Por Juan Cerdeiras

Lacan daba el ejemplo de «la bolsa o la vida» para ilustrar lo que es una elección forzada. Nadie quiere entregar su bolso a un ladrón, pero ¿de qué puede servirme mi bolso sino conservo mi vida? Salvando todas las distancias, creo que el COVID-19 nos pone como sociedad en un lugar similar. No tanto por la amenaza directa y el riesgo de vida para muchas personas (lo que lamentablemente no es una novedad) sino porque la situación expone como se extrema cada vez más el dilema entre sostener nuestra forma actual de vivir y producir, y nuestra posibilidad de constituir un conjunto social medianamente consistente. Cada vez más los países se acercan a un punto donde la alternativa de «frenar la economía totalmente» vs. continuar la circulación, ya no admite negociación. Por supuesto que esta situación «extorsiva» nadie la desea y las elecciones solo son forzadas en un entramado simbólico social determinado. La cuestión que afrontan los gobiernos, además, es doble: no solamente la elección en términos de la salud y las vidas en riesgo, sino también la decisión eminentemente ideológica entre el normal funcionamiento productivo y la “salud” en términos de la legitimidad de los propios sistemas políticos.

El problema (que no es tenido en cuenta por Lacan) es que en una «sociedad total», donde la producción social se organiza con premisas capitalistas, «la vida» y «la bolsa» están completamente imbricadas y no podemos dejar caer la segunda sin afectar la primera. Desde ya, esta es una reflexión pesimista, ya que no hay solución posible que conforme. Es un dilema ético que no debe ser confundido con la decisión biopolítica: ¿cuántos vamos a dejar morir por no parar la economía? Aquí las respuestas cínicas del estilo «en el mundo muere gente todos los días de enfermedades mucho peores» no satisfacen, porque ninguna de esas circunstancias “ordinarias” es capaz de hacer patente esta contradicción de modo tan claro.

Para lograr esto creo que es necesario pasar por alto las teorías de corte “conspirativo”. No porque no puedan ser ciertas, sino porque aun (y principalmente) cuando son ciertas, no son por eso verdaderas. Y con “verdadero” aquí me refiero a algo que permite, en una situación, abrir nuevas posibilidades, construir nuevas realidades atravesando los sentidos comunes establecidos. Una teoría es una explicación que puede ser cierta o no, y relativamente comprobable. Una verdad es un enunciado que implica una decisión, una apuesta sin garantías que revela sus efectos en el proceso de su despliegue, independientemente de si se ajusta o no a “los hechos”.

                Por ejemplo, una falencia de este tipo de teorías es la de atribuir al capitalismo una suerte de “voluntad maligna” que decidiría en algún lado por el funcionamiento del conjunto. No se tiene en cuenta así que el capitalismo es una realidad “acéfala” que se autorregula a la vez que se ataca a sí misma, que genera sus propias condiciones de destrucción y también las contiene. Algo así como un organismo que se infecta y se inmuniza siempre parcialmente, siempre mutando, pero según las mismas leyes básicas de reproducción. ¿Quiere decir esto que no es cierto que las farmacéuticas van a hacer un gran negocio a raíz del pánico; o que los estados van a imponer medidas excepcionales de control social y restricciones a las libertades como si fuera algo “normal”; o que esto no debe comprenderse en el marco geopolítico de la guerra comercial; o que los medios utilizaran esta coyuntura para tapar otras realidades? No, todo esto puede ser absolutamente cierto, pero no tendríamos que confundir las causas con las consecuencias, ni creer que la coincidencia de intereses particulares sea necesariamente una concertación voluntaria.

Es cierto que la puja de las potencias se va a montar sobre esta coyuntura, pero, en el largo o corto plazo, no comprendo que el mecanismo autónomo de valorización constante del capital gane demasiado frenando la producción, la circulación de mercancías y de personas. Por otro lado, es muy probable que esta situación sirva para generar medidas de control social destinadas a prevenir las movilizaciones de protesta que se registran últimamente en todo el globo en forma creciente. Pero eso no quiere decir que se haya creado un virus para cumplir ese objetivo. Esta pequeña diferencia me resulta importante porque a raíz de ella es posible pensar algunas de las características esenciales de este fenómeno llamado “coronavirus”. A veces es más productivo indagar en las premisas necesarias de aquello que está más a la vista, en lugar de buscar un sentido maligno oculto en las profundidades. Esa es una actitud mistificante, impropia de nuestra era científica. Tal vez sea más importante lo que se oculta a plena luz, el contenido que constituye la forma misma en la que las cosas se presentan y no aquel que proyectamos “por detrás”. Sencillamente porque esa manera “conspirativa” de pensar no hace más que confirmar nuestras propias fantasías, satisfacer nuestro deseo religioso de sentido total, y anular la posibilidad de actuar.

