¿Y si lo pensamos desde abajo hacia arriba esta vez?

por Nico Fernández

   Empiezo estas líneas con la convicción de quienes se encuentran en el lado correcto, pero con la certeza de estar en el lugar equivocado. Y aunque ha pasado por nuestro país esa idea y acción política de la incertidumbre, con profundas marcas sobre nuestros lomos, como cada vez que fuimos sometidos a ella; aún hoy al despertar nuevamente, encontramos los mismos resabios.

   No podemos negar la objetividad de esta nueva crisis, y aunque oímos disertar fuertemente sobre ella, me porfío a dejar de saborear amargamente la pesadumbre de las relaciones sociales de siempre. Sé que vemos en conjunto y por doquier, expresiones multidimensionales sobre una pandemia bien mediatizada que “tal vez” fue generada intencionalmente, pero lo que me asusta –más allá del propio ombligo- no es ello. Digo, no la sociosis avivada por los dispositivos informáticos en su bombardeo masivo y hegemónico, sino más bien la inactividad del cuerpo social, la pasividad a la que hemos sido empujados casi por completo. A través, en gran medida, de un compendio de acciones sociales, que pujan por ocupar ese espacio al parecer vacío de significado, y que tienden a poner un velo sobre las cuestiones materiales de nuestra existencia. Que difuminan los factores estructurales de nuestra sociedad, trasladando responsabilidades desde lo objetivo a lo subjetivo. O de esa idea cuasi mística de la desconexión de lo humano con su entorno, o fortuita como se presenta la contingencia desde lo discursivo. La contingencia como posibilidad de que algo suceda o no.

   Y si bien podemos dudar cuanto menos de las causas de esta pandemia, no lo podemos hacer sobre lo objetivo del encierro al que nos han confinado, se puede decir, a la mayor parte del pueblo argentino; incluso a los que escasamente pueden hacerlo. Justo cuando muchos indicadores daban cuenta de una nueva (¿continuidad?) crisis económica mundial. Desde ya, demás decirlo, de esas tantas a las que nos hicieron acostumbrarnos a lo largo y ancho de algunos siglos.

   Pero muchos seguimos con la pulsión feroz de darle significado, de entender y analizar; sin poder pegar ese salto por el que abogaba aquel viejo filósofo, que no quería serlo y renegaba de tal “miseria” (ustedes saben de quien les hablo), la necesidad de transformar el mundo más que de entenderlo. Si lo pensamos bien, ya está todo servido en bandeja y encima, de forma completamente cruel y cínica.

   ¡Lo que ya saben! La riqueza de los pueblos apropiada por menos del 1 por ciento. Y las grandes mayorías, no digo con menos, sino completamente al margen de siquiera una miga de bienestar. Riqueza, ni menos ni más, que la fuerza de trabajo de todos los seres humanos que trabajamos para transformar la materia misma. Desde aquel primer origen de acumulación, rastreable hasta quizás en el primer brazo que se extendió para tomar esa manzana que sació algún estómago rugiente; que llenó de hidratos aquel miocito donde se generó ATP. ¿Qué les puedo escribir, que ya no sepan sobre el (léase con expresión bien grandilocuente y exagerada) Capitalismo?

   De este sistema de relaciones sociales de producción, ese tipo particular de división social del trabajo tan especializada, que tiene como unidad primaria la Mercancía. Una relación en la que ustedes y yo ocupamos un lugar (incluso estando al margen) como todas las demás mercancías, con la distinción de que somos la única capaz de producir Valor (a través de la fuerza de nuestros músculos y neuronas, esos que usan aquel trifosfato de adenosina). O sea, de producir otras mercancías, otros bienes que usaremos claro, siempre y cuando podamos usar eso de lo que disponemos (lo único) quienes estamos en el otro 99 y tanto por ciento, la fuerza de trabajo; y no solo eso, sino que principalmente podremos cambiar en el intercambio.

