Por Leonardo Samar

La pandemia del Covid-19 ha hecho visible una crisis civilizatoria y global potenciada por el sistema capitalista y la dinámica de una economía mundializada. En algunos medios de comunicación y en la clase política se habló de la pandemia como la mayor crisis de la sociedad contemporánea. Sin embargo, la pandemia vino precedida por una serie de acontecimientos y procesos de enorme magnitud humanitaria, cultural y ecológica, como la crisis de los refugiados en Europa y los múltiples incendios forestales ocurridos en 2019, signos de una verdadera crisis civilizatoria y ecológica mundial. Hay quienes sostienen que el colapso ecológico ya está a simple vista.

El coronavirus no fue el causante de la crisis económica, sólo detonó tensiones previas de las finanzas y la producción [9]. El FMI anunció en junio que prevé una caída de la economía mundial del 4,9% en 2020, y la Organización Internacional del Trabajo (OIT) había advertido que alrededor de 1.500 millones de personas podrían perder sus trabajos. Empero, la crisis social desencadenada por la pandemia le asestó un duro golpe al neoliberalismo. En poco tiempo se produjeron tantas intervenciones estatales que superaron en alcance a las del 2008. Pero la situación crítica ya existente y la crisis en curso muestran cómo esto impacta desigualmente en cada sociedad; el virus, como se dice, no discrimina a nadie, pero las fuertes desigualdades saltan a la vista respecto de quiénes pueden cuidarse mejor y salvarse.

En EEUU, en un corto segmento de tiempo, millones se presentaron para solicitar un seguro de desempleo. Por otro lado, la falta de un seguro médico y la dificultad para acceder a un tratamiento afectan fuertemente a lxs más empobrecidos y marginalizados. La población afroamericana, latina e inmigrante es la más golpeada y cuenta con el mayor número de fallecidxs en el país norteamericano. En Argentina, el coronavirus se propagó velozmente en las villas y en los barrios populares con más hacinamiento, a tal punto que la intervención estatal se hizo necesaria, aunque la situación ya era de extrema gravedad. El coronavirus se llevó la vida, entre otrxs, de aquellxs dirigentes sociales y cuidadorxs que estaban en la primera línea de asistencia en sus barrios.

El sistema capitalista se caracteriza por presentarse bajo una lógica aparente de funcionalidad e inmunidad muy grandes. Esta es la que, en el medio de una profunda crisis como la actual, se devela en todas sus facetas como insostenible en su interior. Al mismo tiempo, nuestras sociedades exhiben en su interior sus propias fisuras que dificultan llevar hacia lo común la existencia colectiva. Pedirle al sistema que cambie o querer forzar a los gobiernos a tomar medidas más radicales, por cierto, puede ser una esperanza vana. Igualmente, pienso que traducir todas las dificultades y consecuencias caóticas que se están viviendo a lo largo y ancho del planeta como una mera crisis del capitalismo mundial, es una actitud teóricamente ingenua. La sociedad capitalista y patriarcal se sostiene a través de nuestras democracias delegativas-representativas, nuestros hábitos de consumo, la predominancia de una cultura machista y el valor depositado en las estructuras vigentes. No pretendo ser definitivo con estas reflexiones.

Con mucha lucidez se habla de una verdadera ≪crisis sistémica≫, que ha puesto de manifiesto que el mundo es una “cadena de interdependencia”, y que todo el conjunto de nuestra estructura social, política y económica reposa sobre una base verdaderamente débil, a través de la cual nuestra existencia humana colectiva se administra y se presenta a sí misma. En toda crisis los múltiples eventos que tienen lugar son el espejo en el que la humanidad es capaz de mirarse para darse cuenta del estado al que ha llegado, y del nudo en que se ve envuelta. Esta crisis está particularmente signada por la agudización del cambio climático, la destrucción de ecosistemas y la mayor disminución de los bienes de nuestra tierra, arrancados violentamente como recursos sin medir las consecuencias y siendo puestos al servicio de un crecimiento económico incompatible con la realidad natural y nuestro puesto en ella. La interdependencia de nuestro mundo se revela también en una serie de dependencias de nuestra estructura social: aquella de los trabajos domésticos y de cuidado a espaldas de una macroeconomía que está enteramente interconectada; la de la circulación y de muchos insumos que se fabrican en otras partes; la de nuestros sistemas sanitarios que dependen casi enteramente del Estado, pero también de una fuerza laboral no reconocida en el seno de sus instituciones. Así también, el machismo y las violencias domésticas de género, por otro lado, arrecian en los hogares donde la convivencia cobra una densidad temporal y el varón es desplazado al ámbito doméstico que no siente como propio.