                Entonces vamos a encarar un pequeño recorrido, superficial pero no por ello menos crítico, del fenómeno tal cual se nos presenta. En primer lugar, retomemos lo dicho en el párrafo anterior para enfatizar el contenido oculto en la forma misma de las teorías de este estilo. El hecho mismo de que estas pseudo explicaciones surjan por doquier en estas circunstancias dan testimonio más cabalmente de nuestra actitud espontánea como sujetos ante lo desconocido, que de la forma en la cual el capitalismo realmente opera. Y aquí es necesario asumir una primera premisa frente a los hechos, y es que el coronavirus es “Real”. No solamente en el sentido de que no es un “invento de la prensa” e independientemente de las exageraciones mediáticas y gubernamentales (que atienden a múltiples condicionamientos), sino sobre todo en el sentido lacaniano de lo Real, es decir, de una emergencia contingente, azarosa, e incalculable de un elemento que irrumpe perturbando la consistencia de nuestro universo simbólico.

                Ante esta “emergencia”, la demanda de los sujetos de más control, explicación y sentido no solo se ven reflejadas en las exigencias puestas sobre los gobiernos y en los nuevos discursos “anti extranjero” que explotan el problema según la vieja fórmula del “chivo expiatorio”, sino también en estas teorías que, por más “de izquierda” que quieran ser, denotan la misma actitud básica: el temor a lo desconocido. Al punto de preferir postular la existencia de un poder omnisciente que todo lo controla antes de aceptar la idea de que “lo inesperado” también acontece, y que a veces las cosas se van resolviendo y comprendiendo a tientas, haciendo la experiencia de lo desconocido. En este sentido es interesante recordar que los primeros que comenzaron públicamente ridiculizando el impacto y circulando estas teorías fueron las nuevas derechas mundiales de corte neo-fascista, mientras que muchos movimientos de izquierda hacían hincapié en las falencias de los sistemas de salud y la necesidad de mayor intervención estatal. Alcanza con ver el desarrollo de la situación en EEUU para darnos cuenta lo equivocados que estaban.

Nuestra actitud básica debiera ser de una cierta distancia ingenua. Realmente no sabemos la magnitud de lo que ocurre ni su desarrollo futuro, pero la situación es lo suficientemente complicada como para entregarnos a la superstición, al miedo y a la irracionalidad. En este plano también debemos atender al límite de imposibilidad que implica esta demanda superyoica de seguridad y sus posibles consecuencias a largo plazo. No obstante que las situaciones extraordinarias requieren medidas extraordinarias es importante recordar que el problema es ético y no bio-político. Hay, en toda existencia, una instancia de caos y aleatoriedad imposible de conjurar y, tanto los planteos centrados en miradas evolutivas o en nuestra insignificancia como especies en la perspectiva cósmica, así como las demandas insaciables de seguridad y protección, con enfoques de consistencia puramente imaginaria.

Se impone también una actitud universalista. Si bien los conflictos de clase quedan más expuestas a cada momento y no pueden ser soslayados, ya que son el combustible ético necesario para dimensionar los hechos, tendríamos que pensar que lo que entra en crisis no es solamente un modo de producción sino todo un proyecto civilizatorio. Las principales consecuencias que podríamos llegar a ver luego de que pase este fenómeno serán probablemente más del orden de nuestra sustancia ética más elemental, y de nuestra existencia cultural y simbólica común, que de orden estrictamente económico. Esto se relaciona con un rasgo de este nuevo Real que es su universalidad. En cierto sentido el virus nos transporta nuevamente a un estado de indefensión casi primitivo, nos baja de un plumazo de nuestra infoesfera simbólica y de nuestra realidad digital para ponernos frente a frente con lo real de nuestra mera existencia corporal. Nuestras obsesiones post-humanas o tecnocapitalistas quedan cortas frente a un mecanismo bio-químico, carente de todo sentido por lo insignificante, simple y banal de su funcionamiento, sin embargo, aquí estamos intentando lidiar con ello.  Así que podríamos decir que este virus es un fenómeno muy “democrático” en tanto que apela a una dimensión transversal o, dicho de otro modo, común. Nos alerta y nos pone en guardia apelando a nuestra existencia comunitaria. Este hecho plantea otra pregunta. ¿Por qué la humanidad solo puede concebirse actuando de manera mancomunada y solidaria cuando se encuentra ante la amenaza de la muerte (el Amo Absoluto, diría Hegel)? ¿Cómo es posible que la gente solo logre adquirir cierta conciencia de la necesidad de la articulación de respuestas solidaria y colectivas únicamente cuando nos encontramos al borde del abismo, cara a cara con el desastre? Aquí solo dejaremos planteada esta pregunta que nos parece crucial desarrollar para intentar pensar las condiciones de una reaparición del proyecto comunista (sea o que sea que esto implique en el futuro) en una sociedad donde nuestra integración global como especie humana y como comunidad productiva nos hace cada vez más susceptibles a las catástrofes naturales, sin mencionar los estragos que nuestra organización mundial de la producción impone al medioambiente.

