Por Nico Fernández

Comienzo estas reflexiones con mucho entusiasmo, sobre todo por tratarse del análisis de un aspecto central que nos ha preocupado a lo largo de la historia reciente de nuestra especie humana, el cuerpo. Concebido (por lo menos en la cultura occidental) desde la antigua Grecia de forma dualista, psyche – materialidad o alma y cuerpo, dicotomía sobre lo constituyente y su esencia. Pero además me urge agregarle una dimensión más específica, la de los “quehaceres” motrices, la cultura del movimiento.

Analizar esta cuestión, cuanto menos es interesante. La primer arista del meollo tiene que ver con la discusión no saldada que aún pulula por el ámbito académico, y a través del imaginario colectivo (esta suerte de sentido común que interactúa y le da sentido a la mayoría de nuestras prácticas, incluidas las funciones que propongo llamar supra físicas), sobre el cuerpo y el movimiento.

Antes de abordar a fondo tales menesteres y para que podamos entender un poco mejor todo esto, me gustaría introducirles en algunas cuestiones que, como decía antes es un territorio aún en disputa y como decía Jeffrey Alexander a lo largo del planteo de una nueva forma de hacer sociología: “la acción (social) es [algo así como] el movimiento de personas concretas, que viven y respiran a medida que se abren camino a través del tiempo y el espacio”. Por lo que podríamos decir claramente, que de esa manera conocen, a través y a partir de la que me inclino a definir como praxis. De esa manera construimos nuevo conocimiento y nuevos significantes.

Para ello es interesante traer también a la reflexión el pensamiento de Antonio Gramsci que nos ha legado un mapa conceptual sobre los tipos de conocimiento. La ideología como concepto, que para él tiene una historicidad y demuestra no escapar de su origen en lo sensitivo; es precisamente “reflejo de la praxis”, una filosofía de la praxis que busca dar vuelta la dialéctica (que enfocaba el plano de las ideas como el de las causas primeras). Además claro, demostrar con esto una secuencia de niveles del conocimiento y por tanto de ideología.

La filosofía en primer lugar, en torno a los grupos sociales con real capacidad de ejercerla y de producir nuevos “saberes”, como forma de conocimiento más acabada y dominante de todos los demás niveles. Y por debajo, el sentido común como torrente obligado depositario de todos los afluentes filosóficos, en el cual los grupos que generan las ideas dominantes de su tiempo bajan su cosmovisión, para determinar y sustentar las prácticas sociales generales; un tipo de conocimiento menos crítico y poco puesto en cuestión ya que su funcionalidad tiene que ver con operativizar las relaciones sociales de forma cuasi automática, pero además sustentar la hegemonía de los grupos sociales más favorecidos material y simbólicamente hablando, solidificando el orden de las cosas y retratándolo de natural. Y por último, un tipo de conocimiento aún más rudimentario y del orden de lo folklórico, muy ligado a los grupos que Gramsci llamó instrumentales, que poseen una función social y una situación material instrumental y meramente praxiológica; transmitido de forma directa y que, a la vez, esta irrigado en mayor y menor medida por los otros tipos de conocimiento.

Dicho esto, lo que ocupa nuestra reflexión principal es esta discusión NO saldada sobre el cuerpo y su cultura. Las ideas que la expresión corporal como campo disciplinar transversal, extiende sobre el manto de la cultura física: pensar al cuerpo como instrumento, al decir que “habilita la posibilidad de comunicar y manifestar tal como se es y, a través del cuerpo”, son una cuestión no menor. Desde allí surgen cuestiones dialécticas de todo tipo.

“Todo lo que existe, existe por oposición” decía Friedrich Hegel, algo es (por el hecho de ser razonable) porque existe su negativo; entonces, si pensamos al cuerpo de esa manera debemos pensar además, que ese cuerpo instrumento nos permite comprender “el ser y el hacer”. Nos permite, a través de la praxis, el poder transformar y el poder significar, que seguramente nos conduzca a construir nuevos conocimientos.

De lo que se trata aquí es de invertir la noción “lenguaje – cultura – ideología – símbolo” como razón de ser de las prácticas y de la cultura del movimiento, para pensar dicha noción como deudora de la práctica que, con su función primaria de transformación de la materia y sus fenómenos (simbología, cultura, lenguaje), opera como estructuradora. 

