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   por Nico Fernández

   Llegar a establecer acuerdos, en un marco de trabajo que desde los inicios de la modernidad ha inscripto “a hierro y fuego” una economía política y una economía corporal de individualización, a través de las sociedades disciplinarias; ha estado preocupando a las y los estudiosos de las ciencias sociales. Sobre todo, por los fenómenos que han empujado a los sujetos sociales hacia las instituciones o dispositivos disciplinarios, fenómenos que la explicación tradicional no ha tenido en cuenta. Como las condiciones de extrema concentración de la riqueza en pocas manos (específicamente en manos de la clase triunfante de las revoluciones burguesas europeas), que han constituido una estructura social desigual y de escasas oportunidades para el conjunto de las sociedades modernas.

   La diversidad y la diferencia sobre los focos de la tarea pedagógica, la desemejanza, la disparidad y la divergencia han brotado como manantiales por efecto de las lógicas excluyentes de este devenir histórico, y necesitan ser concebidas como punto de partida del análisis de las coyunturas que contienen a los actores sociales. No podemos pensar ninguna cuestión sin primero descorrer el velo que cubre las relaciones sociales de producción que nos estructuran hoy como ayer, y que estructuran los modelos pedagógicos. Que no han podido aún, hacer de esta policromía una posibilidad cierta de mejores aprendizajes para todos.

   El intento de ruptura de la homogeneidad no ha producido aún, una propuesta de enseñanza capaz de trabajar la multiplicidad y multidimensión de tiempos, culturas, recorridos de aprendizaje, ni lograr mejores modos de “aprender a aprehender”. Lograrlo implicaría atender las distintas capacidades y las discapacidades, los distintos tipos de saberes, sin perder de vista el objetivo de que todos y todas puedan apropiarse de lo común, de la cultura humana compartida, del lenguaje verdaderamente humano. Pareciera entonces, que la idea de universalidad y diversidad debiera también resignificarse, de modo que unifique, aunque sea, algunas verdades homologables para garantizar la accesibilidad al conocimiento y, sobre todo, a la puesta en práctica efectiva del mismo.

   La praxis y la idea de inclusión debe atender a la heterogeneidad y hacerse fuerte en aquello que la heterogeneidad puede ofrecernos. Pero también, tender puentes para hacer del contenido cultural saberes compartidos que sean fácilmente reconocibles como hechos objetivos, en el espacio que media entre los y las estudiantes. El gran desafío de construir favoreciendo el desarrollo de cada quien debe ser enmarcado en propuestas que impacten en cada necesidad, de modo que sea devuelto al cuerpo social según la capacidad de cada quien. Sin embargo, esto no será posible en tanto y en cuanto persistan desacuerdos y dudas respecto de algunas verdades que componen el contenido obligatorio para construir comunidad, y menos aún, siguiendo por el camino en el que cada perspectiva individual es capaz de construir la realidad.   

De modo que la inclusión debe ser un espacio donde lo común ya no se asocie al autoritarismo o al totalitarismo (si a lo totalitario: todas las partes); sino a la posibilidad de abordar de maneras diversas aquello que es planteado en conjunto, democráticamente, y siguiendo una misma línea en base a los intereses de las mayorías.

   Hay sendos ejemplos de inclusión en términos generales, la alfabetización multimediática y la accesibilidad a la conectividad tecnológica (otra deuda enorme a lo largo y ancho del globo), las aulas plurigrado de la ruralidad, los programas de reinserción escolar a partir de asignaciones universales (no solo en Argentina), la presencia de niños y niñas de diversas edades y conocimientos en contextos compartidos, clases mixtas en el ámbito específico de la Educación Física; como formas de dar respuesta a la complejidad del mundo que hoy nos toca vivir.

   La posibilidad de formar sujetos sociales capaces de desenvolverse de forma crítica, reflexiva, creativa y responsable para con sus cuerpos y el de les otres, como ya dijimos, no es una tarea fácil si no somos capaces de construir en el trabajo diario las herramientas empáticas que nos den la experticia de pensar en las necesidades de nuestros y nuestras estudiantes, pero estamos en lo cierto al afirmar que construyéndolas estaremos incluyendo y abonando el suelo para las nuevas generaciones que deberán enfrentar un mundo cada vez más hostil.

   Entender la necesidad de construir una nueva “biopolítica” (Foucault, 1974) y entenderlo desde el planteo de desarrollar en conjunto capacidades que nos ayuden a conquistar los espacios de poder desde donde se llevan a cabo estos procesos, tiene que ver con practicar la labor analítica tras cada práctica pedagógica y, además, reconocer que no son procesos exclusivamente simbólicos, todo lo contrario, devienen de la praxis social. Porque ese poder disciplinario penetra en los cuerpos, en tanto estos se conciben individuos y no como parte de algo más allá, de un todo humano.

   Y estas nociones sin lugar a dudas, coadyuvan a guiar el vivir diario capaz de oponer resistencia a la experiencia de la represión, reemplazando la actitud de sujeto social pasivo por un modo de protagonismo dentro del entramado de la experiencia humana. En afán de trascender modelos acabados, trocando exámenes des – calificantes por procesos calificantes y dejando atrás unas cuántas normas divisorias de la especie humana.

   La relación de toda esta complejidad debe ser desenmarañada urgentemente, para lograr la conciencia necesaria y así conectarla con la realidad de un Sistema Educativo, que aún sigue “vigilando y castigando”, de una manera u otra, en favor de las minorías. En cada evaluación de saberes, en los modelos de vínculo entre docentes y entre docentes y estudiantes, en el aula y sus espacios rígidos, no inclusivos, por no poder dar un ámbito seguro o posibilitador a las discapacidades y a la divergencia, ni tampoco a la expresión creativa ni a los múltiples escenarios posibles de lenguajes corporales.

   En un mundo en el que hoy las relaciones sociales parecieran estar a un clic de distancia, y donde cada día más, se trata de configurar a las sociedades humanas a la dinámica y lógica empresarial. En un entorno hegemonizado por élites que se esfuerzan por hacernos convivir y “disfrutar” de la incertidumbre constante, es menester volver a descubrir que el cuerpo, colectivamente, es más capaz de lo que creíamos en realidad.

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