En otro orden, la debilidad y la vulnerabilidad de nuestra vida cotidiana, en relación con nuestros afectos, el goce y nuestro sentido de la productividad, se vuelven también patentes y dependientes de una “normalidad” a la que nuestra satisfacción parece estar muy sujetada. La desesperación por volver a la ‘vida normal’, y hundir la angustia o la falta de certidumbres, sólo denota la no aceptación de la situación que estamos viviendo, la falta de fortaleza y disposición para digerir el sacudón al que se exponen nuestras vidas y nuestra subjetividad tal como estamos acostumbrados. Con todo, creo que hay que tener cuidado con afirmar dos posibles hipótesis antagónicas: una sería que, en la postpandemia, la sociedad va a salir más individualista que antes; la otra sería la afirmación opuesta, en un tono de fuerte optimismo, es decir, que si estamos viviendo una crisis del individualismo, cabe esperar mundos diferentes que resultarían del hecho de la pandemia. Lo que puede ir dándose a nivel ético y subjetivo ¿se reflejará necesariamente en el ámbito político, o viceversa?  

En lo que respecta al universo del trabajo, la productividad se pone en cuestión, no por el valor de rentabilidad que tiene en el mercado –que subordina el valor de uso al valor de cambio–, sino por el valor humano que implica cuando lo que sale a la luz es el sentido mismo de la vida colectiva. Se pone en la balanza el valor primordial de nuestra vida y de nuestro vínculo con el entorno de la productividad económica y las superficialidades de la vida social. Ante este escenario, surgen preguntas como: ¿para qué producimos? ¿En virtud de qué trabajamos del modo en que lo hacemos? ¿Cuál es el tiempo que merece nuestras vidas?

En la estructura social, los trabajos esenciales y de cuidado, que garantizan la reproducción de la misma, adquieren ahora la notoriedad de su prioridad, que durante la normalidad parecían tener vedada e invisibilizada. “En pleno debate por las reformas previsionales en todo el mundo, esta pandemia que afecta sobre todo a ese rango etario, trae una vez más la pregunta por los cuidados y las prioridades presupuestarias en un sistema que educa para el sálvese quien pueda” [10]. En nuestros sistemas, lxs trabajadorxs esenciales, como lxs de la salud, no tienen prácticamente ninguna incidencia política estructural en cuanto a la calidad y organización de los sistemas de salud, como tampoco lo tiene el resto de la sociedad. Es de temer que una vez que pase la pandemia sigan sin tener el reconocimiento social y salarial que merecen.

La oposición entre salud y economía es manifiestamente falsa, como han afirmado muchos economistas. Ante catástrofes naturales o situaciones excepcionales de un alcance social semejante, es forzoso que la actividad económica se adapte a las emergencias rechazando las reglas del libre-mercado a fin de preservarse. Si la salud de las personas se ve afectada y muchas vidas corren riesgo de perderse, el mercado se verá afectado también, porque sin salud gran parte de la actividad productiva se suspende, por lo que tanto las empresas como los Estados se ven obligados igualmente a actuar teniendo presente el futuro de sus economías. Los antagonismos verdaderos son: entre competitividad económica y bienestar de la vida humana; entre desarrollo sin límites o equilibrio con la Naturaleza; entre el progreso económico y tecnológico inherente al capitalismo o la evolución de la calidad de vida humana y un futuro sin opresiones y seres excluidxs. Los gobiernos que priorizaron la competitividad económica y juzgan la batalla contra la pandemia como perjudicial para el crecimiento económico, le han dado la espalda a la salud de la población como un asunto humanitario de Estado, dejando así que la cifra de contagiados y fallecidos se incremente drásticamente. Los Estados se debaten en la práctica de este modo frente a maniobras para reabrir la actividad comercial o bien volver a los confinamientos, sin asegurar a la población los recursos necesarios para afrontar seriamente el problema.  

Luego de que se difundieran teorías conspirativas, las investigaciones coinciden en que el origen del virus, al igual que el de otros virus surgidos en el siglo pasado, es zoonótico. Al igual que otras enfermedades zoonóticas, está fuertemente ligado a la destrucción de los hábitats naturales de los animales y a la alteración de los ecosistemas a causa del avance desmedido de la urbanización y la expansión de la industria agropecuaria. Los últimos estudios acerca del tema señalan que la destrucción de los hábitats naturales de las especies, la disminución de la biodiversidad y la alteración de los ecosistemas crean situaciones propicias para la propagación y mutación de los virus [11].