                A esta altura ya va quedando claro lo que queremos señalar, y es que esta situación global nos hace ver patente la imposibilidad creciente de convivencia entre el sistema capitalista de producción y el “bien común” en el sentido más prístino de la expresión. Ya ni siquiera hablamos de “comunismo” aquí, sino de una mínima capacidad de los estados para afrontar problemas que requieren de la actuación conjunta de una sociedad globalizada. La naturaleza misma del lazo social capitalista se hace evidente cuando observamos las medidas a veces extremas (pero no obstante necesarias) que los estados deben llevar a cabo para paliar el problema. La falta de cooperación global de los estados encerrados en sus especulaciones políticas locales, el uso necesario de la fuerza para el control de la población y los problemas que genera “paralizar” un país en la economía global dan cuenta de la fuerza destructiva que generan la división internacional del trabajo, la ideología de las libertades y derechos individuales basada en la primacía del interés particular por sobre el interés general, la contradicción entre producción social y apropiación privada, además de muchas otras. Nótese al respecto que son los países que tienen alguna tradición socialista en su historia reciente los que mejor están logrando contener el fenómeno.

                Me gustaría abordar también el tema del “pánico”. Si bien es necesario ser realistas y no ceder a los intereses mediáticos de sembrar un terror innecesario en el público, también creo que debemos entender que no es sencillo no entrar en cierta sensación de desconcierto ante la situación actual. Como dijimos más arriba, si estamos efectivamente cursando un momento de emergencia de lo Real, es natural que una de las reacciones sea el miedo. Notemos también que no es solo la gente la que está en pánico, todo el sistema entró conjuntamente en un estado de alerta, empezando por los gobiernos, que temen quedar en evidencia como lo que son: gestores relativamente ineficientes del capital y sujetos humanos que enferman igual que cualquier mortal. Si bien no es justificado el pánico por un variante de gripe, con baja mortalidad, que probablemente se controle sola a medida que se disemine y se generen anticuerpos naturalmente; si bien es necesario actuar, ya que al no haber vacunas se esparce muy rápidamente y los sistemas de salud pueden colapsar; si bien podemos relativizar el impacto entendiendo que es algo corriente que se registren muchas muertes por variantes de gripe tradicionales, esto no cubre las verdaderas razones para tener miedo. Creo que hay un “pánico” legítimo o un temor necesario y productivo en empezar a darnos cuenta las inconsistencias sistémicas planteadas más arriba. ¿No estamos tal vez ante una oportunidad para darnos cuenta que no es “normal” que la gente se muera -en la cantidad que sea- por enfermedades ligeras como la gripe por no haber vacunas o por guardias colapsadas? ¿No puede servirnos esto como advertencia de las consecuencias nefastas de la intromisión de la lógica capitalista en ámbitos como el de los servicios sanitarios o la producción de alimentos? ¿No es lícito “temer” lo que pueda pasarle a este mundo cuando vemos lo que Europa debe hacer para contener “una gripe”? ¿No es razonable temer cuando vemos que el gobierno está dispuesto a dejar morir a algunos con tal de no “suspender la producción” por unos días? ¿No es atinado preguntarse a costa de quien se recuperará el capitalismo global de este “parate” momentáneo?

