Por Alienbuscaalien

Finalmente, el sistema Capitalista muestra sus verdaderos colores, sólo hacía falta una pandemia global sin precedentes para que aparezcan.

O quizás, los colores siempre estuvieron ahí, pero jamás los pudimos ver. Quizás, el proceso de mirar y el de observar sean dos cosas muy diferentes. Pero lo que queda claro, es que el Coronavirus no es la llegada de ese gran revuelo de nuevas formas de unión. “Bifo” Berardi dice que “la igualdad ha vuelto al centro de la escena”, pero la igualdad es un borramiento siniestro.

Hoy en día, en Irán, muere una persona cada 10 minutos por la propagación del COVID-19[1], pero aún así, no hay hastags de #prayforIran, y no se comparten melancólicos y simpáticos videos de Iraníes tocando canciones típicas en conjunto desde sus balcones. Se insta a respetar la cuarentena cómo regla oficial y quién la rompe es un basura, pero… ¿Y quienes no pueden cumplirla? La igualdad, cómo concepto, se moldea en torno a la idea de que los demás son iguales A MI.

Si el virus preocupa y abre discursos de solidaridad y de empatía, es principalmente porque ahora somos todes iguales por que todes se ven afectados al igual que YO. Preocupaciones financieras, falta de trabajo, preocupación por el dinero que está en el banco y un posible lock-out (estrategia: corrida bancaria. Eso siempre funciona), falta de alimento y papel higiénico, quedarse varado en el exterior o no poder viajar.

Según organismos internacionales avocados a los derechos humanos, este es el año en que los palestinos que actualmente viven encerrados en la Franja de Gaza (alrededor de 2 millones de habitantes) finalmente se quedarán sin suministro de agua potable. El 50% de las personas están completamente desempleadas, y el 70% depende de la ayuda humanitaria para sobrevivir. Hablemos de desabastecimiento…

¿Otres iguales que sufren el desabastecimiento? Los iraníes. A partir de sus no-tan-buenas relaciones con Estados Unidos, Irán (al igual que Venezuela, o Cuba, o todos aquellos territorios que se oponen a les amigues yankees) vive un fuerte desabastecimiento de medicinas e insumos básicos, entre otros, debido a sanciones comerciales establecidas por el gigante del norte. Aunque “la ayuda humanitaria” técnicamente no debería ser fruto de sanciones, lo es.

O más cercano, podemos pensar el desabastecimiento de medicamentos de aquellos pacientes que conviven con el virus del VIH. Otra faltante son los cupos laborales para las personas trans.

Si hablamos de solidariedad global, hablemos de la plaga de langostas que azota desde finales del 2019, mucho antes del Coronavirus, todo el continente africano. En Abril se espera que las mismas se reproduzcan y para Junio terminen de dar cierre a una de las mayores catástrofes ambientales de la región. Se presume que la ya existente crisis alimentaria en África se extienda a 20 millones de personas más, territorios donde gran parte de la población depende de la agricultura.

El abuso de los formadores de precio en momentos de crisis, y el aprovechamiento sanguinario de la situación pandémica mundial ofende mucho, pero no tanto cómo la disrupción que generó el establecimiento de la Quinoa cómo súper-alimento y abrió paso al grano dentro del mercado mundial (especialmente de aquellos países que ostentan las mejores calidades de vida y con dinero suficiente para pagar diez veces más de lo que se pagaba en el mercado interno), estableciendo su precio muy por encima de lo habitual y dejando a miles de personas en Bolivia sin acceso al alimento y generando una crisis en los agricultores que cosechaban tradicionalmente este alimento.

Porque la cuestión de fondo es que el sistema está mal. Todo el sistema. Y aunque ahora el virulento avance de esta pandemia pone de relieve estructuras fallidas, mantenerse al tanto de las noticias globales no es realmente una actividad que le interese a nadie. Entender las realidades políticas, sociales, económicas y demás de los países, poblaciones y etnias que viven pandemias constantes, desastres naturales constantes, hambre constante, pobreza constante, desabastecimiento constante, dolor constante exige trabajo. Exige compromiso. Exige deseo de cambio. Exige no sólo re-evaluar privilegios, si no también cuestionarnos nuestro papel, nuestras ideologías, todos aquellos preceptos legitimados históricamente que mantienen constantemente nuestras formas de vida y existencias capitalistas.

El Coronavirus no va a cambiar nada de eso. Lo mismo se dijo con la Crisis del 2008. Lo mismo se dijo tantas veces, pero la cuestión de fondo es entender que nuestras formas de vida, de relación, de percepción, de intercambio están atravesadas por todo eso que no queremos dejar ir. Los lujos, los placeres, los streamings constantes, los recitales, la farándula, el consumo, las vacaciones, el goce. La actividad masturbatoria del goce consumista.

No se puede comprar el cambio. No se puede comprar productos más ecológicos, más verdes, más feministas, más “igualitarios”. No se puede hablar de igualdad; de pensar la igualdad, de construir igualdad, porque en el fondo el Coronavirus no denota nuestro deseo no resuelto de unirnos, sino nuestro miedo por nosotres mismes, y nuestros allegados. Por lo que el virus, el aislamiento y la cuarentena pueden significar en nuestra vida.

Cuando decimos que nosotres “sólo vemos gente” no nos acercamos a una equidad, a una igualdad; hacemos un borramiento de las identidades. Deberíamos ver colores, géneros, clases sociales. Deberíamos ver todo eso que compone la realidad del otro, porque si no vemos las diferencias, no podemos ver que tan diferente se vive en otros lugares.

El sistema Capitalista no muestra ahora sus verdaderos colores sino que el Coronavirus pone de relieve que la falsa homogeneidad y estabilidad de la “clase media” sigue atada al capital privado, tanto o más que las comunidades más empobrecidas y las clases obreras. Bienvenido al Capitalismo, finalmente te enterás que formabas parte. Pronto se pasa, sólo hay que esperar a la vacuna.


[1] Esta nota fue escrita el 20 de Marzo

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