La cría industrial de animales –principalmente aves, cerdos y vacas– constituye la verdadera fábrica de nuevos virus y bacterias que se transmiten entre animales y pasan a los humanos [12]. Las empresas multinacionales que se enriquecen con este modelo de industrialización agropecuaria impusieron la reducción de las inspecciones sanitarias. Esto, junto a los efectos de la actividad agropecuaria y la urbanización, favorece el ingreso de los patógenos a la cadena alimentaria y su ulterior diseminación. A esto hay que sumar un dato no menor: la injusta comercialización, en condiciones cero higiénicas, de animales vivos o sacrificados en los llamados “mercados mojados” en China, y extendidos por el continente asiático. Se especula que muy probablemente el virus se originó allí, y luego saltó al humano. Su existencia no conlleva solamente el peligro de ser un caldo de cultivo para el surgimiento de otros virus, sino que comporta el trato carcelario y cruel que los humanos propinan a los otros animales. Muchxs activistas en todo el mundo han alzado su voz exigiendo la prohibición de estos mercados.

Esto nos lleva a la conclusión de que, indudablemente, son las actividades humanas y nuestra penetración violenta en el hábitat de otras especies las que han hecho posible este estado de cosas. Joachim Spangenberg, ecólogo y vicepresidente del centro Sustainable Europe Research Institute, afirma: «Nosotros originamos esta situación, no los animales». Ejemplo de ello es la deforestación descontrolada de los últimos años y la utilización de agroquímicos en la industria agropecuaria. “Los expertos advierten de la relevancia del concepto “One Health”: todo está relacionado entre sí, la salud de la fauna, el ecosistema y el ser humano. Si se produce un desequilibrio en alguno de estos tres componentes, el resto también se verá afectado” [11]. Es inevitable que al actuar de determinada forma sobre la Naturaleza esta nos dé respuestas de distintas formas mostrando lo poco que cuidamos de ella en nuestro trato con el ambiente y las especies.

El sistema capitalista y la explotación sistemática de la naturaleza a la que está sometiendo la humanidad producen inevitablemente un desequilibrio en nuestro lazo con el planeta y los ecosistemas, sembrando así la posibilidad de catástrofes que se avecinan en un futuro no muy lejano. Acaso sea el momento adecuado para la generación de una consciencia colectiva y de iniciativas regionales que busquen poner fin a la deforestación, a la devastación de los ecosistemas, a la contaminación del aire y las aguas, a la comercialización de los animales y a la destrucción del planeta que las empresas impulsan y los gobiernos favorecen pese a las advertencias que provienen de distintos organismos y movimientos. Nuestro sistema alimentario requiere ser examinado para generar un sistema alternativo que pueda ir sustituyéndolo. Regular las reglas de los mercados en lo que respecta al sistema alimentario y de salud seguramente no sea suficiente, aunque sí necesario. El capitalismo actúa sobre la naturaleza bajo la ciega convicción de que la técnica puede controlar lo natural al instrumentalizarlo como un medio para el progreso técnico y económico. La creencia de que se puede controlar la naturaleza y jugar con los límites puede conducirnos a una deformación cada vez mayor de nuestro vínculo con la naturaleza y con lo humano mismo.

Ahora bien, una de las cuestiones que merece ser señalada como un aspecto positivo en relación con la pandemia y la crisis es la reivindicación de la salud pública. En los países más capitalistas esta cuestión alienta un debate público sobre qué hacer política y económicamente con un derecho humano tan básico para que no quede en manos del mercado, para que no sean unxs pocxs privilegiadxs los que accedan a un seguro de salud y a un tratamiento justo. Muchos gobiernos han tenido que actuar subordinando el sector privado a la órbita estatal para garantizar los tratamientos y los elementos necesarios a los contagiados. En muchos países crecen las demandas por nacionalizar o estatizar los sistemas de salud.

No obstante, es bueno mantener una actitud de sospecha frente a los ámbitos de poder porque el capitalismo se caracteriza por su capacidad adaptativa y asimiladora para regenerarse respecto a los fenómenos sociales y culturales, siendo capaz de adecuarse a las circunstancias para salvar –a través de los Estados y sus políticas proteccionistas– su maquinaria productiva y simbólica. Aún así, no se ve fácilmente cómo el capitalismo y sus defensores podrán apropiarse de la salud como bien humano colectivo. Butler señala con mucha razón que “la desigualdad social y económica se asegurará de que el virus discrimine. El virus por sí mismo no discrimina, pero nosotros humanos seguramente lo haremos, formados y animados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia, y el capitalismo”[5]. Las investigaciones en vacunas y antivirales habían sido desfinanciadas por varios gobiernos. Ahora que la vacuna está lista y tiene que aplicarse masivamente, la presión popular será decisiva también para que sea accesible y su distribución realmente masiva en lo ancho del territorio para que llegue a todos los sectores.