La famosa doctrina del shock expone como los gobiernos utilizan los períodos de crisis para obtener nuevos consensos y aplicar medidas extraordinarias que luego se propagan en el tiempo. Nuestra inquietud es pensar si esta teoría no puede tener una vertiente “de izquierdas”; por ejemplo, en nuestro país, en lo que respecta al control de precios, el abastecimiento de alimentos, la economía de cuidados y la salud privada, hay mucho por hacer. Todos recordamos lo que era viajar en avión antes de Septiembre de 2001, luego los aeropuertos nunca han vuelto a ser iguales. Algo similar sucederá con este virus, esperemos que las consecuencias sean algo más alentadoras que expendedoras de alcohol en gel en el transporte público. Sabemos que está lejos de cualquier ideal, pero intentamos trabajar sobre lo que tenemos y no sobre ideales abstractos, como dijo Machado, “no hay camino, se hace camino al andar”, y estamos andando.

Me voy a permitir entonces, antes de concluir, aventurar algunos pronósticos sobre cuáles pueden ser algunos de los caminos que se pueden abrir en el futuro cercano y sobre cómo podríamos recorrerlos como humanidad. Creo, y espero, que la principal novedad que va a dejar este brote cuando ceda va a ser un claro aumento de nuestra conciencia común acerca de las debilidades de nuestra forma de organización social, pero también de nuestras fortalezas y de los nuevos objetivos que debemos plantearnos en torno a lo Común. Afortunadamente, esta pandemia nos agarra en un momento donde el desarrollo de nuestra sociedad moderna, técnica y científica, ha llegado a niveles asombrosos. Independientemente de lo que esto signifique para diversas posturas críticas (anti-capitalistas o no) creo que es un consenso establecido, y que, con el correcto enfoque de las cosas, es un basamento sobre el cual nuevos consensos pueden ser establecidos. Me refiero a las capacidades técnicas para coordinar respuestas a nivel mundial, organizar la atención de la salud y pensar en acciones colectivas tendientes a fomentar la cooperación social y el cuidado mutuo. Es una de esas bellas paradojas del capitalismo, que a la vez que nos destruye nos da las herramientas para trabajar mancomunadamente por su superación.

 Sin embargo, me siento obligado también al pesimismo. La oportunidad de relanzarnos como sociedad, implica aceptar que la formula política del liberalismo esta definitivamente acabada. Desde sus premisas culturales hasta sus métodos económicos están caducos. No a causa del coronavirus, sin duda esto viene de ya mucho antes. Pero la apuesta es que ahora estamos en condiciones de volvernos conscientes de ello a un nivel masivo. El problema con esta crisis sistémica se presenta cuando nos preguntamos por lo que está en condiciones de sobrevenir a ella y aquí es donde veo el peligro.

Es muy posible vislumbrar un ascenso y consolidación de las nuevas derechas neo-fascistas o populistas (elijan la expresión que les plazca) a raíz de una serie de simplificaciones del estilo: “esto es culpa de la avaricia de las empresas”, “la corrupción e ineficiencia de los políticos”, “la libre circulación de inmigrantes”. Es posible que (como dice Zizek) este sea un golpe de gracia para el sistema. Pero no para el sistema capitalista en sí, sino para la configuración ideológico-política dominante. Posiblemente estemos ante el final de la «vía moderada» del progresismo liberal europeo o el partido demócrata en su «versión Obama – Clinton». Será de gran importancia leer bien cada coyuntura, porque el mismo temblor que puede cargarse a un gobierno como el de Macron o Sánchez puede también condenar a Trump o impulsar la candidatura de Sanders (si no es que ya es demasiado tarde) o al menos al movimiento político que representa. Pero es central que pensemos que vamos a un mundo diferente, de extremos cada vez más definidos. No será ocasión de buscar salidas «moderadas» o «consensuadas». La polarización tan mentada entre el capital asiático y occidental va a mostrar nuevos rostros. De cómo se definan esos extremos y de la batalla cultural que se desarrolle para enfrentar un consenso reaccionario dependerá el futuro de un proyecto de emancipación a nivel global. Habrá, sin lugar a dudas, una oportunidad para ensayar acciones contundentes, novedosas y muchas veces tildadas de “imposibles”. Es necesario aprovecharlas, será nuestro “shock de izquierdas”.

Un comentario en «La elección forzada: ¿Es posible un “shock” de izquierda?»
  1. El escrito es aclaratorio del momento que estamos viviendo.
    Reviste importancia poder realizar una lectura del momento actual y socializar lo
    Estoy agradecida por tu generosidad

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