por Nico Fernández

Más de 10 días han pasado desde la explosión que sacudió la República Libanesa, podríamos decir “una vez más”. Tan históricamente castigada e intervenida por cuánto ejército de ocupación existiera, acaba de declarar el Estado de Emergencia tras los últimos días de manifestaciones en su capital. El 9 de agosto pasado, decenas de manifestantes quemaron algunos edificios de gobierno como la Cancillería, el Parlamento y el Ministerio de Economía, y se vienen sucediendo hechos un tanto extraños en Beirut.

Desde el Imperio Romano en adelante, los pueblos libaneses de Oriente Próximo fueron sometidos a la injerencia imperialista tanto de los Turcos, luego los Franceses y, a mitad del siglo XX posterior a su independencia, la de Estados Unidos e Israel (además de la intervención irregular del Panarabismo y las fuerzas de liberación Palestinas). Que disputaron hegemonía en la zona dejando un país en ruinas, levantándose una y otra vez tras cada intervención. La última, durante la “segunda guerra del Líbano” en 2006, cuando el Ejército Israelí invadió el sur del Líbano en represalia por los supuestos ataques de Hezbolá en territorio sionista.

Aunque uno de los episodios más oscuros de su historia ocurrió en los años 80, cuando Israel (durante la Guerra del Líbano 1975-1990) como ocupante de Beirut del Oeste (zona musulmana), colaboró con el genocidio y masacre que las fuerzas Falangistas Cristianas cometieron en los campos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila. Tras la “guerra civil” el reordenamiento del territorio nacional libanés, retomó su curso constitucional, en donde existe un sistema de gobierno Parlamentario, el cual posee una Asamblea que es elegida a través de sufragio universal y que además, está dividido para que las principales religiones tengan participación gubernamental.

Recordemos que la propuesta consociativista (idea de distribución política de las élites para las sociedades profundamente divididas), agrupa a los tres principales movimientos religiosos y les posibilita el acceso a una porción de gobierno. La presidencia del Poder Ejecutivo a los cristianos, la presidencia del Consejo de Estado de Ministros a los suníes y la presidencia de la Asamblea Legislativa a los chiitas. Una idea republicana que data de 1926 durante la ocupación francesa del País.

Lo cierto es que hoy, atravesando el contexto mundial de Pandemia dentro de las fronteras de la que fuera la “Suiza” de Oriente, y en medio de acusaciones al Estado de Israel por medios y personalidades internacionales a raíz de lo ocurrido en el Puerto de Beirut; incluidas las manifestaciones de Trump y el propio presidente Libanés sobre la posibilidad de un ataque (aunque estos no mencionaron a Israel). Se dice “por ahí” que los depósitos pertenecían a Hezbolá y nuevamente, se cierne sobre el mundo la misma argumentación, la de la amenaza “terrorista”. ¿Casualidad? Nada lo es.

Hace algunos días dimitió todo el gobierno, luego de las renuncias de tres ministros junto con otros 7 miembros del Parlamento Libanés, como le dijo CNN (medio opositor a Donald Trump) al mundo; incluido el primer ministro Hassan Diab.

Con la tasa de personas infectadas por Coronavirus en aumento y una grave crisis económica, el Líbano se encuentra una vez más ante un grave proceso de  desestabilización en la región. La pregunta que hay que hacerse es si esta es una más de las tantas maniobras de injerencia del imperialismo o si realmente fue un accidente desafortunado, con las tres mil toneladas de nitrato de amonio “mal almacenadas” durante 6 años, que causó la explosión devastadora de casi toda la ciudad.

Mientras vemos que Rusia se hizo presente con una partida de ayuda humanitaria, hospital de campaña y personal médico incluido y la Unión Europea envía 17 toneladas de insumos también; Recep Tayyip Erdogan acusa a Macrón de “colonialismo” y “espectáculo”. Y el presidente Michel Aoun reconoció estar “enterado” desde julio pasado, del almacenamiento de amonio en el puerto. Comienza la puja exógena por la “reconstrucción” de la normalidad en el Líbano y la disputa política por ayudar a sanear el aparato político de Estado que tanto mencionan los medios masivos de comunicación como en “estado de putrefacción”, y de “corrupción”.

Solo sabemos con certeza que se ha recurrido muy poco en estos últimos años a la fuerza del pueblo libanés, para la reconstrucción de los principales procesos de la vida política institucional nacional. Y que ha sido territorio en disputa, casi de forma consecutiva desde el comienzo de su vida nacional. Sin embargo, los procesos de liberación de los pueblos árabes de la injerencia extranjera y del colonialismo al que fueron históricamente sometidos, han tenido a la República Libanesa como su bastión más fortificado y combatiente.

Queda mucha tela para cortar respecto a la GeoPolítica del Oriente Próximo y Medio, porque hablar del Líbano es hablar de Siria donde se libró una batalla decisiva contra el Daesh y la presencia norteamericana, una batalla que afortunadamente el Pueblo y Ejército Nacional Sirio torcieron a su favor. Ya que en primer lugar, elementos terroristas (de los de verdad, no los mediáticamente tildados como tal por su lucha de liberación popular), los que operaron en Siria –entrenados y armados por EEUU- hicieron su puesta en marcha con total impunidad en territorio nacional libanés; y en segundo lugar, ambas naciones se vieron envueltas en graves crisis humanitarias a raíz de los embates de la ocupación extranjera. Sin contar los resabios políticos de un pasado que intentó envolver a todos los países árabes tras una misma bandera de la mano de Egipto. Pero que en el caso particular del Pueblo Libanés, con semejante división social, religiosa y del trabajo, fogoneada y politizada por el imperialismo terminó desangrándose durante décadas. Y que aún hoy, espera su hora para volver a romper las cadenas de la dependencia económica y política.

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