Al margen de esa probable situación a nivel global, dada la gravedad de la crisis y en sintonía con las recomendaciones de la OMS en este momento, la consciencia y la organización colectivas serán muy necesarias si se querrá evitar, por supuesto, que el sistema de salud, la investigación médica y el acceso a la medicina (en todo sentido) sean desatendidos por el Estado y sigan siendo en general un coste dependiente del poder adquisitivo de cada unx. La unidad de amplios sectores (mujeres y colectivos disidentes, migrantes, jubiladxs, etc.) y de la población en particular, pueden ser decisivos para exigir la unificación de un sistema público, universal e integral de salud que contemple las peculiaridades de distintos sectores sociales y que involucre decididamente la injerencia de lxs trabajadorxs que forman parte del mismo. De este modo las prioridades presupuestarias, los criterios de acción y el fortalecimiento de dicho sistema no quedarían meramente en manos de un gobierno de turno, cuyas decisiones estén sujetas a las medidas del mercado o a la contingencia política ‘democrática’.

La crisis del neoliberalismo ha suscitado, entre algunas voces, planteos sobre la posibilidad de augurar un sistema alternativo al actual. En esa línea, precisamente, el esloveno Slavoj Žižek sostuvo que la pandemia constituye el momento oportuno para pensar en otro tipo de sociedad distinta de la capitalista que conocemos. Byung-Chul Han le replicó lúcidamente que la emergencia viral no va a originar por sí misma ninguna revolución, puesto que el virus no puede sustituir a la razón. No habrá ninguna revolución viral. Y finaliza su reflexión así: “Somos nosotros, personas dotadas de razón, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta” [6]. En este punto, nos parece muy acertada la respuesta de Omar Acha:“La declaración final de Han es tan injustificada como la de su colega esloveno. Si es un tanto más convincente al proveer un agente humano en la transformación que sin duda el virus no podrá mágicamente generar, está lejos de ser concluyente que la mera razón humana colectiva (“personas”) devenga en sujeto revolucionario”[1]. Ni la espontaneidad ni la simple voluntad de la razón colectiva causarán una revolución en este contexto o podrán salvar al planeta.

Posteriormente, Žižek afirmó que la palabra comunismo, en realidad, adquiere un sentido muy distinto acorde a las actuales circunstancias políticas, y menciona el hecho de que Trump anunciara que invocaría un recurso federal para tomar la dirección del sector privado a fin de dar respuesta a la pandemia si la situación lo requiriese. Para el pensador esloveno, de todos modos, “no se trata de una visión utópica del comunismo, sino de un comunismo impuesto por las necesidades de la simple supervivencia, desafortunadamente, una versión de lo que, en la Unión Soviética en 1918, se llamó ≪comunismo de guerra≫”[8]; aclara que bien podría tratarse de un “socialismo para ricos”, pero que de la situación actual podría emerger un orden mundial más equilibrado. Si esta conclusión de Žižek es tan optimista o provocativa como sus primeras declaraciones, no por ello resulta menos errónea. Un orden social distinto –más equilibrado o bajo la forma de una especie de “comunismo de guerra”– no va a producirse en estas circunstancias gracias al accionar de los Estados como efecto de una imposición alentada por las necesidades en pos de salvaguardar la población. Las necesidades del momento no van a redundar desde arriba en un cambio profundo de las bases productivas o del sistema social y político que permita la inclusión de vastos sectores marginados y de la clase trabajadora. Aunque la vacuna llegue a todos, el socialismo o un sistema alternativo no pueden ser el producto de una imposición sistemática porque lo quiera tal líder o se vea empujado a ello un gobierno, ya que ello exige una voluntad consciente y organizada de parte de los individuos y su plasmación en la estructura de relaciones que comprenden, al menos, la actividad económica y los mecanismos de representación, pues de lo contrario todo seguirá un curso no muy diferente del normal tras una posible recuperación de la economía. El cómo es lo que siempre se discute y teoriza, pero que un gobierno más o menos conservador se haga cargo del sector privado para redirigir la producción hacia un sector y brindar paquetes de ayuda económica no constituye ninguna garantía de que la producción económica se ponga efectivamente al servicio de las clases populares y los sectores más vulnerables, lo cual por demás resulta insuficiente si no redistribuimos, al menos, más equitativamente el ingreso junto con una ayuda estatal posterior a la pandemia. Ello requiere también de una paulatina disminución de poder por parte de los sectores económicos más poderosos y concentrados. El punto es que dejar la salud del futuro en manos de la clase política, en lo que respecta al comando del Estado, nos coloca sólo y nuevamente en un estado de vulnerabilidad y fragilidad social. Nuestras democracias actuales, tal como las conocemos y están naturalizadas en el lenguaje político, constituyen siempre el modo de una radical discontinuidad y prolongación con respecto a las conquistas y derechos a conquistar.

