por Juan Cerdeiras

“un sueño es un despertar que comienza”

Sigmund Freud

Freud, en su investigación acerca del sueño y su relación con el inconsciente supuso que, entre otras cosas, una de las funciones del sueño era la de evitar que el soñante despertara. Algo así como un mecanismo de retraimiento de la “realidad” demasiado acuciante y sofocante para el sujeto con el fin de refugiarse en sus deseos inconscientes mediante un deleite fantasioso. Esta formulación se hizo con el tiempo difícil de sostener incluso para el propio Freud, pero fue Lacan quien llevó a cabo la radical subversión de este paradigma al plantear justamente que es la realidad cotidiana del Yo, el despertar repentino del sueño al “mundo real”, lo que sirve como válvula de escape al sujeto que no puede confrontarse con el núcleo traumático (real) e inasimilable de su deseo inconsciente. Así, para Lacan, es la “realidad” misma la que se constituye fundamentalmente como una “fantasía”, una escena construida por (y para) el sujeto para poner a funcionar en ella los mecanismos de “adaptación” necesarios para llevar adelante su existencia socio – simbólica.

Por más que no sea visible a primera vista, estas reflexiones extraídas del dispositivo “psi” permiten echar luz sobre algunos aspectos fundamentales de nuestra realidad político-social. Nos encontramos, como señala el filósofo esloveno Slavoj Zizek, viviendo en “el fin de los tiempos”. La fantasía principal que hace consenso en el amplío campo intelectual y político (al menos en el de las izquierdas) es que ya no estamos frente a “una crisis más” del sistema global capitalista, sino tal vez ante la “última gran crisis terminal”. La vieja dicotomía “socialismo o barbarie” aparece recargada en un horizonte fatalista bajo la forma “fin del sistema o fin de la vida”, “socialismo o extinción”. No sería la primera vez en la historia del marxismo en que una crisis terminal es “confundida” o resulta superada por una nueva variante del modo de producción que en lo fundamental se mantiene inamovible desde hace por lo menos 300 años. No me interesa entrar en esta batalla interpretativa. Por mi parte, y creo que esto es todo lo que necesita una posición marxista contemporánea, acepto la hipótesis fatalista y soy pesimista. La Historia ya no trabaja para “la causa”, el horizonte es oscuro, vamos camino a lo peor y no hay alternativa ni perspectiva de superación a la vista.

Lo que si me interesa de este particular momento histórico es retomar la muy conocida observación de Marx acerca de la lógica capitalista que se retroalimenta y renace de sus propias crisis fortalecida. Pareciera ser que esta afirmación ha devenido no sólo una característica más del sistema sino un rasgo esencial. Parafraseando brutalmente, el capitalismo ha llegado al punto donde su reproducción lleva la lógica de una “crisis permanente”. Más no sólo de pan vive el hombre y no sólo de economía vive el marxismo. El estado de crisis permanente alcanza cada vez más a todos los niveles del ser social, la política, la cultura, el medioambiente, la subjetividad misma, etc… Ya se ha señalado desde múltiples ópticas este carácter paradójico de la sociedad moderna. Desde la noción de “anomía social” del sociólogo Durkheim; la suspensión soberana de toda Ley y el fundamento radicalmente ilegal de toda legalidad llevado adelante por el jurista alemán Carl Schmitt; hasta la idea de “estado de excepción” del filósofo italiano Giorgio Agamben y las múltiples reivindicaciones del sistema democrático como aquel que, frente a toda forma de “totalitarismo”, se presenta atravesado por una falla fundamental que, lejos de hacerlo inútil, lo vuelve un modelo en continuo perfeccionamiento, un horizonte de posibilidad siempre abierto bajo la condición de que nunca se realice del todo. La democracia como el “menos malo” de todos los sistemas, siempre perfectible, pero también siempre defectuoso, siempre en “crisis”.

