por María Ferreira y Luis Terminiello

El pasado 21 de septiembre distintos sindicatos, centrales obreras, partidos políticos, organizaciones sociales, de derechos humanos y de la sociedad civil, convocaron a un Paro Nacional exigiendo que cese la violencia de las fuerzas armadas y de seguridad. Como así también el respeto del derecho a la protesta y el cumplimiento de los puntos emanados del último Acuerdo de Paz entre el Estado Nacional y las FARC (actualmente desmovilizadas), entre otros reclamos económicos y sociales, a raíz de la crisis que se padece como resultado de la pandemia del Coronavirus.

En la capital, Bogotá, se observaron masivas movilizaciones en la que, con puntos de partida en distintos sitios de la ciudad, confluyeron miles de personas a la Plaza de Bolívar, corazón y centro político del país, en donde se emplaza tanto la Casa de Nariño, sede del Ejecutivo, como el Parlamento Nacional.

A pesar de las constantes y reiteradas violaciones a los derechos humanos que se están sucediendo en el país, la jornada de protesta intentó reflejar un deseo que es mayoritario, el de vivir en paz. Con intervenciones artísticas y musicales varias, se procuró sensibilizar y convocar al ciudadano temeroso de participar activamente de las manifestaciones.

Sin embargo, todo aquello no podía terminar bien. El gobierno no podía permitirlo. De modo que la columna de Colombia Humana, movimiento político liderado por el ex candidato a presidente y principal líder de la oposición Gustavo Petro, que se movilizó desde el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, tuvo que replegarse metros antes de llegar a Plaza de Bolívar. Momento en el que comenzó una injustificada represión por parte de la Policía Nacional y el ESMAD (Escuadrón Móvil Antidisturbios).

En cuestión de segundos el sonido de tambores y canciones fueron reemplazados por estruendos de gases y balas de goma. Las intervenciones y el marchar de las columnas dieron lugar a escenas de corridas y persecuciones, en todas las calles transversales a la Carrera 7ma donde se habían concentrado las movilizaciones. En pocas horas, la zona céntrica quedó militarizada, con patrullajes móviles permanentes y helicópteros de apoyo. El motivo de semejante uso desproporcionado de la fuerza, según el Gobierno, fue una situación de vandalismo contra una sede del banco Caja Social, realizada por un grupo minoritario de personas. Que no representaban al conjunto, y del que se sospecha eran infiltrados, cuyo accionar sirvió a los fines de justificar tamaña represión.

Lo que empezó como una jornada de protestas pacíficas y de denuncia al accionar de las fuerzas represivas del Estado, terminó como siempre, con la Policía sumando nuevos hechos de violencia, los que siguen acumulando e incrementando el descontento general.

Al día siguiente, la Sala Civil de la Corte Suprema de Justicia de Colombia, máxima instancia de la jurisdicción ordinaria, a raíz de una presentación realizada por organizaciones defensoras de DDHH para tutelar el derecho a la protesta, vulnerado en las represiones de noviembre del año pasado; en un fallo de 171 páginas, instó al Gobierno de Iván Duque a no estigmatizar la protesta social. Con pruebas analizadas desde el año 2005 hasta el 2019, el mismo le exige al Ejecutivo, en principio, cumplir con tres puntos claves y fundamentales. Aunque en el fallo se aclara que no se incluyeron los recientes disturbios de principios de septiembre, en los que murieron 13 personas en protestas callejeras, especialmente en la capital, Bogotá, y tras la muerte en manos de agentes de la policía del ciudadano Javier Ordóñez.

Los puntos son:

1. Reestructuración de la Policía Nacional y el ESMAD, y protocolos de actuación frente a la protesta pacífica: «Hace falta una Ley Estatutaria que desarrolle los alcances y limitaciones de la fuerza pública, su direccionamiento centralizado o descentralizado, su naturaleza y el juzgamiento de sus conductas, cuando se ejerce el derecho fundamental a la protesta pacífica».

