Por Ivana Zacharski

Antes de comenzar este encierro – pandemia entre otras cosas diseñaba en mi cabeza un Teatrito en Caminito, en La Boca (mi barrio) al aire libre. Quise tramitar un puesto para artesanías que «presta» el gobierno de la ciudad los días de feria, poder cubrirlo con telas para armar así una especie de caja negra y allí dentro llevaría a cabo obras breves rotativas. 

Entré a la página web donde se gestiona la cosa, y al intentar inscribirme observo el listado de rubros: orfebrería, muñecos, vitraux, cerámica, etc, etc, etc….. Pero el teatro no está, no figura en las opciones para clickear y así continuar el pedido. Claro ¿A quién se le puede ocurrir que el teatro es una artesanía? 

Además de tener que encajar en unos de esos ítems, otro filtro para obtener el puesto era explicar ante autoridad competente cómo se realizaba aquello a exhibir en el puesto. Resumo lo que hubiera dicho citando al poeta y actor Antoine Artaud:

«Una sensación de quemadura ácida en los miembros, los músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un inconciente desarreglo al andar, en los gestos, en los movimientos. Y una voluntad tendida en perpetuidad para lo más simple, una fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer, una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconcientemente a cualquier cosa, sostenida por una voluntad aplicada. Una fatiga de principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento doloroso, de entorpecimiento localizado en la piel, que no prohíbe ningún movimiento, pero que cambia el sentimiento interno de un miembro, y a la simple posición vertical le otorga el premio de un esfuerzo victorioso.»

(Descripción de un estado físico) A. Artaud.                                                                               

El teatro en su afán de cacería trae fragmentos del futuro, del pasado y crea presente. Hoy la operación teatral (ensayos y funciones) se encuentra detenida, y asoma la pregunta ¿qué late en esta detención? 

Para mí, la sustracción de los elementos de poder en tanto que la fuerza creadora está en los cuerpos y en las voces de las actrices y actores y no en quienes detentan el poder de las instituciones teatrales. Entonces siento la liberación de esa fuerza, cuya función principal es sondear identidad, averiguar ¿Quiénes somos? ¿Dónde estamos? ¿Qué estamos haciendo? Lo siento en las ollas compartidas, en los fuegos, en los libros que circulan, en las voces que se alzan. Rituales colectivos sin demarcación entre público y actores. 

Lo colectivo se hace presente porque observar al que está al lado es vital. Me aventuro a pensar que vamos de nuevo al origen de nuestra teatralidad, al Circo Criollo, carpas al aire libre y a sacudirnos la colonización cultural. 

Lo otro que late es la desocupación. Dar clases y actuar se volvió imposible, entonces tácitamente se nos dice, a quienes hacemos “cosas lindas para entretener” como dijera el presidente haciendo evidente la nulidad que significa la actividad cultural independiente para el gobierno, que redireccionemos nuestras vidas hacia otra actividad, hecho que en medio de una crisis tan compleja, resulta una misión extremadamente difícil sino imposible. 

El reclamo es en varios niveles, por un lado políticas públicas para paliar esta situación a nivel nacional y por el otro, puntualmente, pensar en el después. ¿Qué va a pasar con los espacios culturales que no están generando ingresos por el cese de la actividad y se están endeudando? El gobierno de la ciudad tiene una tendencia histórica a ir contra los espacios culturales. ¿Quién contiene la vida de las personas que no pudieron adaptarse al uso de la tecnología para dar clases y también se están endeudando? ¿Hasta qué punto vamos a tolerar la invisibilización del trabajo artístico y su relevancia? ¿Vamos a seguir soportando estos peligrosos mensajes constructores de sentido sobre la relatividad de nuestra función social?

Sólo tengo preguntas, sospechas y unas ganas tremendas de que nuestra artesanía, la de los y las trabajadoras independientes de la cultura, tenga un lugar. 

4 comentarios en «EFECTO DE DISTANCIAMIENTO»
  1. Pareciera que la estrategia es que guardemos silencio y así invisibilizar el dolor de un pueblo que esta sufriendo y que sus necesidades no se estan cubriendo

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