Por Alienbuscaalien

Resulta imposible encontrar una solución a la desnutrición y persecución de las poblaciones wichí (así como de las demás poblaciones indígenas dentro del territorio argentino, que se ven empujadas fuera de sus tierras u obligadas a sobrevivir con los pocos recursos disponibles que encuentran) sin pensar en la forma en que conformamos el concepto de democracia dentro de los límites espaciales de la Argentina. Históricamente la democracia se relaciona idealmente con el derecho al voto, pero se trata, en realidad, de un concepto más amplio y complejo que implica la participación ciudadana en la organización de un país y en el desarrollo y la utilización de sus recursos, así como en la forma que se elige para salir de una crisis. La democracia es la participación colectiva de todos los individuos en la estructura de la Nación.

Pero tanto en Argentina, como en la gran mayoría de los Estados a nivel mundial, la democracia es la elección de líderes y representantes capacitados que deben decidir por nosotros cómo concretar estas demandas. Ello los habilitaría a tomar las mejores decisiones en base a su conocimiento profesional, conocimiento que –a escala global– se articula a partir del siglo XX alrededor de la noción de desarrollo. El concepto de progreso fue reemplazado por el de desarrollo, estructurándose como un proceso pos-colonial que se basa en el desarrollo económico y el bienestar material, el cual se sucedió casi como una obligatoriedad para poder ser parte del modelo económico global. Pero en los países latinoamericanos, el proceso colonizante consistió en sí mismo en la imposición de un modelo económico que destruyó las realidades comunitarias de sus territorios y occidentalizó las categorías económicas y sociales. Pensar hoy en día en una producción común o social, donde los beneficios sean no-materiales y se basen en la subsistencia como base de lo esperado de la tierra y las relaciones sociales, conlleva a ser catalogados como poblaciones pobres, ya que dentro de los modelos desarrollistas la pobreza es pensada como privación material.

Y esta es la clave de la legitimidad del desarrollo –como anteriormente del progreso–, así como de la persistencia de grietas o distinciones entre la sociedad civilizada y las poblaciones indígenas. La subsistencia y la organización comunitaria en los territorios con el fin de satisfacer las necesidades básicas de alimentación y vivienda, a las que desde nuestro imaginario percibimos como formas de la pobreza, legitiman la vigencia de las estructuras racistas y colonizadoras que todavía persisten. El actual poder que ostentan las comunidades políticas sobre las comunidades indígenas y rurales carece de toda justificación. No obstante, su legitimidad se basa en el avance de la soja por sobre otras formas de vida y producción altamente improductivas y en la necesidad de explotación de las materias primas para aprovechar las ventajas comparativas que poseemos a nivel global. Esas materias primas se convertirán en capital, el cual será reinyectado en la sociedad en forma de empleos que produzcan manufacturas, mayor valor agregado y, por ende, mayores ingresos económicos.

De este modo observamos cómo el planteamiento marxista que describe el inicio de la sociedad capitalista como la apropiación de los territorios comunitarios (o commons) y de la acumulación primitiva resulta confirmado por esta lógica extractivista: el capital necesita constantemente expandir las fronteras de las tierras “productivas” no solo con el fin de apropiarse de nuevas materias primas sino, además, para expandir la fuerza laboral, obligada por esta destitución de sus formas de vidas no-materiales a incorporarse al trabajo asalariado. Y es esta misma lógica capitalista de destitución y aprovechamiento de los recursos la que desde los ´90 se articula tanto dentro del neoliberalismo como de los gobiernos llamados “populares” o “populistas”, los cuales se alejan de esta lógica en cuanto al rol del Estado, pero no cuestionan la hegemonía de los capitales transnacionales en las economías periféricas. Ello debido a que, si bien su discurso se centra en las “clases populares”, en los hechos responden al nuevo orden mundial de desarrollo basado en las ventajas comparativas. Dicho orden considera las formas de desarrollo comunitarias como primitivas y sacrificables, ya que concibe la tierra desde su apropiación y posibles usos, es decir, como ser un espacio eficiente y variable sujeto a la necesidad de su explotación y utilización, y no como un bien común que forma parte de un amplio ecosistema social.

Pero esta concepción de territorios sacrificables también encuentra su legitimidad en la idea de raza y en la herencia colonial que construye jerarquías biológicas. Aunque –técnicamente– olvidada, esta distinción sigue latente en la forma en que se estructura nuestra sociedad actual, en la cual las formas de vida indígenas o primitivas son consideradas inferiores e, incluso, ni siquiera legítimas a la hora de construir la realidad social actual. Esta distinción de razas fue la primera forma de legitimación para la conquista de los pobladores originarios y el establecimiento de una sociedad europea que obedece a las formas occidentales de producción y responde al capital como máxima de vida. Esta forma de estructuración fuertemente económica constituye el segundo factor de legitimación de la actual relación que se articula entre la mayoría de la sociedad civil y las poblaciones indígenas. La conquista de América constituyó una forma de producir y transportar mercancías valiosas hacia Europa y abastecer a sus reinos de metales preciosos –la monetización del mercado mundial se da gracias a dichos metales obtenidos durante el proceso colonial– y materias primas. El establecimiento de las sociedades coloniales y la necesidad de abastecer al “mercado interno” y a los nuevos pobladores americanos fueron generando la producción agrícola y los pequeños emprendimientos productivos de manufacturas. La independencia de las respectivas colonias se da luego de un fuerte desarrollo estructural y social bajo las premisas eurocentristas de progreso e industrialización. Por primera vez, vemos establecido un patrón global de trabajo y del manejo de los recursos, legitimado por las jerarquías racistas y el establecimiento del orden monetario mundial –capitalista– en donde la apropiación de territorios y la producción de materias primas o manufacturas con mano de obra asalariada que no es dueña de su tierra se vuelve la norma global.

A partir de ahí, estas políticas se legitiman en América latina, y cualquier partido político será en sí mismo una reproducción de sus modos de estructurar la sociedad. Entonces, ¿cómo podemos incluir las perspectivas indígenas de vida en nuestras realidades sociales? Quizás sea el momento de revisar nuestro pasado, cuestionando la legitimidad de nuestra estructura económica y desarrollista, y de las formas racistas con las que pensamos la sacrificabilidad de los territorios donde habitan otras formas y paradigmas de vida, repensando, además, la jerarquía que otorgamos al hambre, la pobreza y el dolor y la ignorancia con que habitamos un territorio con más de 20 lenguas diferentes.

Quizás, es hora de que quienes se consideran partidarios del progresismo y la izquierda, dejen de analizar la realidad en términos puramente económicos o de relación obrero-capital, incluyendo las miradas no occidentales y las realidades alejadas de una perspectiva puramente económica para resignificar sus palabras e ideologías. Las muertes de niños wichìs y la de Rafael Nahuel, así como la persecución y exclusión –incluso la encarcelación– de miembros de comunidades no-europeas no constituyen una casualidad. Las supuestas miradas políticas anticolonialistas y en favor de un modelo “latinoamericanista” que enfrente a las grandes potencias mundiales no es otra cosa que una pelea por posicionarse en el mercado mundial a través de las mismas estructuras, con la ayuda de los grandes capitales transnacionales y las compañías extractivistas, manteniendo los ideales racistas colonialistas, a la par que se legitima la superioridad de las ideologías europeas de concebir la vida y el territorio.

Un comentario en «El problema Wichí es cultural»
  1. Genial,que bien está narrado todo, es como que a medida que estaba leyendo desataba el nudo de mi mente,que siempre busca ese punto medio que logre encontrar con toda esta info que antes ignoraba parcialmente … Que felicidad me da leer esto y poder aprender más . Por más escritos así.
    Saludos att cecilia.

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