   Como hace mi querida tía Ester que va a cambiar, con su medio de intercambio (dinero), su propia fuerza de trabajo (por la que recibió tal medio) por alguna mercancía necesaria para sobrevivir un día más y poder seguir vendiendo su fuerza al día siguiente. Por supuesto que lo que adquirió no es más que la materialización del tiempo y fuerza de trabajo de tantos otros y otras, que “se vendieron” para producir aquello que ella cree “comprar”. Y que por lo tanto no hace más que comprar el resultado de tantas otras manos y cerebros, a la hora de ese intercambio en el que toooda esta relación social permanece a simple vista velada. Sin embargo, son equivalentes de fuerza de trabajo en una medida social y necesaria para producir aquellas mercancías de consumo. Una camisa (que costó el tiempo y fuerza de 1 hora de trabajo) por una Coca que costó 5 minutos, con los aditivos tecnológicos menesteres, que arroja la relación de 12 Cocas, pongámosle, por camisa. De modo que lo que termina consumiendo mi querida Tía serán muchas horas de trabajo de mujeres y hombres, materializadas en cada una de las mercancías que compra. El problema es que lo obtenido como pago por esta venta -de lo único que ella posee en realidad, su fuerza de trabajo- solo es la medida para intercambiar lo que necesita para sobrevivir (peor aún, ni siquiera le alcanza para ello); y sin embargo continúa produciendo sin parar (sabrán ustedes hoy más que nunca) haciendo mover y de cierta manera, transformando día a día este mundo que pareciera tan incierto.

   Déjenme decirles que no es tan incierto, permítanme disentir sobre las cuestiones contingentes. No hay contingencia posible cuando por años hemos venido hablando y escuchando incesantemente sobre el funcionamiento de toda esta ingeniería cultural y sus causas, sus planes de desarrollo, sus consecuencias. Por ejemplo, sobre la decadencia de este modelo social y el deterioro de las condiciones ambientales; porque nuestros huesos y los de nuestros muertos lo han percibido noche tras noche, y las lágrimas de dolor de nuestras madres ya son prueba irrefutable. Porque las enfermedades, como en algún punto lo es esta, nos han mostrado cual es el rostro verdadero de este orden de cosas y fenómenos; o las muestras y ensayos de escenarios constantes, de experimentaciones en lo militar y en lo social (verdaderas pandemias) generadas comprobadamente por quienes gozan del privilegio de encontrarse en el lugar “correcto” del engranaje global, y que son premisas para invalidar a la mayoría de las contingencias que hoy nombramos como tal, sobre todo las que tienen que ver con lo que de hoy somos testigos.

   No es nuevo ver cómo a medida que se acercaban estos años, el estreñimiento del capital (esa gran acumulación de lo saqueado a quienes hicimos de motor a la historia desde que aparecimos como raza), ha ido concentrándose tanto que algunos llegaron a decir nos “globalizamos”, cuando en realidad con cesárea violenta y por la misma necesidad de la “bestia” se abrían (cada vez más a la fuerza) “nuevas economías de mercado”. Obvio que de modo violento siempre para los pueblos y las mayorías; por nuestras aguas y suelos, animales y minerales, nuestras niñas y niños e infancias, nuestras mujeres y obreros, nuestros pueblos ancestrales. De otro modo, esto no hubiera podido ocurrir. Quienes lo padecimos y hasta aquel más recóndito ser en algún espacio de su materia lo puede atestiguar.

   Ustedes que me conocen, por un lado, sabrán que me escudaría ad aeternum en el estoicismo del “no tener miedo”, pero la conciencia es sencillamente aterradora como lo es la finitud corpórea misma de nuestros pliegues; y como están “sobre la mesa las cartas”, no nos queda más que la ACCIÓN. Pero por otro lado, viendo toda esta fenomenología que, por lo menos a mí me da qué pensar, este parate de tamañas proporciones que en varios sectores (militares y económicos) a nivel internacional no es tal, y que en buena parte de los hemisferios es la gran “contingencia”; me pregunto: ¿Qué es lo que realmente ha hecho parar a gran parte de la humanidad junto con muchos de sus procesos organizativos para la supervivencia?

   Con semejante nivel de sofisticación cultural y refinamiento en los dispositivos hegemónicos de distribución del conocimiento para el sometimiento de la mayor parte de la población mundial, a ese ínfimo porcentaje de privilegiados capaces de tejer y destejer las redes del poder en todo su amplio sentido; que manejan corporaciones subsidiarias de Estados, bancos, reservas monetarias; ejércitos enteros (nacionales y privados); que poseen monopolios hasta en el espacio extraterreno como en el más modesto centro de investigación biomédico ¿Se les escapó la tortuga?

