Por Nicolás Fernández

Hagamos de cuenta que no estamos solos, seamos pillos y recordemos nuestros sueños. Como cuando niños, que creíamos posible comer rico; que jugábamos y reíamos (en general), y a pesar de toda adversidad.

Que vuele esa imaginación, pero en el hacer, en el levantarse, aunque sea para decir ¡Acá estoy!

Soy, no tengo que ganarme la vida, me pertenece. Es mi derecho. Existo, aunque sea marginal, aún en el padecimiento y el olvido, del rico.

No poseo, más que mi ropa sucia y mi estómago rugiente; pero siento el calor del fuego de mi conciencia y empiezo a hacer.

¿Qué hacer?

Leer, primero. Para saber cómo expresar mi enojo y entonar el grito que vivía al abrigo del silencio.

Caminar, para recorrer lo que no me pertenece, pero sé que es mío.

Dar una mano, compartir el mate o la galleta y discutir, fuertemente. Para dar esperanza.

Hacer ejercicio, mucho. Todo lo que me dé el cuerpo, hasta desfallecer en el intento. Físico, pero sobre todo el ejercicio de molestar; cada vez que vea a la injusticia apretar la garganta y los dientes de los pobres.

Levantarse de la pereza del estar solo y sufrir a escondidas, para organizar el encuentro de los que están igual.

¿Qué no hacer?

Pensar que es tarde, pensar tanto, tanto, que las piernas se duerman y la mente se congele; como con el cuerpo cuando el frío atraviesa de par en par los huesos.

Esconder la dignidad de las ideas y el brotar de las lágrimas ante lo humano.

Rendirse en esa noche a la intemperie, cuando no hay más que dureza y cemento; sin volver a pararse con la cabeza en alto, viéndose vivo nuevamente.

Esquivar a la mirada de quienes se juntan, para luchar y para construir un mundo distinto.

Encontrar más excusas que dividan, que paralicen la chance de escribir de nuevo la historia.

Hagamos de cuenta que hacemos de cuenta. ¡Pero hagamos!

Que no nos mate el olvido por no poder recordar. A nuestras abuelas y madres. Aquellos que ya no están, pero están.

Recordemos quienes somos, en esos momentos en que se olviden de nosotros. Que somos la descendencia de esta Patria enorme, que desborda hacia los cuatro mares.

Hagámonos respetar ante quienes vienen de lejos a robarnos lo poco que nos queda.

Respondamos con firmeza haciendo, cuando le sacan el pan a nuestros hijos y a nuestros viejos.

Sigamos agitando la voz y la palabra, cada vez que nos pegan tan fuerte que no podemos usar otra parte del cuerpo.

Rompamos algo, o todo; lo que haya que romper.

Intentemos algo, o todo; lo que haya que intentar.

Sabiéndonos nunca más solos.

¡Hagamos algo!