Por Juan Cerdeiras

Hubo en la Argentina un gran mago. Su nombre era René Lavand, algunos quizás lo recuerden, no sólo por el atractivo de sus demostraciones sino por una característica muy particular que lo destacaba. René era manco, y con una sola mano hacía trucos increíbles. Pero no solo eso, sino que lo hacía de una forma muy provocativa, permitía que todos se acercaran y vieran, hacía todo muy despacio con su única mano y luego de terminar el juego decía socarronamente a su audiencia, que se revolvía los sesos intentando descifrar el pase mágico: no se puede hacer más lento.

Creo que esta es una metáfora perfecta de la situación mundial como efecto del covid-19. Un mundo convulsionado por la emergencia de un virus que pone de relieve todas las contradicciones e injusticias de nuestro modo de vida, una audiencia absorta mirando y discutiendo todo lo que sucede, y un capitalismo que lleva adelante una y otra vez el mismo truco, aun cuando sus ejecutores están cada vez más mancos. No se puede hacer más lento.

Una pandemia azota al mundo y aquellos que nos gobiernan tienen que tomar la terrible decisión entre cuidar la salud y cuidar la economía. Cuidar la salud implica gastos que no pueden realizarse si la economía no funciona, porque toda la autonomía y capacidad de acción de nuestras instituciones políticas dependen de la voluntad de empresarios y políticos de extraer dinero del producto bruto por la vía de los impuestos. Dinero que no podemos extraer en tanto la fuerza de trabajo está paralizada y por lo tanto los empresarios no ganan dinero. Para producir dinero es necesario arriesgar la salud. No se puede hacer más lento.

Por otra parte vemos mucha gente en muchos lugares del mundo que empieza a pedir su derecho a trabajar para subsistir y ataca a los gobiernos que intentan protegerla como si estos tuvieran la intención de matarlos de hambre. Se llega a una situación en que la misma gente, forzada a elegir entre vivir o conseguir dinero, se vuelve en contra de las medidas sanitarias de aislamiento diciendo que su libertad se ve vulnerada. Así, los gobiernos que hacen los mínimos esfuerzos por proteger la salud aparecen como villanos y la gente se pone del lado de la libertad. La libertad para salir a buscar trabajo y/o morir en el intento. Trabajar para no morir o morir por ir a trabajar. Mientras tanto “la mano invisible” que obliga a esta elección permanece incuestionada. No se puede hacer más lento.

En la Argentina, por ejemplo, el Estado intercede y ayuda económicamente a las empresas y a la gente para que no tengan que hacer esta elección extorsiva. Pero para eso necesita dinero, que no tiene, porque no se está produciendo y porque se está negociando un pago considerable de deuda pública tomada para garantizar el enriquecimiento de los empresarios. Entonces se plantea la posibilidad de cobrar, por única vez, un módico aporte solidario a los grandes tenedores de fortunas del país. Al mismo tiempo, se les ofrece a las empresas que producen esas fortunas ayuda estatal para pagar salarios y que la gente no tenga que salir a morir trabajando para no morir por no trabajar. Pero el Estado piensa que sería bueno poder participar de las acciones de esas empresas a las cuales les aporta capital para que sigan produciendo; de la misma manera que esas empresas “participan de las acciones del Estado” cuando compran la deuda que este emite para comprar dólares y fugar divisas al exterior, deuda que luego exigen les sea pagada, con buenos intereses. No se puede hacer más lento.

Entonces las grandes empresas, que supuestamente necesitaban ayuda para pagar salarios, prefieren no aceptar la ayuda del Estado. Luego resulta que “apoyan la negociación de la deuda” y ahora el Estado ya no considera tan necesario cobrar un impuesto a las grandes fortunas, pero le parece aceptable que algunas actividades vuelvan al trabajo, aumentando así los enfermos por el virus del covid-trabajar. No se puede hacer más lento.

La dificultad que representa hoy en día cobrar un impuesto a las grandes fortunas, o promulgar y hacer respetar leyes que prohíban los despidos o restrinjan las ganancias empresarias, ¿no son acaso evidentes? ¿no es de algún modo inevitable llegar a la conclusión obvia de que debe haber un fuerte control político sobre la actividad económica? ¿Cómo es posible que sepamos todo esto y aún así perdamos tanto tiempo en discutir “los problemas de la pandemia”? ¿Cómo es posible que sea tan claro el juego y aun así nos resulte imposible actuar? Es probable que no nos estemos haciendo las preguntas correctas.