Lo que me interesa pensar aquí es esta apariencia de crisis terminal permanente, pero a la vez como una crisis cuyo desenlace fatal anunciado es permanentemente postergado para más adelante. Con esto no estoy intentando decir que no habrá un desenlace de este tipo, sino abrir el interrogante acerca de este perverso mecanismo por el cual pareciera que nos acostumbramos a vivir en el “fin de los tiempos” con tal de que nunca terminen de llegar al final. La pregunta entonces queda planteada sencillamente de esta manera: ¿por qué no termina de ocurrir lo que ya está ocurriendo? Mi hipótesis es que nos hemos acostumbrado a tal punto a este estado de anomia que ya ni siquiera somos capaces de percibirla como tal. Eventos críticos se suceden a un ritmo cada vez más acelerado y sin embargo resulta muy difícil instituir un “punto de quiebre” sino más bien todo lo contrario, resultan rápidamente integrados simbólicamente a la red infinita de la crisis permanente. Tomemos algunos ejemplos recientes.

Algunos días atrás el año nuevo comenzó con el “hashtag” WWIII (por tercera guerra mundial) como tendencia global a raíz del ataque de EEUU contra Irán. No es difícil notar en este aluvión digital de opiniones la “certeza anticipada” y hasta el “deseo inconsciente” hacia este evento catastrófico. Nuevamente, no estoy intentando decir que esto no vaya o no pueda ocurrir, ya está dicho, vamos hacia lo peor. Pero no puedo dejar de notar como este dispositivo neutralizador se pone inmediatamente en marcha y operando bajo múltiples registros (desde las opiniones sesgadas, los análisis políticos sesudos y hasta las bromas y los memes) logra rápidamente inscribir “el significante maestro del colapso” (“tercera guerra mundial”) como “uno más” de los nombres de la actualidad del fin del mundo. Como si fuera una variante del clásico mecanismo de defensa neurótico por el cual el sujeto “habla sin parar” y despliega todas las formas “racionales” del “saber” acerca de su sufrimiento con tal de no “hacerse cargo” del mismo y de postergar eternamente el acto liberador. En este sentido la “ex–plicación” deviene lo contrario de la “im–plicación”

Al mismo tiempo tenemos la situación en un país como Bolivia. ¿Hay alguna expresión más clara de cómo el estado de excepción se vuelve la norma, de cómo un orden legal abriga una ilegalidad fundamental? Luego de la sorpresa y la indignación naturales que generó el golpe de estado pasamos a una suerte de naturalización de la sorpresa y la indignación. Al punto tal que hoy la situación es literalmente un “dialogo” de “gestión democrática” acerca del golpe anti-democrático. Las naciones se posicionan a favor o en contra mientras los actores negocian la “salida democrática”. Queda así cada vez más claro que, si bien la contradicción entre democracia y dictadura estructura aún al campo ideológico del “sentido común”, la realidad muestra un rostro muy distinto, es la democracia la que ahora “contiene” y “gestiona” la dictadura (del Capital).

¿Qué decir sino del devenir del estado de cosas en Chile? Aparentemente se habría llegado a un estado de tensión máxima y a la vez de equilibrio de fuerzas donde el furor revolucionario impregna la cotidianeidad de la vida sin poder “dar el paso” que implique la apertura de un nuevo horizonte político, que no sea el de la mera impugnación del régimen o la gestión del conflicto por los medios tradicionales.

El sueño (o la pesadilla) del fin del mundo conocido, de la debacle global, queda suspendido en un baño extremo de realidad. Estamos siendo cada vez más seres “demasiado despiertos” en este mundo de pesadillas siniestras. ¿Somos acaso demasiado realistas para enfrentar “lo Imposible” o es que acaso el “fin de los tiempos” es demasiado posible para ser Real? Uno de los puntos importantes de la dialéctica tal como Hegel la entendía es que los cambios en las figuras de la conciencia eran siempre mecanismos que operaban retroactivamente, queriendo decir que cuando el mundo cambia no es tanto porque se produzca un cambio en el contenido objetivo de la realidad sino porque esta ya no puede ser vista subjetivamente de la misma manera. Es en este sentido que el “entendimiento” siempre “llega tarde” respecto del devenir de los acontecimientos, solamente puede arribar cuando las cosas ya han ocurrido. Esta es una importante lección, cara a ciertas lecturas mesiánicas del marxismo y a nuestro milenarismo catastrofista contemporáneo. Mientras estamos esperando un evento que tendrá lugar en el futuro, mientras aguardamos demasiado despiertos por el “momento oportuno” permanecemos ciegos a la verdad fundamental, que se oculta en nuestros sueños. Quizás lo peor ya haya sucedido.