Un opuesto a través del cual existir (en esta suerte dialéctica), en el caso del cuerpo instrumento es el cuerpo como fin en sí mismo, y esta especie de visión enfocada en el cuerpo y su culto. De esto ha hecho gala Grecia antigua, en la formación por y para el cuerpo y su desarrollo sin más fines aparentes que los dominios de éste, un contraste de ello fue la formación romana que tenía fines bien marcados, militares y políticos. Hoy día, vemos surgir prácticas motrices que parecieran sucederse por y para el cuerpo, junto con la alimentación de imágenes socialmente legitimadas como válidas y estéticas. Por lo que cabe preguntarse si estamos ante una cultura con fin en sí misma o esto no es más que una falacia, porque al fin y al cabo tiene objetivos determinados. Cuestión que nos hace pensar en los paidotribes, aquellos trituradores (tribo) de niños (paidon) en la palestra (lugar de ejercitaciones) y su enseñanza – aprendizaje integral que forjaba el “carácter” de estudiantes que en definitiva se iban a preparar para gobernar la polis.

No deja de llamar la atención el contenido connotativo de estas prácticas retrayentes y ensimismantes de la cultura física, que comienzan a fines del siglo XX, y que son rastreables hasta en los códigos ideológicos de un pensamiento surgido en los albores de las revoluciones inglesas del siglo XVII, para legitimar las relaciones sociales que fueron necesarias en tanto la burguesía naciente de Europa, tuvo que comenzar a ejercer su dominación de clase. Esta idea del “individuo” y sus compartimientos estancos en lo social, un aislamiento que quedara fijado en la declaración de los Derechos Humanos de la Revolución Francesa; libertad, igualdad, seguridad, fraternidad, etc. Y que en el sentido común permanece con pocas modificaciones en nuestras sociedades actuales (que fueron copiando este modelo de organización política de bandera republicana): “Tus derechos y límites, terminan donde empiezan los míos”. Una clara delimitación no solo de los derechos sino de una clara separación entre los sujetos sociales, un parcelamiento que permitiese sin dificultades la propiedad privada y su monopolio; pero que en términos simbólicos demarcase un espacio individual que moldeara las relaciones sociales y la división internacional del trabajo en una nueva economía política.

Esta misma está directamente ligada con las prácticas corporales, sabido es (como para nombrar tan solo un ejemplo) la difusión social de los “sports” en la Europa de la Revolución Industrial. La apropiación de las clases instrumentales de dispositivos reproductores de patrones de movimiento legitimados por la burguesía industrial, estéticamente técnicos, higiénicos, pero sobre todo disciplinarios que, como demuestra Gramsci en el mapa conceptual sobre la ideología, se diseminaban aspersivamente por todo el pueblo trabajador y sumaba a otros dispositivos, con el fin de lograr una clase obrera física y moralmente determinada.

Volviendo a las prácticas que parecen sin éxito, hoy día, ser en sí mismas fines y el concepto de cuerpo como fin en sí mismo. Los conceptos fitness, salud, jogging, running, etc. Y su trasfondo que aparece cubierto por una cáscara de salubridad y bienestar -en aquella época del siglo XX cuando aparecen estas nuevas formas mientras en el mundo comenzaba el desarme de los Estados de Bienestar de la mano del neoliberalismo- una capa de contenido estético y del ideal de belleza (que en algún momento tuvo como modelo cuerpos regordetes como se veía en los cuadros del renacimiento); otra capa de mercadeo intensivo y comercialización del deporte; y por último, una actividad física no demasiado reglada. Enmascarando formas inconclusas o imágenes esbozadas y egoístas de un cuerpo aislado que cada cual construye en soledad o más bien, por su propio esfuerzo y mérito. Aunque en cierta medida, tales imágenes inconclusas poseen compartimentos vacíos de ideología, son algo así como modelos a los cuales cada sociedad les pone su propia impronta según las condiciones puntuales y coyunturales socio políticas – económicas. Pero que en general tienden a responder a las necesidades de producción y reproducción de los modos de vida y subsistencia.

Es por ello que en este seudo paradigma encontramos la satisfacción de la veleidad, de la inseguridad o incertidumbre del “sentirse bien” y “estar bien” con uno mismo y con su cuerpo, de “tener el cuerpo en armonía”; negando en primer lugar lo humano del conflicto y la tensión, la disputa no solo con el entorno sino en términos políticos también. Normalizando las condiciones estructurales del entorno que son indefectiblemente de desequilibrio y desigualdad, hacia “adentro” o por dentro, tratando de que las batallas en pos de esa supuesta armonía se produzcan puertas adentro y no en interacción, disputa y/o cooperación con los demás cuerpos, negando de alguna manera la política.

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