Propongo que empecemos por tener en cuenta lo que algunos llamamos “saberes corporales”, y la pertinencia de los trabajos de investigación sobre la educación del cuerpo1. Al mencionarlo, e incluso, plantear nuevas definiciones y delimitaciones, podemos pensar nuevas perspectivas de conocimiento más fácilmente transmisibles al quehacer cotidiano. Porque pensar las prácticas corporales como un objeto de enseñanza, nos abre sinfines de posibilidades para la expresión corporal. Es abordar las causas y no sus efectos, reconocer el factor detrás de cada expresión y pensar nuestro cuerpo en movimiento y, a la vez, contextualizado, en lugar de particionado.  

No quiero ahondar en detalles respecto a estos trabajos por demás interesantes, Pero cabe destacar lo evidente que resulta para el ojo crítico y reflexivo esta cuestión condicionante y permeable a resignificaciones en cada contexto, sobre todo si se presenta anidando prácticas democráticas e inclusivas. Pero de lo que se trata no es tanto de “entender sino de transformar”2 y es en este sendero, en el que se desarrollan las prácticas corporales (expresivas en general), prácticas que desde el “hacer” gestan nuevo significado. Sin olvidar que también son deudoras de contenido simbólico de las ideas y acciones de la ideología dominante, pero que en la nueva práctica creadora y en ambientes adecuados y participativos -colectivamente- se tallan los saberes que van a nutrir a las nuevas generaciones, a los y las “sujetos y sujetas” sociales que habiten nuestra Patria latinoamericana.

Como nos mostrara el constructivismo3 alguna vez, hablamos de la “deuda” que tiene la inteligencia con lo sensorio, lo perceptivo, con lo motor y lo histórico – social. Aquí subyace un problema, del que ya hemos reflexionado, el espacio intracorporal. Las limitaciones que, en mi opinión, tienen las perspectivas – como las que aparecen en muchas currículas educativas- en torno a la conciencia corporal son para destacar. En primer lugar, hacen referencia a un cuerpo en soledad, individualizado y escindido de lo único que quizás podemos tildar de “natural”, su función social. Al hablar de procesos “intra” corporales, abrimos el juego para pensar fenómenos propios, personales y originales que tienen que ver con una concepción de la que ya también hemos hablado anteriormente. Y las problemáticas de aquello, están a la vista, primero por esta cuestión de diversificar desmedidamente las “verdades” (algo así como la vieja frase “cada maestro con su libro”), que bien nos haría pensar entonces ¿Para qué debemos hacer ciencia de lo motor o de todo lo concerniente a los saberes corporales y expresivos? Pero, además, porque la falta de una homologación en determinadas cuestiones o la concepción de “mundos propios” y fenómenos particulares dentro de cada quien, no hace más que evitar tratar de frente con la raíz del meollo (social). Sin embargo, sabemos que los procesos de conciencia corporal son parte de una conciencia colectiva de la que se nutre y, por la cual o a través de la cual experimenta “lo propio”, vivencia sus imágenes y acciona con sus esquemas corporales.

En segundo lugar, el mismo paradigma (psicomotriz) que propuso tal énfasis en la conciencia del cuerpo, pertenece a una corriente que, desde siempre, reconoció que “toda psicología individual es ante todo una psicología social4, por lo cual debemos desacralizar toda esta “sabiduría liberal” de poner énfasis en estos fenómenos ego-ístas, y trasladar la atención a lo que acontece con nuestras conciencias corporales en el espacio público, como resultado del encuentro político con les demás y en la interacción de cada quien con la conciencia general. 

Pensemos nuevamente en esto de las posibilidades y oportunidades, ahí aparece flotando el problema y lo podemos ver claramente:

¿Qué posibilidades hay de colaborar para construir herramientas de resignificación y nuevas prácticas para el auto reconocimiento y propiocepción, en contextos de deprivación y aislamiento o de desubjetivación5, si no se trastocan las causas? ¿Si no intervenimos sobre los ámbitos que posibilitan nuestra vida y los fenómenos de conciencia colectiva que actúan sobre cómo nos pensamos y nos vemos?

En definitiva, toda percepción sensoria o propiocepción se ocupa de receptar y procesar -para generar distintos pensamientos, emociones o reacciones- estímulos del entorno, y lo que cada quien haga con ello también va a depender de la estimulación en ese plano público. La educación, en general, depende no del espacio “intracorporal” sino de los procesos que posibilitan ese espacio, al que se ha pretendido poner de relieve con el avance de las lógicas de minorías y la exacerbación del mundo privado y personal. 

Pero ¿Qué le pedimos a cada estudiante, a cada hijo o hija cuando le pedimos que indague en su conciencia corporal, incitando a encontrarse con sensaciones o estadios de su corporeidad? 

Ni más ni menos que encontrarse con lo poco o mucho que aprendió de la cultura humana dominante, con el “barro” que lo ayuda a pensarse y pensar su entorno, a responder corporalmente en determinadas ocasiones. Y ¿Qué tal si eso lo predispone a reproducir aún más su situación de exclusión?

