Por Mora Grinblat

¿Hasta cuándo tengo que dejar que se ventile la ropa que usé para salir a la calle? ¿Me puedo poner mi remera preferida para andar por mi casa? ¿Yo también puedo llamar al presidente para preguntarle si comí bien hoy? ¿Qué es el cuidado?

Tengo las manos un poco secas de tanto pasarles detergente, jabón, alcohol.  El frío no llega aún, pero…

¿Te imaginás cuando quieras tocar a alguien y sentir su respiración, pero automáticamente pienses en el peligro?

Acá y en muchos edificios la gente parece hasta contenta, por fin les pasa algo de verdad, por fin son protagonistas y hasta tienen una función social: cumplir la cuarentena a rajatabla y denunciar a quienes no lo hacen. ¿Eso es el cuidado?

Criticar, señalar y tener miedo de la persona que podría ser agente de contagio. Pedir a las autoridades medidas más firmes, sentirse parte del sector “responsable” de la sociedad que cumple y hace cumplir. Si lo pensamos con un poco de lógica, cualquiera de los que señala podría ser el agente “contagiante”. 

Estamos ante una situación difícil que exacerba el deseo de control, de sentirse a salvo y de culpar a alguien del peligro.  ¿Hay un culpable?

De nuevo: ¿qué es el cuidado?, ¿tienen la culpa mis vecinos por, valga la redundancia, buscar un culpable? Muchas preguntas en este panorama incierto.

Mientras una parte de la población pide mano dura y experimenta el morboso placer de la delación, a otros esta situación les pega desde la defensa de sus libertades individuales. Repiten (como si este control recién hubiese empezado como un producto del virus) que el poder nos quiere mantener anestesiados y está en la búsqueda de un orden social con el cual dominarnos desde el miedo.

Se sienten víctimas por no poder seguir con sus vidas cotidianas. Consumen teorías conspiranoicas que simplifican todo y quieren combatir al «enemigo» rebelándose en las redes. Parece ser el escape para muchos, que no soportan la idea de darse cuenta que no son tan libres como creían. Lo curioso (o no) es que estas personas también se sienten parte del sector que tiene la posta y acusan de dócil a cualquiera que tenga miedo al contagio.

Cada quien encuentra el salvavidas que puede en este tsunami que arremete contra la cotidaneidad. A mi entender, en ninguna de las dos posturas hay una posibilidad de contemplar la existencia del otro; ni de dar el salto hacia una actitud más solidaria. Sólo fórmulas de escape que no nos pueden llevar muy lejos.

La verdad es que (en mayor o menor medida) todas y todos nos sentimos un poco mal. Si hay algo en lo que seguramente una gran parte estará de acuerdo, es en que hubiera querido que esto no pase. Basta mirar a quien está al lado, para ver que está pasándola igual o peor que yo. 

Sin embargo, quedarse en casa no es lo mismo para todos. La brecha de las desigualdades se ensancha, el aislamiento, en este caso físico, desnuda el individualismo en el que ya vivíamos.

El capitalismo viene implementando desde hace mucho su política de dejar morir a quien considera descartable.  La soledad, el trabajar por el bien personal, es una propuesta que cada vez tiene más prensa en este orden de cosas. Y el auge de los dispositivos tecnológicos nos viene preparando hace años para reemplazar lo analógico por lo virtual. El panorama es duro, nada parecería asegurarnos que de esta vayamos a salir airosos.

Algunos tenemos el privilegio de estar en nuestras casas pensando y discutiendo, con internet, comida, ducha caliente; igual nos quejamos…

  Mientras la vida pasa y los acontecimientos continúan sucediendo.  Para las personas que viven el día a día, para quienes están en los barrios sin redes de agua corriente, para las mujeres y los pibes que viven con maridos o padres violentos la realidad es aún mucho peor. Aunque la bajada mediática busque transmitir que somos un equipo para vencer al virus, sabemos muy bien que la situación no es la misma para todas ni para todos.

 “Yo me quedo en casa y hago tortas, yoga, pinto, escribo, leo”. Allí aparecen los imperativos de ser felices y productivos. Pero, ¿qué subyace a esto? No sólo que tenemos que hacernos cargo individualmente de sostener una crisis, que no es más que el paroxismo de la explotación que venimos sufriendo hace años, sino que, además, debemos hacerlo con gusto y alegría.

Yo también me quejo, me reconozco ofendida, me pregunto mil veces ¿por qué estoy encerrada, si no hice nada? ¿quién tiene la culpa?  ¿estamos pagando los platos rotos de una fiesta a la que no fuimos invitados?

No es mi idea en este texto cuestionar la medida del aislamiento, pero sí me parece importante destejer la madeja de discursos que circulan, para poder ubicarnos en otra perspectiva. Pensar en cómo podemos corrernos del círculo vicioso de ser culpables/víctimas y héroes que llevan el aislamiento con alegría.

Yo por mi parte no quiero ser ninguna de esas cosas, porque todas esas son categorías a las que se llega solo o sola. Y me parece que, si algo bueno podemos sacar de todo esto, es que de nada se sale en soledad. Lo mismo quienes se sienten salvando al mundo por quedarse en su casa, como quienes se sienten viviendo en carne propia una novela distópica de extremo control social, se están perdiendo una parte.

Ahora, si no queremos ser responsables heroicos, ni culpables, ni víctimas, ¿cómo pensamos la situación?

No sé cómo se desarrolló el virus, ni me creo capaz de averiguarlo. Lo que sí podría arriesgarme a decir es que, si hay una responsabilidad, lo es de este sistema social extractivista, que privilegia las ganancias por sobre el buen vivir de todos quienes habitamos el planeta.

Más allá de que haya sido creado a propósito o cualquiera de las teorías que circulan, no hay chance de que haya otro responsable. Sin ir más lejos en los países donde el sistema de salud público está funcionando adecuadamente, los contagios son mucho menores. El imponderable que irrumpe en la aparente normalidad podría haber sido este o cualquier otro. De hecho, ocurren constantemente, aunque no tengan la prensa que tiene esta pandemia.

Si todos somos igual de responsables de no contagiar a otros, evidentemente no estamos viendo las causas de cómo se llegó hasta acá. Parece que es fácil jugar AHORA todas y todos para el mismo equipo para vencer un virus, pero no parece haber la misma disposición para entender que esto no es una casualidad.

Cuando se refuerza la idea de responsabilidad individual, aparece la oposición con quien supuestamente no está a la altura de las circunstancias. «Yo soy muy responsable» significaría que hay otro que no lo es.

Tenemos el caldo de cultivo perfecto para la delación y el estigma. Aparece el boom de denunciar al vecino, impedirle a circulación al médico que vive en el edificio, gritar bien fuerte que el que no se queda en su casa es un pelotudo. Pero, ¿no jugábamos para el mismo equipo? ¿Por qué nos acusamos entre nosotros?

El imperativo de ser responsable, cuidadoso y encima feliz, no cierra por ningún lado. En las redes sociales aparecen las demostraciones compulsivas de: «lo bien que la paso en la cuartentena». Ojo no juzgo a quienes lo hacen, más allá de la obviedad ya señalada de la falta de conciencia de los privilegios; como si hubiese una competencia de quién tiene mayor capacidad para tolerar el malestar.

Por otro lado, quienes se sienten presos de un poder mundial unificado que “inventó un virus” para coartar sus libertades individuales, impulsan una especie de furia contra cualquiera que no abone a sus teorías. O sea, el otro es débil, dominado, no está preparado para entender la realidad. Aunque sabemos que esta propuesta tampoco ofrece nada nuevo. No es más que otra expresión del querer salvarse individualmente y sentirse omnipotente.

¿Qué hacemos a todo esto? ¿Qué vienen a proponer estas palabras además de analizar las posturas ajenas?

Si acordamos en que esta pandemia es el resultado de la hiperexplotación capitalista de los recursos del planeta (incluidas las personas), podemos empezar por entender que es eso lo que hay que cuestionar. No a tu vecino que sale a la calle, ni tampoco juzgar a tu amigo que tiene mucho miedo de contagiarse. 

El enemigo entonces, no es otro que el capitalismo. Y no es un enemigo nuevo, es el causante de un aislamiento muy anterior a este: el que socavó los lazos de lo comunal, privatizó cada vez más las vidas, confinó a las mujeres en las casas para reproducir la fuerza de trabajo (sosteniéndose en la familia nuclear cerrada en sí misma).

El aislamiento ya existía, es el sálvese quien pueda en el que vivimos la mayoría de las personas desde hace siglos. Es haber desarrollado la aterradora y tan normal capacidad de pasar al lado de una persona que duerme en la calle y seguir caminando. O de ver una escena de violencia machista y no preguntar a la víctima si necesita ayuda. La pandemia lo deja más al descubierto.

Concluir este texto apelando a la solidaridad y a la acción colectiva, tal vez sea un poco cliché y simple. Pero no encuentro otra opción. La única forma de no participar del círculo, de ser dóciles que delatamos en nombre del «bien común», o ser caprichosos defensores de las libertades individuales, es pensarnos en comunidad y actuar en consonancia con eso.

La única estrategia que se me ocurre es la desnaturalización de la injusticia, pero sin que nos lleve al pesimismo. Si el futuro está un poco nublado, tenemos el potencial de transformarlo. El cuidado empieza por la sensibilidad de conmovernos ante lo frágil, por la dedicación de regar lo que crece. Por aportar algo para transformar la incertidumbre en organización. Si todo esto sirve, aunque sea un poquito para eso, no habremos soportado en vano.

3 comentarios en «El encierro está encantador»
  1. Sí. Me parece que hay que denaturalizar lo que parece obvio. Nadie sabe lo que viene después de la.pandemia. Está bueno estar atento a lo que va apareciendo. Ni distopía ni utopia

  2. La idea de la lucha para salir del sistema es una ilusión que habita en la cabeza de muchas personas desde siempre. ¿ como luchar contra un Goliat tan gigante?. Porque no solo es un gigante,tambien muta, se disfraza, tiene el don de hacerse invisible y transmutar los focos o ideas de opcion y cambio en herramientas propias para alimentar su insaciable devoción por el caos, pienso en luchar en su terreno y con sus propias herramientas, por ahí , quizá este el camino.

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