Una perspectiva moderna 

En torno a las discusiones para dar respuesta a situaciones concretas, dentro del amplio rango de las problemáticas sociales, debido a la concentración de la riqueza y demolición de los Estados de Bienestar en Occidente, desde hace 60 años hasta hoy, se han planteado y delineado propuestas para combatir el flagelo de la exclusión en toda la extensión que representa esta palabra. Procesos sociales que, difundidos con eufemismos como “Globalización”, propiciaron el desafío por pensar nuevas formas de combatir los graves resultados de políticas neoliberales y de deterioro del tejido social.

   Dentro de estos fenómenos globales debemos incluir no solo nuestras practicas educativas, sino también las políticas públicas que acompañaron tal deterioro y que desembocaron en encerrar a las y los sujetos sociales, y sus motricidades, en esquemas de desenvolvimiento desconectados con el entorno y la acción política efectiva para la transformación.

   Inclusión para transformar las condiciones que moldean los actos sociales de resignificación y creación de nuevo lenguaje, y de resistencia a relaciones sociales que promueven la individualización, se convierte en el eje central para lograr una versión moderna de pedagogía verdaderamente accesible para las mayorías. Demostrando que la “posmodernidad” (y su posmo-visión) no es más que un refrito de las antiguas relaciones sociales que, en los comienzos revolucionarios de la era, sustentaran la dominación de las élites económicas a través de dispositivos de poder y de disciplinamiento “biopolíticos”.

Un poco de historia sobre la Inclusión en la escuela

   El movimiento político hacia la inclusión educativa tiene su origen en los años noventa, en respuesta a la hegemonía de un nuevo modelo distributivo de la riqueza (de mayor concentración), de la mayoría de las naciones más desarrolladas, que terminó por moldear las políticas educativas y públicas luego del triunfo de las políticas exteriores de uno de los contendientes (EEUU), en el plano geopolítico, de la llamada Guerra Fría y que vio la caída definitiva de los “Estados de Bienestar”. Fase histórica reciente que se nos enseñó a nombrar a través de su eufemismo más famoso: globalización.

   El concepto de integración, en cambio, tiene una historia más extensa, el origen se remonta a los años sesenta, surgido al calor de las discusiones abiertas por ideas que desafiaron el orden social del momento en Europa que estaba influenciado por la hegemonía norteamericana sobre Europa occidental (que ya se declinaba hacia políticas de concentración y dominación completa por parte del mercado). Un concepto, a su vez, influenciado por movimientos políticos y de pensamiento (Mayo Francés, Eurocomunismo, etc.) que abogaba por nuevas políticas sociales y sanitarias que impulsaran el acercamiento de los servicios y las políticas asistenciales a los y las ciudadanas. En este contexto, algunos sistemas educativos se abrieron progresivamente a la posibilidad de atender las necesidades de estudiantes con discapacidad, dotando las escuelas de los recursos necesarios.

   La integración educativa se dirigía estrictamente a la población con discapacidad o “necesidades educativas especiales”, teniendo como principal finalidad conseguir una educación integrada de todos y todas las y los estudiantes. Por su parte, más acá en el tiempo, el movimiento por la inclusión educativa tomando la posta y pensando las nuevas problemáticas de un entorno cada vez más hostil, comenzó a perseguir como finalidad que las escuelas reúnan las condiciones necesarias para atender a todo el estudiantado, independientemente de las distintas características personales o sociales.

   De este modo, mientras que la integración educativa se centró en la escolarización del estudiantado con discapacidad y “necesidades educativas especiales”, el movimiento hacia la inclusión educativa amplió su radio de acción a toda la población con riesgo de exclusión (por cuestiones económicas, religiosas, sexuales, étnicas o sociales en general), para intentar dar respuesta ante el fracaso estructural de los sistemas educativos a raíz de las condiciones históricas post “caída” del muro de Berlín y el tan mencionado “fin de la historia”. Esta condición de riesgo, sabemos, varía considerablemente a lo largo y ancho del planeta, dependiendo del lugar en la división internacional del trabajo que ocupa cada nación y si es o no un país desarrollado. Por ejemplo, en ciertos lugares son determinadas minorías étnicas como la población indígena las excluidas, lo cual obliga al intento de impactar con políticas inclusivas desde la primera infancia, para evitar la persistencia por generaciones de la condición de exclusión.

   Un caso paradigmático es el del Estado Plurinacional de Bolivia, estudiado y medido por UNICEF y Naciones Unidas1, que demostró el nivel de atraso y exclusión de su población. Ya que sus índices de crecimiento pediátricos antes del 2006, año tras año, daban una determinada talla promedio lo cual alimentaba el sentido de que era el comportamiento “natural” del crecimiento de las etnias bolivianas e indígenas. Sin embargo, con la posterior implementación de políticas de inclusión social en general que garantizaron derechos básicos como una alimentación rica en nutrientes como la leche y la carne, más el acceso a vivienda y desarrollo educativo sostenido; en los años subsiguientes se verificó un crecimiento significativo en las tallas de los y las infantes, de entre 5 a 10 cm en muchísimos casos.

   En los países occidentales sub desarrollados, como el caso de Argentina, el riesgo de exclusión, en sus formas de abandono precoz, o de fracaso sistemático de los sistemas educativo y de salud, se da principalmente no sólo entre las comunidades originarias; sino también, en un creciente número dentro de la población económicamente más vulnerable. A datos de hoy2, según estimaciones, en el 2° trimestre de 2020 la proporción de población en situación de pobreza habría llegado a un piso de 47,2%, mientras que el 13,6% de la población se encontraría en situación de indigencia.

Enfoque y postulados de actuación

   La diferencia más importante, como decíamos, entre los movimientos por la integración y la inclusión educativa radicó en los postulados de ambos y en el enfoque que tienen en sus prácticas.

