Por Matías Castillo

Hoy las miradas, las acciones, los intereses político económicos y sociales están puestos en la pandemia que se esparce por el mundo, el temido Covid-19. Sin entrar en detalles que son de público conocimiento, una parte de ese temor es bien fundada aunque la mayor parte tiene que ver con el tratamiento multimediático y el excesivo bombardeo y sobresaturación de dispositivos de información.

Resulta sobrecogedor y morboso ver compartidas hora tras hora, las cifras y su crecimiento; los programas “especiales” sobre los pormenores intrahospitalarios y hasta imágenes sobre la compra de ataúdes junto con mensajes de audio de los crematorios. Pero lo cierto es que el temor está inoculado, de modo que la “cuarentena mental” ya pasea campante por el sentido común colectivo.

Para hablar un poco sobre la parte de la pandemia “que no se ve”, vamos a poner el zoom y centrarnos en un lugar, a modo de ejemplo. Reduzcámoslo a nuestro continente, a Sudamérica, más específicamente nuestro país y desde allí, la Provincia de Buenos Aires.

En este momento crítico, de incertidumbre, es donde vemos al primer mandatario anunciar medidas, dar notas y ponernos a todos atentos. A los medios concentrados en el Puente Pueyrredón y Panamericana esperando aquél “idiota” que violase la cuarentena. Aquellos “vivos” de las fuerzas de seguridad, practicando ejercicios tácticos represivos con quien ose andar caminando por la calle de los barrios más carenciados; y al mismo tiempo las mismas fuerzas represivas insultadas y prepoteadas por el “cheto” que viene en la BMW. Dos situaciones de amplio repudio.

En fin, muchas realidades juntas pero sigamos haciendo zoom hasta llegar a los y las empleadas de comercio.

Casi todos y todas tenemos ese familiar, amigo o pareja que trabaja en un súper, un híper o un shopping, y sabemos cómo es siempre aquella situación. Si no es la epidemia del neoliberalismo que nos agotan las fuerzas a puro ajuste y reducción de salario, son las pandemias como la que se vive con el coronavirus. Y son, siempre rehenes del qué va pasar; de los empleadores que a pesar de todo, siempre ganan.

Durante los últimos cuatro años, tuvieron reducción de personal, de horas, suspensiones, cesanteos, contratos basura, bajas paritarias ante la alta inflación, y el famoso y lapidario “chau”, convirtiéndoles en algo así como un multi-trabajador. Y el que tenía la suerte de seguir, se encontraba el siguiente consejo: “aguantátela porque no hay trabajo”, “aguantá que al menos no te echaron, aguantá”. Esta especulación del sistema en la que se generan miles de trabajadores “de reserva”, todo un ejército; como decía Marx, para que los explotadores del trabajo humano pudieran negociar los salarios y condiciones que más les convengan, con el ardid de la coacción respecto de la disponibilidad de tantos otros trabajadores.

Mientras ellos los de arriba, no aguantaban la pérdida de un centavo, no les costaba nada recuperarlo con una cabeza más fuera de su empresa, echando alguna cajera o bajando la cantidad de horas de aquél repositor.

Hoy sigue pasando algo similar, con todo lo mencionado anteriormente más la pandemia desatada. Las y los empleados de comercio están en la misma situación de sometimiento. Como en cada Gobierno, el campo libre para estas empresas, que son las que jamás perdieron, recae por completo sobre las condiciones laborales. Hoy los supermercados son el abastecimiento del pueblo, pero como con casi todas las medidas los empresarios del rubro otra vez, les encontraron la forma de exprimirles el jugo.

Si la medida del Gobierno es cerrar a la 20hs acatan la medida, pero 2 horas de ninguna manera les van a representar pérdidas. Y deciden abrir a las 7 en lugar de las 9 AM. Si los precios retroceden al 15 de Febrero, se ponen “picaros” y los retroceden al 6 de Marzo.

Es verdad que la preocupación para la mayoría de trabajadores y trabajadoras del sector es el cliente, más no para el empresariado, que lo viene haciendo esperar en grandes hileras por fuera de los comercios. Sin una sola medida en torno a la preservación de la salud de la gente, tanto de la empresa como público en general. En lugar de establecer mayor inversión en el sistema de venta y reparto online, con las medidas de salubridad y controles de calidad necesarios. Así sean 10, 50 o 500 todos y todas adentro, permiten que se hacinen como pollos en galpones. Hacen trabajar 10 o más horas a esta especie de súbditos y súbditas, sin ningún tipo de contemplación y con la ausencia total de la inspección competente, la cobertura mediática, ni muchos menos la delegación sindical correspondiente.