El escenario se mantiene abierto en medio de todas las contradicciones que la crisis ha impuesto. La renta básica universal o el salario ciudadano se hacen oír como propuestas en casi todo el mundo. La pandemia por sí misma no cambiará nada, pero abre múltiples interrogantes y oportunidades. Las soluciones simplistas pueden ser eficaces durante un tiempo, pero no lo serán por mucho en cuanto se develen como falsas soluciones. Sin una perspectiva integral de cambio que acompañe los movimientos sociales más radicales, las organizaciones feministas y ecologistas en sentido amplio, no podremos pensar en una solución integral para imaginar un futuro distinto. Ello supone reinventar las formas de la democracia, ir trazando modos alternativos al modo de producción dominante o, al menos, disputar y acorralar las formas vigentes en que las políticas de la financiarización y concentración económica impactan opresivamente en las clases dominadas, en nuestros ecosistemas y en las demás especies naturales y, en suma, en toda la población en general. Esto supone también un redireccionamiento razonable y humano de las tecnologías y de los “recursos” disponibles, así como una transformación del aparato del Estado, la representatividad en virtud de los sectores heterogeneos y los diversos problemas que afrontamos en la modernidad capitalista que avanza hacia un colapso climático y estructural cada vez más evidente. Sea como fuere, no sólo están en juego nuestras vidas, sino también la salud de la población, de los sectores más vulnerables, y asimismo de todo el planeta. El capitalismo se mantendrá intacto seguramente a corto y mediano plazo, pero el punto de inflexión que implica la actualidad excepcional y sus remanentes nos abren la posibilidad de pensar y diseñar otras formas o modos de hacer para producir verdaderas grietas en sus ámbitos de poder e influencia, reducir los privilegios y, por qué no, evitar también colapsos ecológicos o desastres sanitarios en el porvenir.

RFERENCIAS

[1] https://www.intersecciones.com.ar/2020/03/25/la-filosofia-en-tiempos-de-pandemia-a-proposito-de-giorgio-agamben/

[2] https://ficciondelarazon.org/2020/02/27/giorgio-agamben-la-invencion-de-una-epidemia/

[3] http://comunizar.com.ar/giorgio-agamben-aclaraciones/

[4] http://lobosuelto.com/sobre-la-situacion-epidemica-alain-badiou/

[5] https://www.intersecciones.com.ar/2020/03/20/el-capitalismo-tiene-sus-limites/?fbclid=IwAR0MteTmoTD7AIdV3DUra8GxTO-u-H3ayKE2wtv0igFhaXp-ov_pnCDbd1w

[6] https://elpais.com/ideas/2020-03-21/la-emergencia-viral-y-el-mundo-de-manana-byung-chul-han-el-filosofo-surcoreano-que-piensa-desde-berlin.html

[7] https://ficciondelarazon.org/2020/02/28/jean-luc-nancy-excepcion-viral/

[8] https://critinq.wordpress.com/2020/03/18/is-barbarism-with-a-human-face-our-fate/?fbclid=IwAR2DdVny1n53cZXYfObQ0gHs3nBP9CiWUocbp9d-tBQqKOENoSXb38kkuC4

[9] https://redhargentina.wordpress.com/2020/04/24/la-pandemia-que-estremece-al-capitalismo-articulo-doble-por-claudio-katz/#_ftn5

[10] https://www.pagina12.com.ar/252374-una-pandemia-de-preguntas

[11] https://www.dw.com/es/qu%C3%A9-relaci%C3%B3n-tienen-la-pandemia-de-coronavirus-y-la-destrucci%C3%B3n-de-la-flora-y-la-fauna/a-53125129

[12] http://idepsalud.org/coronavirus-agronegocios-y-estado-de-excepcion-por-silvia-ribeiro/


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