2. Pedido de disculpas públicas por parte del Ministro de Defensa Holmes Trujillo.

3. Prohibición del uso de escopetas calibre 12, y así evitar lo sucedido el 23 de noviembre de 2019 cuando el joven Dilan Cruz salió a la calle, para exigirle al Gobierno nacional un mejor acceso a la educación superior y fue sorprendido por escuadrones del ESMAD que le dispararon con un arma mal considerada “no letal» de dicho calibre, provocando su muerte.

En relación a estos puntos, el cuestionado Ministro de Defensa en declaraciones públicas, dijo: «El Gobierno Nacional solicitará respetuosamente a la Corte Constitucional la selección para la revisión, del fallo proferido por la Sala de Casación Civil de la Corte Suprema de Justicia el 22 de septiembre de 2020. La Fuerza Pública, en particular el ESMAD, no incurre en excesos, y en los casos a partir del 21 de noviembre de 2019, en los que pudo existir exceso por parte de la Fuerza Pública, éstos corresponderían a actuaciones individuales de algunos de sus integrantes, por inobservancia de la Constitución, la Ley, los reglamentos y protocolos. Esos comportamientos individuales de algunos de sus integrantes actualmente son objeto de investigaciones penales y disciplinarias por las autoridades competentes, quienes serán las llamadas a establecer, o no, la responsabilidad individual». Ante estas declaraciones se puede inferir que el Ministro ha desoído el fallo de la Sala Civil de la Corte Suprema.

El jueves 24, una vez más, la doctrina de seguridad nacional que no ve sino “enemigos internos”, se llevó la vida de Juliana Giraldo (36), cuando a 500 metros de un puesto de control militar, Francisco Larrañaga el novio de Juliana, decidió darle vuelta al auto para retornar por la tarjeta de propiedad del auto y el documento de identidad de Juliana. Y en ese preciso instante, dos uniformados salieron de un cañaduzal tratando de detenerles. Gritaron “¡Pare!” y luego dispararon. Una de las balas entró por el parabrisas trasero, pasó cerca de Jorge Ruiz, otro de los ocupantes del auto y también testigo del hecho, y se alojó en la cabeza de Juliana que murió tras recibir dicho disparo en la sien, que había salido del arma de aquel soldado del Ejército Nacional, en la carretera de Miranda-Corinto, al norte del Cauca. Francisco no se percató inmediatamente de lo sucedido y frenó el auto para reclamar por la reacción desproporcionada, pero Juliana le cayó en el hombro derecho.

Este hecho quedó documentado por un video que se hizo viral en las redes sociales. Juliana creció y había vivido casi toda su vida en Jamundí, donde era reconocida como una gran estilista. Estaba tramitando su documento de reconocimiento de género.  Sin embargo, a sus 36 años decidió vivir con su pareja en Miranda, Cauca. Era una persona hermosa, soñadora, visionaria, con ganas de salir adelante. Y le arrebataron la vida, como a tantos y tantas colombianas y colombianos.

La violencia oficial no cesa. Al igual que continúan las masacres realizadas por grupos armados, que actúan al margen de la ley y que siguen disputándose el control de vastos territorios del país, para seguir lucrando con el narcotráfico ante la complicidad del Gobierno Nacional. En lo que va del año, se registran 63 asesinatos múltiples en el país, con desplazamientos poblacionales que tampoco cesan y que convierten la situación, en una crisis humanitaria de dimensiones considerables.

Es importante destacar que la única forma de que las voces silenciadas de las y los colombianos sean escuchadas, es solidarizarse, apoyarse y contribuir a la denuncia internacional. Como dijera la ex Presidenta de Argentina Cristina Fernández en la inauguración de la Casa Patria Grande en 2011 «(…) En pocas etapas de nuestra historia, América del Sur tuvo el grado de unidad y compenetración que hoy tiene. No significa que todos pensemos igual. Es algo mejor, porque estar juntos cuando todos piensan en forma idéntica es fácil. Lo que es más difícil, el desafío más importante, es poder aún desde las diferencias construir en conjunto y unidad. (…) Ser capaces de venir de historias diferentes, identidades diferentes y sin embargo tener la sensibilidad, la madurez y la inteligencia de saber que debemos estar unidos…».

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