Cualquier manual para magos aficionados se remonta en última instancia a la misma consigna. Se trata de incorporar al espectador al juego. Se trata de motivar la curiosidad del espectador y orientarla hacia donde el mago quiere. Llevarlo a resolver un problema que no existe. Si el participante pregunta, ¿cómo es posible que haya adivinado mi carta? Lo más probable es que nunca hayamos hecho ninguna elección en absoluto, y que nuestra elección haya estado direccionada desde un principio. Todo engaño, para ser efectivo, requiere no solo de la complicidad del engañado, sino también (y esto es mucho peor) de la ignorancia acerca de cómo se da esa complicidad. Esta es la auténtica magia detrás de la magia, ¿cómo es posible que, a pesar de saber que soy engañado, el truco aún tenga efecto? No se trata de que haya un deseo de ser engañado, ni siquiera uno de carácter inconsciente. Esto sería todavía demasiado obvio.  El problema se encuentra en que no somos conscientes de nuestra propia participación en el juego. Cuando buscamos desde un lugar exterior la acción del otro para confundirnos, perdemos lo esencial. Nuestras acciones y nuestras sospechas son parte del juego desde el comienzo. No hay tal cosa como la magia. La mayoría de los trucos se explican fácilmente y suelen ser muy decepcionantes.

Esto explica también la emergencia, afortunadamente minoritaria (aún) de los nuevos libertarios posmodernos, que alegan todo tipo de conspiraciones absurdas. Estos sujetos que creen que saben no resisten ninguna prueba, no pueden hilar dos oraciones coherentes y esto no solamente porque tienen el cerebro freído por la dictadura de la pos-verdad y la sociedad de la hiperinformación. Estas posiciones de supuesto saber acerca de los trucos del poder son de lo más paradójicas. A pesar de ser denuncias permanentes del engaño, en realidad son las que más contribuyen a sostenerlo. Porque finalmente requieren siempre de la fantasía de una figura antagonista y todopoderosa que los sostiene como sujetos en su lucha por la “libertad”. Estas posiciones son, en el fondo, las que más temen descubrir la verdad. El Rey está desnudo, no hay tal poder, sino sólo una cohorte mafiosa de políticos y empresarios cada vez más y más improvisada y preocupada por mantenernos interesados en sus problemas.

Nada hay más decepcionante que enterarse del funcionamiento de los mecanismos del engaño. Esto suele resultar en una pérdida completa del interés, mostrando que lo único que hacia interesante al juego era nuestro deseo de saber y no el secreto en sí mismo. No había, en realidad, ninguna trampa, solo era que no sabíamos dónde mirar o que preguntas hacer.

Entonces, ¿qué actitud tendríamos que tomar ante circunstancias como estas? Sencillamente, debiéramos aceptar las apariencias como lo que son y dirigir nuestra atención a lo que es realmente importante, nuestro lugar en el juego. ¿Cómo es posible que aceptemos una situación que sabemos que es imposible? Deberíamos insistir menos en buscar las explicaciones últimas de todas las cosas y arriesgar un gesto de ruptura radical. Tenemos que ser capaces de inventar nuestro propio juego, de hacer nuestras propias preguntas, nuestras propias decisiones y alternativas. La situación actual es desesperante, pero no solo para nosotros sino también para los maestros ilusionistas. Cada vez quedan menos trucos y el espectáculo ya resulta un tanto repetitivo.

Argentina se encuentra endeudada con grandes fondos privados de inversión y con el FMI y está llevando a cabo una negociación de esa deuda para no poner en riesgo la sostenibilidad de los pagos a costa de los intereses de las mayorías. Entonces, la Argentina debe mostrarse capaz de honrar sus deudas, para lo cual debe garantizar que su economía será capaz de producir un excedente suficiente para afrontar esos pagos, esto se llama superávit fiscal. Para producir ese excedente es necesario que la fuerza de trabajo pueda estar empleada, produzca y consuma. Pero eso implica arriesgar la salud de la gente. Entonces el Estado, si quiere cuidar la salud de la gente y la productividad de su economía, debe gastar dinero y tener déficit fiscal. Pero al tener déficit fiscal la capacidad de pago de la deuda se ve comprometida. Entonces el Estado debe gastar dinero que no tiene para que las empresas puedan seguir produciendo dinero para pagar las deudas.

 Para no tener déficit fiscal debe cobrar impuestos, pero como no se produce, sólo puede cobrar impuestos a los ricos, que ya tienen su riqueza. Pero si cobra impuestos a los ricos, entonces los ricos se irán con su dinero a otro lado.

Un comentario en «La magia del capitalismo: no se puede hacer más lento»

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *