridad y unión que se necesitan para cambiar el entorno.

Salvedad obvia, pero necesaria de aclarar, es que esta reflexión no busca pronunciarse en contra de quienes encuentran en la autoayuda o el new age una forma de hacer más amena su vida. La idea es desarmar las lógicas que dirigen estas prácticas, entendiéndolas como parte de un entramado social, que las utiliza con una intencionalidad ideológica.  

Tal vez sea hora de dejar de buscar la superación personal y comprender que el individuo exitoso, perfecto, feliz, pacífico al que estas filosofías proponen aspirar, es una trampa para mantenernos persiguiendo lo imposible. Al igual que las imágenes lavadas de las publicidades, construyen un ideal inalcanzable que opera generando frustración, por no estar en ese “nivel de bienestar” (Supuesto bienestar que podría ser psíquico, económico, emocional, pero al que siempre subyace la responsabilidad individual por la falta).

Empezar a descreer de todo mandato que insta a poder soles, es indispensable para apuntar y construir la única salida posible, la de la organización colectiva.