EDITORIAL

¿QUIÉNES SOMOS?
Nos convocamos a partir de una fuerte convicción cuyas consecuencias pueden ser tan inciertas como profundas.
Sabemos, hay más que comparten nuestras ideas, por eso salimos a buscarles. Quienes tienen tanto por decir y quienes creen que no, demostrarles que, poniendo su voz, su cuerpo y juntándose es mucho mejor. Para pensar ¿Qué hacer?
Nos une una decisión: querer hacer. Vemos que el mundo, hoy día, es injusto, atravesado por graves desigualdades, violencia, acciones e ideología que operan deliberadamente contra la posibilidad de un mundo mejor, más justo y radicalmente diferente.
Esta situación cuya existencia consideramos un problema, es un problema político y material, y rebelarse hoy resulta legítimo. Luchar por otro mundo no sólo es posible, sino que es necesario.

¿DE DÓNDE VENIMOS?
Las historias de nuestras ideas, en su mayoría, se remontan en el tiempo cerca de 200 años atrás, sumándose a la lucha e ideas de nuestros pueblos originarios, que resistieron la conquista europea. Y son resultado del análisis de los procesos sociales revolucionarios y de los fenómenos históricos de los últimos 3 siglos. Acciones e ideas que adoptaron variados nombres: Socialismo; Comunismo; Anarquismo, liberación nacional; Indigenismo; Peronismo, entre otras que se fueron incorporando en las últimas décadas. Múltiples experiencias, pero todo parte de una misma lucha.
En el siglo pasado las fuerzas políticas surgidas de aquellas experiencias ejercían una oposición real a la práctica social y al pensamiento conservador, liberal, fascista e imperialista, que propugnaba por sostener el espíritu inhumano del Capitalismo. Estos procesos de liberación terminaron de una manera, muchas veces, trágica para los pueblos.
A finales del siglo XX vivimos el «triunfo global” del imperialismo y su rostro más servil, los EEUU de Norteamérica, bajo una nueva máscara: el neoliberalismo. Y también su costado más crudo, las crisis de éste. La creciente ola de guerras, extrema pobreza y convulsión social. Vivimos el triunfo de una manera de hacer política, de una praxis social, una ideología y de nuevas subjetividades moldeadas según los intereses del gran capital. El parto de una no tan nueva identidad humana, egoísta e individualista y en plena alienación, sin capacidad de ejercer resistencia e imponer voluntad alguna. A pesar de que 40 años hacia atrás pudimos ver verdaderas luchas que combatieron y cuestionaron profundamente a este sistema corrupto en su conjunto, y a la forma política que lo contiene.
El Caracazo en Venezuela y la Revolución Bolivariana; el Zapatismo en México; las sublevaciones de pueblos originarios por toda Latinoamérica; el Movimiento Sin Tierra en Brasil; los Indignados en España; la Plaza Sintagma de Atenas; junto a la acción revolucionaria del Pueblo de Cuba, la resistencia de Nicaragua Sandinista y China Popular, han sido ejemplo de ello.
Y hoy, la recuperación democrática en Bolivia, Chile con sus calles vivas aclamando la futura nueva Constitución y Ecuador, en las más difíciles condiciones, intentando retornar al sendero de la integración de la Patria Grande; junto a la creciente fuerza de los movimientos feministas a lo largo y ancho de nuestro país y América, que lograron entre otras conquistas la ley de Interrupción Legal del Embarazo.
Distintos momentos, distintos continentes, pero la misma bandera.
En Argentina, experimentamos el calor de movilizaciones masivas y organización popular a fines de siglo y comienzos del siglo XXI, que lograron resistir a dura penas la embestida neoliberal. Piquetes, fábricas recuperadas, asambleas, eran algunos de los componentes de la secuencia política cuyo punto de mayor intensidad se vivió en diciembre de 2001.

¿CÓMO VEMOS LA REALIDAD?
La realidad económica, muchas veces, habla por sí misma; a través de la realidad política y los procesos sociohistóricos. Y existen innumerables voces comprometidas en difundir los niveles intolerables de irracionalidad e injusticia, y los peligros para la supervivencia de nuestra especie humana y para su hábitat.
Se intentó instalar una ideología que declara “el fin de las ideologías” a fines del siglo XX, para legitimar la “globalización” y concentración del capital y los mercados mundiales, posterior al derrocamiento del bloque socialista y la Unión Soviética. La misma afirma además, en perjuicio de lo común y lo colectivo, que el mundo está hecho de puras identidades diferentes, hasta su átomo más pequeño, el individuo, su cuerpo y sus pequeñas pasiones, sus alegrías y sus frustraciones, sus goces egoístas y sus pulsiones más dañinas. Sostiene, además, que el fin de la ideología representa lo mismo que el fin del totalitarismo, y que a la libertad se la conoce hoy con el nombre exclusivo de democracia (democracia representativa) y a la democracia (tal como la conocemos), como la única alternativa a las dictaduras fascistas. Aun sabiendo que la democracia representativa no es el mejor sistema posible y que, alberga desde irregularidades hasta corruptelas y manejos mafiosos muchas veces criminales. Esta ideología nos obliga a tolerarlas y nos extorsiona con la elección del “mal menor”, afirmando que el Estado como único garante del orden debe estar sometido a la Ley (igual para todas y todos, en lo formal), imponiendo la tiranía de las formalidades por sobre los contenidos. Y la tiranía de las élites minoritarias en contra de las grandes mayorías. Asegurando que cualquier intento por cambiar el mundo desde su raíz, es esencialmente un intento criminal y totalitario.
Tras la última experiencia de integración regional latinoamericana, de un concierto de países no alineados a la política de “patio trasero” del vecino poderoso del Norte, la puja por la multipolaridad en todo el planeta sigue más viva que nunca. Sin embargo, a la luz del contexto de crisis y pandemia, esta situación de reparto concentrado del poder en pocas manos parece recrudecerse; aunque se vislumbren nuevos actores en la geopolítica actual.
Las Naciones Unidas, el proyecto de “paz perpetua” y desarrollo sustentable, en un mundo de consensos y disensos “democráticamente” administrados, se muestra como la gran utopía que es, la del “fin de las ideologías”, que choca de frente contra las fuerzas de la acumulación por despojo histórico del sistema capitalista.
Tras políticas nacionales y regionales progresistas en nuestro continente, con matices y con transformaciones de variada amplitud, que oscilaron entre recuperación y control popular del Estado y sus recursos, a medidas más suaves en torno a la redistribución de la riqueza; el protagonismo de América en la historia política de los últimos 25 años ha sido central. Y en la actualidad nos da la clave y dimensión de la crisis política que atravesamos.
En los últimos cuatro años, en Estados Unidos (el modelo de la democracia moderna), vimos el triunfo de un personaje abiertamente racista, misógino e intolerante que retrocede en la dirección económica que traía ese país hacia un modelo más proteccionista, en una seudo imitación al modelo estadounidense de pre y entre guerras y, que en una primera aproximación, pareció oponerse al modelo neoliberal de Wall Street y la Escuela de Chicago que había dado paso al Consenso de Washington como política exterior para nuestros países “en desarrollo” a fines de los años ochenta. Las elecciones de 2020 aunque demostraron el triunfo de una perspectiva política distinta con el Partido Demócrata, es solo la otra cara de la moneda, porque como diría aquel comandante heroico: “no se puede confiar en el imperialismo, ni tantito, así…”
Paralelamente en Nuestra América la derrota en dominó de las opciones abiertas por los “gobiernos populares” heterodoxos y, en algunos casos, revolucionarios; y el resurgimiento del republicanismo en manos de gobiernos abiertamente tecnócratas y empresariales, pretendieron volver a instalar el sueño (convertido en pesadilla) de hace varios años, del proyecto económico ensayado por primera vez de la mano de la dictadura militar a cargo de Augusto Pinochet. Incapaces de combatir las mutaciones y realineamientos ideológicos del imperialismo durante la última década, estos gobiernos durante la primera década del nuevo milenio, sucumbieron al refrito de las viejas recetas anti Pueblo. Tal es la ceguera de la clase terrateniente y sus derivados (también llamada oligarquía) que, intentando escapar de una alternativa socialista y/o populista, niegan el triste papel de dependencia que desempeñan en el reparto económico mundial y la división internacional del trabajo. Por ello es que su práctica económica y la ideología resultante, es también una de las causas de esta grave situación de crisis.
En Argentina la llegada al poder del Estado por medio de elecciones, del gobierno de Cambiemos y su lógica CEOcrática, que significó cuatro años de ajuste, endeudamiento serial récord, default, inflación desmedida, tarifazos y recesión; fue una muestra de los límites de la alternativa planteada durante doce años de keynesianismo y “capitalismo bueno” (en el que ganen todos y todas). Tras allanar el camino para la timba financiera, la fuga de capitales y la entrega progresiva de los principales resortes económicos de nuestra patria, el resultado del último gobierno plutocrático macrista, nos trajo déjà vus de épocas pasadas, como tras la “libertadora”, la dictadura o los 90’s, una mayor sumisión en la pobreza y políticas que beneficiaron a los pocos de siempre.
Por lo cual, la aventura política de la Democracia Argentina confluyó 32 años después de la última dictadura cívico-militar, con el retorno al poder de los mismos sectores, los mismos proyectos económicos y hasta incluso las mismas familias que detentaron el poder real en todo el período histórico reciente y otrora, padres fundadores del Estado Nacional.
Hoy con el ascenso de la coalición política frentista al gobierno de la Nación, en la que confluyen diversas expresiones políticas y sociales conocida como Frente de Todos, aún no se avizoran nuevos vientos de desapego a las imposiciones de los sectores más concentrados de poder. Sin embargo, entendemos, es la hora en la que nos toca como Pueblo asumir el liderazgo de nuestras propias resoluciones, con mayor organización e inteligencia y, si nuestros dirigentes deciden no representarnos, adoptar ser nosotros y nosotras quienes levanten nuestras banderas, iluminando con el indiscutido fuego popular el camino a seguir.

¿QUÉ HACER Y CÓMO?
Un espacio para pensar, discutir y difundir que hay mucho por andar, que nada está perdido, alzar la voz y reapropiarnos de nuestras conciencias, reapoderarnos de nuestra historia, y ser protagonistas de nuestro presente para construir un futuro distinto.
Nuestra propuesta es poder intervenir el espacio de lo público con un sitio web y una revista digital, en las redes sociales, a través de un canal de contenidos audiovisuales propios, en radio, con talleres itinerantes y con publicaciones periódicas en papel.
Tratar de amplificar la mayor cantidad de voces. Organizarnos para combatir el terrorismo mediático, y también, trascender lo comunicacional. Plantar los pies firmes en el barro servil de la realidad generado por quienes intentan dominar nuestras voluntades, y salir a buscar esas voces por años calladas, a sangre y fuego. Reconquistar nuestros lugares comunes, nuestros lugares de pertenencia. Juntarnos para reconstruir los lazos que la cultura neoliberal y su proyecto de aislamiento fue cortando.

¿POR QUÉ?
Porque nos hacemos cargo de la historia de lucha de nuestro pueblo latinoamericano y originario. Creemos en un diálogo crítico y honesto, con todos los sectores que se planteen caminar hacia la liberación e independencia. Fundamental para encontrar las posibilidades del presente.
Creemos en un diálogo dentro del campo nacional, popular, regional y revolucionario, de los sectores profundamente politizados y los que no, en base a los derechos conquistados, a la memoria, la verdad, la justicia social. En base a los programas obreros, estudiantiles y feministas, para la definitiva emancipación de nuestra Patria Grande. Reconociendo nuestras raíces de emancipación y autonomía, la de los Pueblos Libres de José Artigas o el ideario Bolivariano y Sanmartiniano. Presentes e integrados en un nuevo horizonte que construya sobre lo avanzado. Recordando aquel llamado a la unidad hecho por Martí para combatir el creciente flagelo imperialista norteamericano sobre toda nuestra América. Abrazando aquellos programas de lucha, y cuidando los nuevos retoños de esperanza que pronto germinarán, sin dejar de reconocer nuestras limitaciones, la que nos impiden articular una acción política común.
Porque en muchos casos se confunde el antagonismo político con la asunción de una serie de principios formales, vacíos y defendidos a ultranza de una manera cuasi mística, contra toda forma de “impureza”. Una suerte de inclinación a refugiarse en las identidades particulares y, por otro lado, despreciar todo tipo de esfuerzo por pensar en términos teóricos la situación actual. Cuestión que nos ha puesto, muchas veces, a merced de la ideología dominante, despreciando toda otra ideología alternativa. Dando paso a políticas que nos llevan a una sensación de derrota y resignación permanentes, producidas por la ilusión de la posibilidad de una cuasi autonomía absoluta. Una triste imitación del sentido liberal de autonomía, que se ha traducido en posiciones parceladas e individualistas, no practicando ni pensando propuestas políticas universalizables para las mayorías.
Porque otro mundo es necesario… Aunque nos repitan que es imposible, la única opción realista es comenzar a volverlo posible.