Por Macarena Sol Jaramillo

Es martes por la noche en El Maitén, las llamas han avanzado sin tregua durante todo el día, ya sin luz, en un pueblo totalmente a oscuras, vemos el fuego bajar como lava desde la montaña acechando algunas viviendas. Nos enteramos que a unos kilómetros de aquí la situación es mucho más grave, que en la localidad de El Hoyo y Golondrinas nuestros vecinos se enfrentan a la siniestra vivencia de perderlo absolutamente todo. Mientras inhalamos el humo espeso que cubre nuestras calles, nuestros patios, nos enteramos a través de la única emisora de radio que se están prendiendo fuego también las demás localidades cercanas.  Se comprime el pecho, se llora lo que comenzamos a saber perdido. Duele el bosque ardiendo, duele el dolor de los vecinos que huyendo dejan atrás sus hogares. Duele pero la bronca y la impotencia son más fuertes, entonces nos crecen las sospechas. Mientras algunos recurren al chivo expiatorio de siempre, fantaseando conspiraciones del pueblo Nación Mapuche, nosotros comenzamos a sospechar de aquellos que ven nuestro territorio como mercancía. ¿Cuál es el límite de aquellos  que siembran el terror de este modo en los pueblos?

 Mientras todo arde me pregunto por las consecuencias no solo materiales, me pregunto por las heridas a nivel subjetivo que quedarán en nuestra región, pienso en el impacto que tiene esto en nuestros cuerpos-territorios. Porque no podemos pensar nuestras subjetividades sin el territorio, del que no somos dueños sino parte. El fuego se lleva consigo parte del territorio y con él memorias, historias,  tiempo y años de trabajo.  Lo que se quema no es mero paisaje, recurso natural a ser explotado, es nuestra piel, parte de nuestro entramado simbólico, es nuestra identidad. Pienso en lo que significa esto para las comunidades ancestrales, para su espiritualidad, y el impacto que esto genera en la Mapu.

Escribo esto y no puedo dejar de pensar en Sixto Garcés, poblador de El Maitén, conocido por muchos, desconocido por otros tantos, quién fue alcanzado por las llamas mientras intentaba salvar los animales que cuidaba.  Pienso también en la cantidad de veces que escuché durante el día: “nosotros sí que la sacamos barata en Maitén”. Al rato esa frase carece de valor, porque  la vida estuvo y está en juego. Carece de sentido porque nos duele la angustia de nuestros vecinos. Porque ser parte de la Comarca nos hermana.

Ahora me surge otra pregunta;  ¿Cuánto es el dolor y la impotencia que puede soportar un pueblo? ¿Quién piensa en las infancias que vieron sus hogares extinguirse bajo las llamas? ¿Alguien piensa  en la vegetación milenaria arrasada en una cuestión de segundos?

Solo tengo la certeza de que desde estas latitudes, desde este Sur muchas veces olvidado, tenemos memoria, y sabemos muy bien que intentar exterminar  es maniobra vieja y por demás conocida.  Sepan que desde este mal llamado interior, desde estas tierras ancestrales y pese al dolor que hoy nos aqueja,  nos levantaremos y gritaremos  las veces que sea necesario para denunciar que nuestras tierras y por ende nuestras vidas están siendo devastadas, saqueadas, contaminadas y quemadas (desde que se conformó el Estado Nación esto es así independientemente del gobierno de turno).  Sepan que nos levantaremos con mucha más fuerza, más que nunca gritaremos  NO ES NO.

PD: TODO FUEGO ES POLÍTICO

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