Fernando Lynch

Salir a caminar y sentir la sensación de que la marea está alta. De que puede arrastrarte hacia cualquier lado. Una secreta oscuridad que habita los suelos, pestilentes sonidos de corrientes viscosas. Anguilas, perros famélicos, lombrices fluorescentes.

Marcianos, fantasmas, monstruos, lobos, hienas, panteras. Muerte, desolación, abandono. Indolencia. Se aproximan huracanes de malevolencia infame. Observad los zombis, observad cómo se arrastran de manera calamitosa.

En la fila del pago fácil verás gente queriendo pagar y otros queriendo molestar-te.

Un pelotudo sin barbijo buscará tu compasión en el cajero automático, pretendiendo que entiendas vaya a saberse qué circunstancia, como si vos no tuvieras la propia, como si en tu vida todo fuese color de rosa.

La marea esta es sentir que no haces pie, que la angustia es más fuerte porque falta la palabra y sobra la prepotencia, que te lleva a agarrártela con el más débil, con la pobre cajera de supermercado. Y el viejo delirante, quejándose de la osadía o burocracia ajena, hará gala de su misoginia a la vez que irrespetará el distanciamiento social, caminando de acá para allá como un boludo.

Por suerte, la palabra, la voz, entremeterá entre tanta estulticia algo de desasimiento. Algo de falta, de carencia de ser, de entusiasmo y de ganas de seguir hacia delante.

No, prefiero no entrar al mundo “de nueve a dieciocho”. Prefiero el no saber, la apuesta, el sabor del deseo, de una vida atravesada por el amor al arte, por la pasión de crear. Más allá de los estancos casilleros con los que el poder disciplinario busca permanentemente succionar nuestra energía vital. Hay cosas que el dinero no puede comprar. Hay momentos, situaciones, actividades, encuentros y cosas cuyo valor es inconmensurable. No tienen precio económico. No pueden ser nominalísticamente absorbidas por la máquina de hacer pobres. No solo pobres de bienes, sino pobres de espíritu, que los hay en todas las clases sociales.

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