por Sofi Vivianchuk

Villa Itatí en diciembre, pibites del barrio corren entre malabaristas, puestos de feria, maquillaje artístico, kermes y un tobogán inflable gigante con una cara de monstruo tan creíble, como para imaginar que en un momento va a bostezar y salir a comernos a todes. Es mediodía de casi verano y el sol raja la tierra. 

En el marco de un programa sponsoreado por la empresa Quilmes, en articulación con otra asociación, se organizó un evento solidario para cerrar el año. La cervecería invita a sus trabajadores a sumarse como voluntarios en distintas tareas, y la asociación contrata gente para ocuparse de coordinar a estos. Les voluntaries van para hacer (algo así como) beneficencia, los trabajadores de la ONG vamos contratades por un día -suelto- de trabajo. También participan el plantel de la asociación, que por lo general se queda en la oficina tomando decisiones y consiguiendo sponsors, pero que en este caso vienen a dar una mano y ver qué pasa concretamente en los programas que conocen por ser ellos quienes los diseñan. Algunas organizaciones del barrio, llevan a sus niñes y más tarde, luego de la banda de cumbia, contarán en el micrófono sobre sus trabajos territoriales en la zona [sic].

Hace mucho calor, y también hace hambre. Lleva días sin llover, y se nota en el polvo del suelo. Llegan autos desde muchos lados, baja gente, saludos cordiales y la recibida de las personas que siempre se ocupan de que este centro funcione. El barrio tiene sus códigos y quienes venimos de afuera, sólo podemos tratar de entender sin opinar.  Entre tanto festejo, se hace la hora del almuerzo y, se supone que llegará algo para calmar los estómagos de les invitades. 

En la cocina que queda subiendo una escalera, unes quince voluntaries, preparan hamburguesas acompañades por una persona de la asociación. Los hornos industriales marcan que, en esa cocina, durante la semana, hay una panadería comunitaria. Un pibe de allí con un jean y una remera manchadas de pintura, porque el evento incluye pintar el sum del lugar junto a otros ayudantes, sube a prender el horno. Los chicos que están en la cocina le agradecen y festejan con chistes. El olor de la carne cocinándose invade todo el ambiente. El trabajo en equipo funciona a la perfección, en una mesa tres o cuatro se ocupan de abrir los panes; en otra, cortan el tomate. Después alguien se encarga de poner cada rodaja de tomate sobre un pan,lo mismo con la lechuga. Cuando salen las hamburguesas del horno, es el momento de nervios, hay que pasarlas a otra asadera para que se enfríen un poco y poder meter más en el horno. La organización funciona. 

Cuando el menú está listo, tres voluntarios montan unas tablas sobre caballetes en el medio del predio donde se están desarrollando las actividades. Otros son los encargados de bajar con las bandejas cargadas de comida. Son pesadas y hay que llevarlas de a dos. Y arranca el ritual alimenticio. Alrededor de quienes sirven, grandes, chicos y medianos, se empujan intentando que sus manos sean las primeras en recibir la comida. “Hay que ir a llamar a los nenes que están viendo el show para que no se queden sin comer”, menciona una de las organizadoras “Porque si no, no va a alcanzar ¿se entiende?” Insiste. Una chica con la remera de Quilmes se corre un mechón que le cae sobre la cara y cuenta mentalmente la cantidad de comida que hay en la bandeja. Crece la tensión, ¡todos quieren su hamburguesa ya! Un nene de unos seis años es el primero en la filay pide que le den el Paty sin lechuga ni tomate, pero cuando el voluntario se los saca dice que en realidad el tomate si le gusta, mientras tanto, detrás la fila se impacienta. Les chiques con su comida en  mano, buscan algo más. A todo esto, una chica rubia rodea el perímetro con una caja llena de sobres de mayonesa, kétchup y mostaza. Y les comensales la rodean. “Para mi kétchup y mostaza, por favor”. Una mujer con un guardapolvo con volados, se acerca con una fila de diez niñes “Son los míos” dice. Se refiere a que son los de la organización de la cual ella forma parte.  

Los voluntarios gritan, se miran entre elles, intentan establecer una dinámica que funcione. Tal vez no se imaginaron que, a la hora de servir, la ansiedad colmaría el ambiente. ¡Se sorprenden de que haya algunos empujones, algunas respuestas no tan amables entre quienes esperan su hamburguesa! “Primero los chicos, que cada chico se sirva una y luego vemos si hay para repetir”. El frío cálculo de quien intenta desde afuera organizar el hambre. 

El monstruo inflable mira la escena desde el fondo.  “Hay para todos, pero con calma”, ahora prometen, aunque esta vez sea cierto no siempre hubo para todes. ¿Es justo pedirle racionalidad y equilibrio al hambre?  Voluntaries y organizadores dándole de comer a la gente del barrio, en ese acto de supuesta ayuda, ¿no es reflejo de la desigualdad estructural? Sólo entre iguales podemos gestionar el hambre.

Con hambre no se puede pensar, reza un dicho popular. Pero, si el hambre pensara ¿cómo pensaría? Tal vez su pensamiento, podría ser ir a tomar lo que le pertenece. Su potencia, la de organizarse para exigir lo justo, lo propio, lo que nunca debería haber sido arrebatado. Como el monstruo de plástico y aire, que respira aparentemente tranquilo con su gran boca abierta, pero en cualquier momento puede ponerse nervioso y salir a buscar lo que le corresponde porque tiene hambre…