   Cuando nos paramos en la línea de la integración educativa e intentamos dirigir el esfuerzo hacia la integración del estudiantado con discapacidad, el enfoque de nuestras acciones se centra en dicho sector y en los modos de facilitar su acceso a la escuela regular. En el marco de la integración el enfoque es adaptativo, en el sentido de buscar las formas (apoyos) mediante las cuales dichas personas puedan acceder del modo más normalizado posible al sistema educativo.

   La inclusión educativa supuso un importante cambio en dicho enfoque, cuando trabajamos desde el paradigma inclusivo nuestras acciones no se focalizan en el estudiantado con discapacidad, la focalización se encuentra en el propio centro educativo y en su funcionamiento. El primer objetivo de todo proceso de inclusión es detectar los cambios que deben producirse en el centro educativo, con la finalidad de que reúna las condiciones necesarias para atender a todo el estudiantado.

Signo y no síntoma moderno

   Pensemos una forma de explicar este “signo” de nuestra época marcada por la convulsión social en el mundo. En el que cada vez más pueblos reclaman el reconocimiento de derechos y, en base a ello, los sistemas políticos están dando cada vez más lugar a discusiones en torno a modelos que incluyen (valga la redundancia) en sus legislaciones, conceptos que tienen que ver con la inclusión. En primer término, como reflejo de las necesidades cada vez más visibles y a raíz del reflote de nociones sobre el cuerpo, nos encontramos con nuevas prácticas sociales más inclusivas dentro de las instituciones de la “sociedad civil”.

   Una sociedad que se dirime hoy día entre la importancia de la apariencia exterior (Porzecanski, 2008) de las corporeidades, la presentación pública del cuerpo y la visión del otro acerca de la propia imagen. Sujetos sociales que dentro de la comunidad se preocupan y ponen mucho énfasis en su aspecto, forma y “figura”, en donde el cuidado del cuerpo es con fines estéticos. Algo que tampoco es nuevo, si tenemos en cuenta los modelos y objetivos de la Paideia griega.

    Por eso nuestro propósito debe ser remarcar y exponer cómo los “dispositivos de poder” (Foucault, 1984) se articulan directamente sobre nuestros cuerpos, en situaciones cotidianas, preferencias, emociones y estilos de vida. La convivencia en nuestro espacio personal de fenómenos aparentemente separados como la estética, la medicina, la publicidad y otros dispositivos ideológicos, y su influencia en las normas culturales que promueven no sólo el consumismo y la búsqueda del ideal físico, sino también un disciplinamiento bien marcado y ajustado a la economía política imperante.

   Este tipo de “presentación pública” de cara a la sociedad, es una propuesta política básica a la hora de organizarnos para la supervivencia y “desarrollo” social. Un ejemplo es la mujer, que está metida en un mundo en el que constantemente es vista, analizada y objetivada por lo social, demarcando como debería ser y que forma – motricidad deberá adoptar, como una mercancía más. El cuidado del cuerpo es muy importante, pero no tanto por cuestiones de salud o de salud pública, sino más bien de “higiene ideológica”.

    De esta manera, muchas veces en las escuelas se ve un comportamiento de los niños y niñas hacia otros/as en forma de discriminación en general, y específicamente por “desfasajes” motores o constitutivos. Hacia aquellos o aquellas que padecen alguna enfermedad o discapacidad, por ejemplo, o a quienes no pueden ser parte de un grupo de pertenencia, por cuestiones como las mencionadas, por la contextura física no ajustada a los cánones o por no poseer un cuerpo “hegemónico”.

   Una vez planteada está cuestión nos lleva a reflexionar sobre lo que promueve estos compendios de ideas que internalizamos de alguna manera y se reflejan en nuestro lenguaje corporal. Y nos preguntamos: ¿es posible la individualización en una sociedad que pide a gritos más inclusión en cada pasillo de escuela, y pertenecer o tener un lugar en ella? ¿El alcance de la felicidad es a través del consumo de mercancías o de cuerpos idílicos y reales, o realmente esto será posible cuando lo sea para todos y todas?

Lo cierto que toda esta situación desnuda la “deuda de la democracia” con respecto a la falta de lugares accesibles y de accesibilidad en el amplio sentido del término. Infraestructuralmente hablando y también respecto a las oportunidades a las que terminan accediendo solo unos/as pocos/as, pero a esto, el statu quo le responde con más revistas y publicidad que promueve valores cada vez más individualistas y egoístas, y de “sálvese quien pueda”. No obstante, estamos quienes nos plantamos y decimos que nuestras respuestas en el lenguaje tradicional, y en el poco explorado mundo de lo corporal y expresivo debe ser, una y mil veces, muchas más acciones motrices de solidaridad. Mientras persistan los y las que busquen una felicidad a la que no todos ni todas van a tener acceso, el respeto por el otro que no posee las mismas cualidades ni es capaz de moverse como “debería”, o se encuentra en una situación de exclusión; nos veremos forzados y forzadas a estimular con más fuerza la práctica emancipatoria (respetando cada una de las particularidades) de construir nuevos significados desde el quehacer cotidiano. Estableciendo nuevos significantes a través del producto de nuestra motricidad y de las corporeidades que logremos sumar a pesar de cualquier contexto de exclusión.

1 Organización de las Naciones Unidas – O.N.U. – (2019). Documento de análisis sobre Primera Infancia. Encuesta de Primera Infancia 2018 (EPI 2018).

2 Universidad Católica Argentina – U. C. A. – (2020). POBREZA MÁS POBREZA: DETERIORO DE LAS CONDICIONES DE SUBSISTENCIA ECONÓMICA EN TIEMPOS DE PANDEMIA. Observatorio de la Deuda Social Argentina, ODSA.

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