   O realmente todo sigue su curso y estamos al margen, como de costumbre, de un tan poco convencional escenario de reacomodamiento general de “la estrella de nuestra novela” (el de la palabra grandilocuente) para seguir con su mutación, como hiciera el SARS-CoV-2 a escala nanométrica. Reacomodamiento que requerirá de nuevas distribuciones de las polaridades geopolíticas, nuevos diseños en la política y en el derecho internacional. Así como replanteamientos propios de los ESTADOS que, por lo que estamos viendo, vuelven a demostrar su relevancia en el entramado social. Bueno, en un punto más de lo mismo, a no desesperar amigas y amigos.

   Lo cierto es que la fuerza de este Frankenstein, manejado por esa élite en las sombras (porque no los hemos visto a los Rothschild, Bill Gates, Arnault, Bezos, Buffett, Ellison y otros en abierta lucha contra la peste) sigue operando y ejerciendo su voluntad de automatización de sus propios procesos, muchos de ellos al margen incluso de esta pequeña capa social de capitanes del globo madre, y con mucha fuerza propia. Sí podemos ver en cambio, en estos momentos, como en aquellos cielos europeos del 40, masivos espectáculos de terror audiovisual en nuestras pantallas, que nos someten aún más al encierro y cuarentena, no ya tan solo de lo corporal.

   Vemos por acá cerca empresas como Latam reduciendo en un 50 por ciento el sueldo a su personal tras ganar 500 millones de dólares en los últimos cuatro semestres, en la que sus directores plantean “no poder resistir sin el apoyo del gobierno”, y que además, no operará por tres meses; o Santander que sólo el último trimestre se embolsó 1.400 millones y que en medio de la fiebre mundial desatada por el virus, aumentó su capital en 22 millones de dólares a través de la emisión de 82 millones de acciones. Mientras (y no sólo de éstas empresas) las acciones y bienes intangibles siguen operando en los comercios bursátiles del mundo. Sin embargo el costo político de la nueva configuración del mundo empresario en general, la tienen que cargar sobre sus espaldas las y los seres humanos que vuelan los aviones y sirven el café; quienes operan las máquinas empacadoras de alimentos; y hasta incluso los que podemos darnos el lujo de quedarnos en casa prestando cuantiosa atención a teorías conspirativas, filosóficas o psicológicas sobre la actual pandemia.

   Con datos así, les resultará (tanto como a mí) muy tentador diagnosticar una parada de sólo la parte no esencial de la economía, pero esencial para los “simples” mortales como vos y yo. Por ejemplo las graves dificultades para la generación de alimento y su distribución en numerosas regiones, no obstante vemos desfiles de anuncios de grandes mercaderes del morfi ofrecer sus mercancías vía electrónica y distribuidas a través de los “deliverys”. Y de medicinas ni que hablar. Curiosamente cuando la mayoría de los laboratorios privados se dirimen “apasionadamente” por activar la vacuna que nos traerá la cura del coronavirus.

   Si pensamos este orden social y crematístico en términos piramidales, seguramente vamos a entender la reproducción de la mayoría de los procesos desde arriba hacia abajo, por lo cual todo resulta estar muy bien aceitado y las “contingencias” como diría -a esta altura de los acontecimientos- un amigo, son necesarias para no desesperar y poder entender que hay cosas que se nos escapan y encima por lejos. Pero todo ello es nada más que para mantenernos con el culo en el sillón (los que podemos), debatiendo y filosofando o mirando Netflix, aunque sabiendo que algo está pasando allá afuera, una “trágica fiesta” a la que ni siquiera nos han mandado carta de invitación, para ver si queríamos asistir. Y como la historia ocurre por lo menos dos veces, tratemos de que la próxima no sea una miserable farsa.

Un comentario en «DEL MIEDO A LA ACCIÓN»
  1. Te lei en voz alta para que todos en casa escucharan … creo firmemente que tenes pasta para escritor y periodista … a mi criterio tenes que seguir un eje y no volar por las tangentes… se que podes lograrlo… es hora de la ACCION…fuerza bro

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *