Por Luis Langelotti / psicoanalista

Esta crisis pandémica ha puesto en evidencia algo que, para el pensamiento psicoanalítico, es del orden del axioma: en nuestro inconsciente no hay representación de la muerte. Esto equivale a decir que el lenguaje es impotente para explicar el carácter perecedero de nuestro ser. En palabras de Lacan: “La pregunta sobre la muerte, la del nacimiento, son en efecto las dos preguntas últimas que carecen justamente de solución en el significante”1 .

Desde ya, hay una dimensión mortífera en lo imaginario que es aquello con lo que los medios de comunicación nos asedian permanentemente -no sin apelar a nuestro goce morboso secreto. Pero todas esas representaciones no suponen en lo más mínimo que algo de nuestra condición mortal haya sido asumido. Al contrario, tanta fetichización del cadáver termina velando lo real que hay más allá.

En este sentido, quisiera reflexionar brevemente sobre el coronavirus y, para hacerlo, se me ocurrió una sentencia fuerte: no hay coronavirus. ¿Significa esto que estoy afirmando una teoría del complot, del falseamiento? Nada más alejado. Lo que quiero acentuar es cómo la tesis freudiana se ha puesto de relevancia en estos días. Desde el caso del surfer que violó la cuarentena a todas luces para ir a donde se le dio la gana, pasando por el empresario Gustavo Nardelli que optó por un acting out 2 parecido, hasta llegar al muchacho con covid-19 que «pasó al acto» fugándose de un Hospital en Uruguay subiéndose luego a un Buquebus donde puso en riesgo a cuatrocientos pasajeros (pérdida de la realidad).

En tanto psicoanalistas, trabajamos con los mecanismos de defensa del sujeto permanentemente. Sabemos que el miedo es un buen antídoto contra la angustia y que esta última lo es frente al terror. Este último equivale a ser objeto del goce del Otro. Un Otro todopoderoso que no existe sino en nuestro fantasma, ya que nadie lo es realmente. Las defensas neuróticas son maneras de escaparle a esa sumisión temida, que además es incestuosa porque es previa a toda ley. Y al no haber ley, el otro –el semejante- se torna esencialmente peligroso.

A la madre primitiva –la del incesto-, Lacan la denominó, retomando un viejo termino de Freud, das Ding [la Cosa]. Esa mónada del goce amenaza con volver cuando algo del objeto se presentifica poniendo en jaque nuestra falta, nuestro deseo, nuestra posibilidad existencial de decidir. Esos retoños angustiosos son lo que llamamos, en un sola letra, a. El objeto a-científico, irrepresentable, noespecular, no-simbolizable; es la manera en que Lacan sitúa a lo imposible.

¿Qué tiene que ver todo esto con la pandemia que nos afecta? Encuentro una singular analogía entre el virus y el objeto a. Esa partícula inasible que, formando parte de la vida, resulta letal cuando opera a favor de la pulsión de muerte (del goce que mejor no). Tal letalidad adviene cuanto más el sujeto descree –o cuanto menos advertido está- de la existencia de lo real, quedando petrificado a la realidad imaginaria del yo y sus ideales.

En este punto interviene el problema de la desmentida o renegación (negar que se niega, en palabras de Fernando Ulloa). Es algo que venimos observando en muchos ciudadanos, que en pequeños actos parecerían no terminar de aceptar la gravedad de la situación pandémica o en los grandes dueños del capital, que daría la sensación de que se sienten inmortales y que pretenden que todo vuelva a la “normalidad” de sus ganancias siderales.

Negar es una manera de afirmar, dijo Freud. La negación [Verneinung] del coronavirus implica su aceptación, algún registro del peligro. Pero la renegación [Verleugnung] ya es otra cosa, rápidamente apreciable en la frase: “Las brujas no existen, pero que las hay, las hay…” donde la locución concesiva vuelve a negar por segunda vez lo recientemente negado, dejándolo en un estatuto de escisión desde donde hará sentir sus efectos patógenos. Es decir, “a pesar de que el coronavirus sea una pandemia fatal, igualmente, hay que retomar nuestras vidas híper-productivas (capitalismo) o igualmente me escapo a la costa atlántica.”

El coronavirus ha modificado profundamente nuestra (representación de la) realidad. Sobre todo, ha alterado nuestra realidad psíquica en el punto donde como clínicos detectamos un incremento importante de la angustia debido a problemas coyunturales tales como el peligro mismo del contagio, la dificultad para hacerse de dinero, el temor a que se enferme un ser querido y no poder darle la atención médica adecuada, la violencia de género y/o los roces propios de una convivencia forzosamente absoluta (incluyendo los roces consigo mismo que comporta la soledad).

Los profesionales de la Salud Mental, vale la pena destacarlo, no somos tal vez esenciales en un primer momento de brote pandémico, pero sí lo iremos siendo cada vez más y es menester estar atentos a las respuestas subjetivas por venir. Máxime si tenemos en consideración que la época se caracteriza por un predominio del discurso capitalista, donde la impotencia y la imposibilidad quedan abolidas, y en donde la dimensión renegatoria es fundamental entendido este mecanismo de defensa como una escisión del yo respecto de cualquier otredad que venga a interrumpir el goce solipsista al que los sujetos son empujados. En otras palabras, se tratará de ver cómo contribuimos desde nuestra función de escucha en el lento proceso de asimilación de esta nueva realidad evitando caer en soluciones que redoblen la mortificación propia de una sociedad que ya de por sí encuentra trabas enormes en la socialización con el otro.

1 Jacques Lacan. Seminario 3, p. 271. Ed. Paidós.

2 En términos simples, el acting out hace referencia a una conducta bizarra en la que se manifiesta un impulso reprimido del que el sujeto no quiere (o no puede) dar cuenta. El sujeto ´entra en la escena´ psíquica, actuando y escenificando aquello que no quiere saber, pero con lo que se identifica inconscientemente.

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