¿Qué lograremos con reducir la tarea al ámbito interno? Si no podemos generar las condiciones que alberguen las herramientas para ejercer un cambio en las condiciones, que permitieron a cada cual NO concebirse parte de ese “todo”, de lo humano, de las relaciones que nos atraviesan. Ya es hora de desatar el embate contra las ideas que son resultado de las prácticas de pocos; porque un cuerpo que se piensa despolitizado (no como parte de una interacción social y de conflictos), un cuerpo que vive a través de su propio sentir y obrar, es un cuerpo relegado a no tomar parte de lo único que posee (con “suerte”), su propio cuerpo, y a no ser parte de lo trascendental, de la cultura humana. 

Es menester traspasar estos paradigmas, que hoy (como ayer) no son capaces de responder a las exigencias históricas de un momento tan particular como éste. No sólo respecto a la pandemia y la vida actuales, transversalizadas por los medios virtuales, sino para con las situaciones desmedidamente exacerbadas de exclusión a nivel global. Porque “trabajar” para poner de relieve el espacio corporal propio en condiciones de aislamiento (por el covid, y también debido al aislamiento de millones de sus medios de subsistencia y la lógica de minorías sobre los intereses de las mayorías), es escasamente transformador. Un ejemplo de ello lo podemos ver a la hora de darle significado a lo ejecutado con nuestros propios cuerpos y la imposibilidad de contar con las respuestas de los otros cuerpos. Entonces ¿Qué tipo de saberes habremos “internalizado”? ¿Nos servirán para las futuras exigencias de nuestras sociedades?

Sencillamente habremos ampliado corporalmente prácticas individuales que giran en torno a la seudo particularidad “original” y “única” que dicen, ciertos postulados, tenemos los y las seres humanos/as. Bueno, permítanme disentir con estos conceptos de originalidad, unicidad e “irrepetibilidad” (principales rastros de la cultura de lo individual). No me quiero desviar del tema, pero tiene sentido relacionarlos con la intencionalidad de enfatizar en los fenómenos de la conciencia corporal.

Si pensamos que necesitamos permeabilizar la realidad para la construcción de saberes colectivos, que nos representen a todos y todas, que sean accesibles y que, además, sean transferibles al hecho educativo y familiar para aspirar a una sociedad más inclusiva y justa; debemos “tomar partido” tanto por la educación pública (en el sentido más amplio del término), como por las prácticas corporales que abarquen toda la dimensión humana. A la conciencia corporal, como así también los procesos de la cual ésta se nutre. Y pensar que hay objetividad más allá de las subjetividades, que hay un y una otra y otro, más materialidad, más expresiones que todo el tiempo actúan subjetivando. De modo que al lenguaje lo transformen las prácticas, porque al revés, la historia ha demostrado que no sucede. 

¿En qué medida podemos plantear situaciones de libertad al momento de plantear entornos democráticos? 

Lo cierto es que el expresionismo, tuvo que luchar arduamente contra toda esta problemática de ver reflejado en sus prácticas todas sus máximas, en torno a la famosa “libertad de movimiento”. Más aún cuando (y esto no ha cambiado demasiado) todo está enmarcado en sociedades que dependen enteramente de sus estructuras y relaciones sociales, y en las que sus habitantes (con oportunidad para dichas prácticas) no sólo que son pensados, sino que también son el resultado de la praxiología motriz predominante. En la actualidad estas propuestas siguen siendo dirigidas por condicionantes externos y/o “direccionamientos educativos” en general. Las instrucciones, aunque generalmente son abiertas, contienen una transferencia directiva muy marcadas para buscar indagar en los aspectos volitivos – emocionales de las personas, para desde allí motivar la producción de expresiones “originales”.

Por lo cual es interesante pensar (teniendo en cuenta las consignas basadas en conceptos o ideas), si hay movimientos o acciones que no se basen en algún precepto simbólico o idea (dejando de lado claro, los que son involuntarios). Y analizar lo que en anteriores ocasiones hemos dicho, sobre las causas de la ideología y todo el funcionar emocional, así como los procesos subjetivos en general. No obstante, las indagaciones históricas sobre las demandas coyunturales en cada ambiente de desarrollo, han generado más y nuevas perspectivas y es aquí donde nos encontramos con la riqueza de tales “exploraciones”, en el espacio social. Una forma de conjugar al cuerpo en movimiento y en democracia expresiva, los fenómenos de una materia que danza, pero que también es hija de su tiempo y espacio, difícil de aprisionar y a la vez reglada por la cultura dominante. Muchas veces folklórica y meramente instrumental en la cual el nivel de lo simbólico está tan acotado, que la práctica corporal se convierte en una ley irrefutable.

1 “Educación Física 5”, equipo docente de investigación de la UNLP.

2 Marx, K. (1845). Tesis sobre Feurbach. Editorial Progreso, Moscú 1973, tomo 1, páginas 7-10 y 547.

3 La equilibración de las estructuras cognitivas. Problema central del desarrollo. Jean Piaget. Editorial Siglo XXI de España. 2012. 3ª edición.

4 FREUD, S. (1921) Psicología de las masas y análisis del yo. En Obras Completas. Bs. As.: Amorrortu editores. Tomo XVIII. 1976.

5 WINNICOTT, D. W. 1984. Privação e delinquência. São Paulo: Martins Fontes, 2005.

DUSCHATZKY Silvia y COREA Cristina (2002) Chicos en banda. Los caminos de la subjetividad en el declive de las instituciones. Editorial Paidós, Buenos Aires.

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