Y ahí están ellas y ellos. Yanina, madre de 2 nenas y esposa, cajera de la sucursal Ciudadela de COTO. Preocupada por la exposición que tiene, por la falta de cuidado por parte de la empresa; sin barbijos o guantes, ni siquiera alcohol en gel, atendiendo casi 200 personas por día. Y que al finalizar sus convenidas 6 horas, ve llegar a su supervisor (otro trabajador como ella) que le dice quedate 2 horas más por favor.

Yanina piensa en sus nenas y su esposo, en el control que le va a hacer la policía en la calle, en que debe llegar a casa y lejos de descansar, seguir con el protocolo de higiene recomendado pero también con el protocolo de la vida diaria de una mujer como tantas otras. Muchas veces sin poder darles un abrazo ni besos a sus hijas. Bañada de indignidad y desprotegida por todos lados; por su patrón, su sindicato, sintiendo la impotencia en carne propia por no saber qué hacer.

¿Por qué? “Porque la cosa está fea” Si no conserva este “privilegio” y no hace aquello ¿Podrá volver a conseguir trabajo? Si la echan ¿Cómo hace? ¿Y si es ella el único sostén económico de su casa?

También está Brian, repositor de 20 años. Que vive en Moreno pero su lugar de trabajo es el Once. Hijo de Doña Sara, que lamentablemente padece de un problema inmunológico. Brian viaja y trabaja con la preocupación como mochila, sabe que está en contacto con gente sin protección. Aturdido por las quejas de los clientes, y su jefe que le dice que tendrá que trabajar unas horas más, y además, tal vez no tenga franco por la desmedida demanda. No le queda otra que buscar una solución, una ayuda o algo; pero nadie lo entiende lamentablemente, es “la que le tocó” se ha dicho a sí mismo. Como respuestas, encuentra retos, maltratos y frases como “hay que trabajar o te van a echar si decís algo”. Imaginarán como llega Brian a su casa, a cuidar de su madre “lo más que se pueda”, aunque él sabe lo difícil que esto es cuando a él nadie lo cuida.

Jonathan de 48 años, padre de dos y esposo, es carnicero en la sucursal de Barracas, vive en Ezpeleta. Sale todos los días 3 horas antes para trabajar, porque en el camino hay demoras por un control policial. El “Jony” se ríe para evitar la bronca y se pregunta: ¿tantos policías, funcionarios y medios para cubrir un control en un puente? Bastaba tal vez con algunos policías. Ayer, al empezar a trabajar, se entera por medio de sus compañeros que a Rocío, la panadera del sector de al lado, le ordenaron cuarentena porque tenía síntomas de lo que podría ser el virus. Se alarma, pero más se preocupa por su compañera. Al mismo tiempo que abre su sector y ve correr aproximadamente 15 personas para sacar número y hacer fila en su mostrador, piensa que esta semana no tuvieron su día libre.

Hablaba mucho con Rocío. Por más que ambos cuidaban su higiene y las de su materiales de trabajo, se apoyaron en el mismo mostrador; ella toco la puerta del comedor, la mesa, estuvo en el mismo vestuario en el que las demás compañeras estuvieron y al enterarse de esto, no pudo ver ningún protocolo o dispositivo de cuidado ni esterilización. Nadie le explicó nada, todas las autoridades permanecen en silencio.

Mientras Jonathan luego de 9 horas de trabajo emprende el regreso a su casa preocupado, se vuelve a retrasar por un control en otro puente, ésta vez no le queda más que reír, en ciernes, sabe que el control no está donde debería. Pero los medios no están transmitiendo allí donde realmente faltó el control. Porque el Estado en definitiva, al no controlar, regularizó como “normales” las condiciones de él, de Yanina, de Brian. ¿Dónde quedaron aquellos que alzaban sus manos al canto de “compañeros”, cuándo fue momento de afiliar o para ciertas elecciones fraudulentas?

A los y las empleadas de comercio se les otorgo un bono en comestibles de $5000, pero nos preguntamos ¿La Salud de Yanina, Brian y Jonathan están aseguradas con un bono? Si los aplaudimos la otra noche e incluso algunos, los llamamos héroes anónimos también ¿Por qué siguen pagando el boleto y no viajan gratis como las fuerzas de seguridad o ahora el personal de salud? ¿Qué acaso comer e higienizarse no son necesidades indispensables en esta crisis?

En “el fin del país de los vivos” de Alberto, en esa categoría de “vivos” ¿Entrarán también estos empresarios, o aquellos de la Patria Contratista o Techint? ¿Cuál es el verdadero papel que les toca en el “pacto Social”? ¿Hasta cuándo el sacrificio de la mayoría para el beneficio de esos pocos?

Muchas preguntas en medio de esta agudización ya de años de una lucha insoslayable, que hoy más que nunca está a flor de piel. Ojalá seamos capaces de hacernos de conciencia y organizarnos fuerte para que no nos lleven puestos NUNCA MÁS.

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