LA EXPRESIÓN CORPORAL COMO “HOSPEDAJE” DE LA POLÍTICA EN LAS SOCIEDADES PANDÉMICAS Y EN TODOS LOS PROCESOS DE LA MATERIA

Hoy día urge indudablemente conectar las nociones sobre el cuerpo y el movimiento, la corporeidad y la motricidad con las prácticas en general. Establecer algunas líneas que contextualicen las dimensiones de lo político, con las históricas, sociales y económicas, dentro de las cuales se desarrolla la cultura física y nuestro quehacer cotidiano. Ya que resulta incompetente realizar alguna reflexión sin enmarcar al sujeto social en movimiento.

Podemos rastrear en antiguas civilizaciones como las que habitaban el Nilo (A.C.), prácticas rítmico-musicales y danzas que fueron marcando el quehacer gimnástico durante los dos milenios siguientes. La gimnasia, de hecho, recibió, además de este influjo, el aporte de culturas del movimiento circenses, de los saltimbanquis; de la preparación militar a lo ancho de todo el imperio romano (de occidente y de oriente); y en la modernidad fue atravesada por las danzas más complejas y normadas como la danza clásica. El primer denominador común, fueron los sectores sociales donde se dio inicio a estas expresiones, las clases dominantes de los respectivos bloques históricos, y luego transmitidas o diseminadas como expresiones de “buenas costumbres” hacia todos los constructos de la sociedad en la que surgían. Estas tenían sus fines específicos, respondían a intereses y relaciones sociales de producción, por lo cual, definir desde las prácticas qué sujeto (cuerpo) social y qué esperar respecto del movimiento, siempre resultó un área trascendental en las organizaciones humanas para la supervivencia.

Me aventuro a que nos definamos por la idea de que tanto el campo de la cultura física, como el de las Ciencias Sociales en general, se ha nutrido de las danzas y de la gimnasia que, por lo menos desde los griegos en adelante, significaba un campo integral de la formación de los “ciudadanos”. No es posible desagregar saberes culturales que fueron desarrollándose al calor de las necesidades objetivas de las sociedades y en completa interacción, nutriéndose unos de los otros, para luego prestar contenidos a las Ciencias del Movimiento en general; que parafraseando a un recordado profesor “es un océano de saberes, pero aún con escasos centímetros de profundidad”. Por ejemplo. El caso del área curricular de la Educación Física, que atraviesa todos los estadios de la Educación Obligatoria en nuestro país, o las prácticas expresivas como la Educación Artística, danzas, lenguaje corporal y teatro, que a simple vista las podemos ver presentes influyendo enormemente en la praxis diaria, en la construcción simbólica y luego en la posibilidad del uso de la lógica formal de cada sujeto social.

Leyendo sobre las prácticas educativas en España, con respecto a las experiencias musicales y rítmico-corporales, aparece un detalle no menor. Así como el ritmo atraviesa el quehacer motriz tanto como al quehacer musical, en mi caso, la ciencia política hace lo suyo y bien comparte espacio con la Educación Física. Es por esto que encuentro interesante desde el inicio, la mención sobre una ley española del año 2013 para la “mejora de la calidad educativa”, la cual tiene como uno de sus objetivos descentralizar y hacer opcional el Área de Educación Artística para que ésta ya no sea una asignatura troncal obligatoria del plan de estudios, sino que cada región decida tal suerte. Recordarán algo por el estilo con la famosa Ley Federal de Educación de los años noventa en Argentina, como preludio de la reforma de la Constitución Nacional de 1994, que balcanizó y transfirió todo el peso y responsabilidad del sistema educativo y su aplicación a las provincias argentinas; terminando por envolver a estudiantes y docentes en una currícula tan abierta que hizo agua por todos sus costados, al igual que el plan económico de aquella época.

¿Por qué me parece importante mencionar esto? Debido a los riesgos de ver esfumado el acceso a contenidos primordiales para el desarrollo de la coordinación motriz y general de todas y todos.

He tenido ocasión de observar algunos fenómenos de desfasaje motor y falta de desarrollo coordinativo, cuestión por demás notoria en cualquier juego o tarea operativa sencilla. Y se me ocurre pensar, cuánta de esta negligencia legal (y podría decir desidia y desigualdad) por parte de “estos” gobiernos al servicio de los grupos sociales más privilegiados, es causal de tantas complicaciones motrices y trastornos de las capacidades físicas de cada estudiante que pasa por la educación pública y de gestión privada. Lo cierto es que, si pensamos en las Capacidades Condicionales (Resistencia, Fuerza, Velocidad, Flexibilidad) sin duda la “estrella” de éstas, la posibilitadora del desarrollo de las demás es la Coordinación.  Entonces, pensemos cuánto de esto repercute en la constitución de las funciones de la inteligencia general luego. La orientación, el equilibrio, el ritmo, la adaptación, la sincronización, la reacción y la diferenciación son como “cajas” cuando nacemos, a las que les vamos agregando contenido a medida que progresa nuestra educación sensomotora. Y es aquí donde no sólo encontramos al ritmo como factor importante en cuestiones como la maduración general nerviosa, en la cadencia de repetición de estímulos a partir de lo sensitivo y en la ejecución de patrones de movimiento; sino que incluso, nuestro propio cuerpo puede llegar a ser musical.

Es que, así como fuerte componente de las capacidades que posibilitan el movimiento y por ende la Educación Física, el ritmo es uno de los tres principios fundamentales de la Música (“el arte de organizar sensible y lógicamente una combinación coherente de sonidos silencios”). Entonces podemos llegar a inferir a partir de estas dos premisas, que casi cualquier proceso de la materia está signado por un ritmo, por fases de “silencio” y por partes sonoras (activas). Pensemos pues la magnitud de tareas que podemos realizar con nuestra propia materia (en el sentido amplio del término) a través del ritmo; pensemos en la capacidad de la herramienta musical -que surge prácticamente de las entrañas de lo humano- para guiar el proceso de transmisión de saberes en el aula, en el patio, en casa e incluso frente a cualquier pantalla. Pero también como factor que determina cualquier proceso progresivo de transformación no sólo de la materia, también de su fenomenología y efectos, como aspectos indivisibles de la misma.

La importancia de explicitar la noción espacial respecto de su configuración moderna y contemporánea, como fenómeno de las revoluciones políticas, sociales, filosóficas y económicas, surgidas a partir del siglo XVII, en las que las burguesías europeas (clase triunfante) inscribieron una nueva economía política en los cuerpos, es central. Para entender la delimitación y parcelamiento del espacio personal-corporal que, fundamentalmente, posibilitaron el ordenamiento social y mundial que no se redujo sólo a Europa, ya que colonialismo y  neocolonialismo (hoy día disfrazado de globalización y enmarcado en la actual división internacional del trabajo), operaron para que cada país ocupe su rol dentro de la producción a nivel mundial.

Es central focalizar en esta cuestión delimitante del espacio, ya que ha venido moldeando nuestras prácticas sociales y nuestros cuerpos, imágenes, estructuras y psiques. Este concepto de parcela en torno a lo legal y jurídico, a los derechos en sí; esta idea de “aquí comienza lo mío, donde termina lo tuyo”. Innegablemente nos hace pensar en la propiedad y cierto ámbito de lo privado, destacándose por ser presupuesto necesario de un modelo de relaciones indispensables para el desarrollo del egoísmo y alimento suntuoso de la lucha de clases. Para explicar la relevancia de todo esto, conviene pensar en las definiciones de Anna Arendt sobre política y espacio público, en primer lugar, ella dice: “La libertad necesita además de la mera liberación, de la compañía de otros hombres que estén en la misma situación y de un espacio común de libre concurrencia” (Arendt, 1996:160).

Ahora pensemos un momento en la idea de Expresión Corporal que se nos ocurra (a “primera pensada”) y seguro que les va a surgir algo referido a la libertad o lo libérrimo, o algún tipo de expresión sin atadura aparente (aunque sepamos que los condicionantes sociales siempre existen). Luego pensemos en las dificultades que se suceden a la hora de encaminarnos en este viaje de despertar las capacidades expresivas, aquí es donde sin que lo sepamos, muchas veces, empiezan los problemas. Ante la educación ferviente de lo propio, de “mi quinta” y el ensimismamiento que supone “estar bien consigo mismo” y cuidar el cuerpo, es que nos vemos imposibilitados de conectar, no solo con el espacio-entorno sino con el otro o la otra, porque, además, pareciera esfumarse el “espacio en común” del que habla Arendt. Resulta evidente que la posibilidad para la expresión propiamente dicha es el contrapuesto, el cuerpo receptor, la otra persona expectante e inter accionante.

Y este es el meollo de toda esta cuestión, la acción. Que enhebra parte importante del total de estas reflexiones. Difícil de verla salir a escena muchas veces, en coyunturas de necesidades básicas no resueltas, o de coerción y violencia, pero que sí aparece en el momento preciso de su invocación “libre” de mayores apremios (o de las vicisitudes antes mencionadas). La acción, protagonista, por cierto, tanto dentro del varieté expresivo y del motor que alimenta lo simbólico, como dentro de la mismísima Política, viejo instrumento para la búsqueda de la Felicidad. Dato no menor si tenemos en cuenta que la una es fundamental para la otra, en el mundo que media y nos contiene, en el espacio de lo público que es donde se sucede la acción política, justo cuando cada quien (en relación con el otro o la otra) se afirma en su existencia y es. Un espacio permeable sólo para ser dirimido entre “iguales”, pero también en oposición dialéctica, abonando a la disidencia y la confrontación, pero compartido sobre todas las cosas; un espacio común.

¿Por qué es importante darle este changüí a la capacidad expresiva y artística? Recordaremos, en nuestro Sistema Educativo, la pesada carga de un sistema específico de reglas y convivencia, el cual nos cayó todo de golpe, encerrándonos entre 4 paredes. Encerrando nuestras corporeidades en un espacio bien delimitado, con el fin de prepararnos para una realidad que muchos y muchas aún hoy seguimos esperando. Un lugar en ese entramado de relaciones de producción, como quien espera en la cola del supermercado, al cual acceden sólo unos tantos y mucho menos tantas; aunque lo tranquilizador fuera en muchos casos, saber que tuvimos la chance de tener esta experiencia dentro del ámbito escolar, cosa que no todos y todas tuvieron a lo largo de nuestra historia. A partir de allí, podemos empezar a reconocer en ciertas acciones, una cierta cuota de libertad que permitió subsistir a la acción política, a la acción en sí, a la motricidad y por qué no a la capacidad expresiva. Ya que como por una hendija, se cuela entre coerción y coerción, acción creadora, expresiva, capaz de alimentar a la cultura humana. Pero ¿cuál es el medio para ello? La “expresión corporal”, no sólo como campo disciplinar sino como labor cotidiano y contingente; que aparece y reaparece, la mayoría de las veces sin demasiadas implicancias aparentes para la Razón. Por eso es menester cultivar esta función de inteligir en profundidad cada práctica, como ejercicio capacitador, tanto como cualquier otra capacidad física o cuidado del cuerpo.

A como están las cosas con este contexto, hemos visto modificadas nuestras prácticas y también tenido que adaptar nuestro entorno para llevar adelante clases, cursos, hasta sesiones de cocina virtual. Estas se ven transformadas en toda su espacialidad, con su respectivo impacto en la capacidad expresiva y motriz. El condicionamiento es palpable, pero hay que tener en cuenta que antes de la pandemia también estaban condicionadas por una vasta cantidad de variables. Desde el recorrido de cada quien, que pesa al momento de acceder a tal o cual práctica, los recursos económicos, la infraestructura, hasta incluso fenómenos de la dinámica grupal de cada situación. Por tanto, es imprescindible ataviar, cuanto menos y en la medida de lo posible todas las actividades con un manto expresivo. Reeducar en el hacer reflexivo a partir de una marcada ritmización, temporalidad y sobre todo de “contextualización”. Entendiendo a nuestro cuerpo y su rol en lo social y socio motor, que a partir del espacio de lo común –hoy mucho más restringido- de lo público, se presenta reflexivo (y expresivo) para el ojo entrenado. Reflexivo y reflejante, se afirma en el otro y la otra para afirmarse hacia adentro, construyendo conocimiento en forma colectiva y solidaria, para trascender a nuevos y nuevas interlocutoras. De esta manera, más y más puedan formar parte (nueva) de la cultura humana que es histórica y acumulativa de procesos y, además, ser capaces de superar creativamente este nuevo aislamiento.

Si hilamos fino podremos ver que este aislamiento es también, la exacerbación de un fenómeno (aunque esta vez sea más marcado y aparentemente contingente) que, de una u otra forma, vivimos desde hace muchísimo. “Del trabajo a casa y de casa al trabajo” (les que tienen por cierto), completamente aislados/as del resultado de nuestro trabajo o la satisfacción de necesidades y derechos. Y que en nuestros cuerpos se reflejan como fenómenos ensimismantes y protectores del “sacro” espacio individual, al que pocas prácticas (una de ellas la expresión corporal) se le plantan disruptivas. ¿Qué es lo que se quiere proteger en realidad con el aislamiento e individualización? Tal vez algún tipo de propiedad de la que nunca fuimos poseedores o poseedoras.

Muchos interrogantes para tantos meses de Pandemia, pero soy pesimista al reconocer que todo lo dicho anteriormente en “modo recetario”, es prácticamente irrealizable si no somos capaces de darnos nuevos modelos de relaciones sociales y un nuevo ordenamiento político general que, desde abajo, desde la transversalidad que nos hermana condicione un panorama completamente nuevo en lo micro, y desde la marginalidad de les desposeídos y desposeídas nos hagamos cargo de nuestros destinos, para construir nuevos horizontes, hacia los cuales caminar revueltos y mezcladas, y no cada quien por su lado.


 

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