Hace tres semanas, las calles de Lima fueron decisivas para remover el parlamento peruano, aunque no radicalmente. El asesinato de Inti Sotelo y Bryan Pintado, dos jóvenes estudiantes de 24 y 22 años de edad respectivamente, a manos de la policía durante las movilizaciones del último sábado, ha causado una indignación enorme. De la misma manera sucedió con los desaparecidos, quienes poco a poco fueron apareciendo. El silencio sepulcral respecto al lugar donde estuvieron fue interrumpido el 17 de noviembre, gracias al testimonio de un joven que apareció después de tres días: fue secuestrado y agredido por la policía de inteligencia. La rabia ante la represión de las fuerzas del orden en la noche del sábado logró activar un cacerolazo en distintos distritos de la ciudad. Algunos noticieros, que anteriormente habían invisibilizado la protesta, luego de los asesinatos ponían en el centro de atención lo que sucedía en Lima. Pero para aclarar mejor el panorama, veamos de dónde surge esa indignación (política) y cuáles son algunos puntos problemáticos que deben ser discutidos si se desea exceder la coyuntura.

El desencanto con una clase política

Las peripecias al interior del parlamento peruano hace tres semanas surgieron a raíz de la vacancia del expresidente Martín Vizcarra. El descontento y el malestar ante la clase política que estimuló y respaldó su salida fue el caldo de cultivo de los primeros días de movilizaciones en el Perú, el mismo lunes 9 de noviembre a horas de la noche, minutos después de que se conociera la noticia. Así como en octubre del año pasado Vizcarra fue respaldado por una gran mayoría de la población cuando disolvió el congreso –cuyo acto se insertaba en el imaginario peruano como parte del proceso de “lucha contra la corrupción”– aquel lunes gran parte de los manifestantes coreaban el “retorno de la democracia”, como si la mejor salida hubiera sido la restitución del exmandatario. Si bien se le ha reclamado a él de uno de los peores manejos de la pandemia, así como también del rescate económico a grandes empresas nacionales, su popularidad, cosechada antes y durante la pandemia, le jugó a su favor. Volviendo a lo anterior, la vacancia presidencial fue consecuencia de un golpe de estado, específicamente de lo que se considera un golpe blando. Entonces, ante el desierto presidencial, Manuel Merino fue quien lo sucedió gracias a quienes respaldaron dicha vacancia, entre los que se encuentran congresistas de bancadas de derechas, como Fuerza Popular, Acción Popular o Unión por el Perú, e incluso algunos partidarios izquierdistas del Frente Amplio. Los que votaron en contra tampoco eran los “moralmente” correctos, sino que representaban un liberalismo conciliador, donde resaltaba el Partido Morado, una suerte de depurador y aglutinador de excongresistas de las bancadas anteriormente mencionadas que apoyaron la vacancia, además de otros parlamentarios. De este modo, el desencanto no era solo con Manuel Merino, sino también con todos aquellos que habían permitido su llegada al sillón presidencial.

Sobre el factor político de las movilizaciones

Del martes 10 en adelante, con la noticia del vacío presidencial, la gente salió a las calles a manifestarse en diversas ciudades del país de manera interdiaria. El jueves 12 se aglutinó una enorme cantidad de personas en el centro de Lima, donde fueron llegando desde distintos distritos de la ciudad. La convocatoria ya estaba hecha, pero ese mismo día la indignación fue en aumento debido a que, al mediodía aproximadamente, Manuel Merino juramentó como nuevo presidente. La composición de la movilización de aquel jueves no era del todo homogénea ni articulada a una sola voz, sino que existían distintos matices, aunque se puede decir que una resaltaba: desde voces que solicitaban el retorno de Vizcarra, hasta ciertos colectivos que exigían una asamblea constituyente, la frase que resonaba con mayor claridad era la de “Merino no es mi presidente”. Los dictámenes del nuevo mandatario se volvieron palpables por medio de su ministro del Interior a través de la represión policial, donde se constataron varios heridos, entre los que se incluían reporteros y fotógrafos que cubrían la jornada de lucha. La circulación y difusión de esas imágenes por las redes sociales de la prensa alternativa, sumándose a ello las declaraciones despectivas de Merino sobre los jóvenes manifestantes explicando su presencia en las movilizaciones debido a “no contar con un trabajo” o a “haber suspendido sus estudios”, solo produjo un repudio mayor en la ciudadanía expectante.

El día sábado 14 de noviembre, una fecha clave e imborrable, se salió otra vez a las calles con una organización de la primera línea que hacía mucha falta desde sucesivas marchas anteriores. Las recomendaciones de defensa de parte de los amigos y amigas chilenas participantes en la revuelta popular del año pasado sirvieron de manera efectiva para hacer frente a la violencia policial. Sin embargo, la intensidad de esta no mermó, sino que se intensificó, dejando a dos estudiantes asesinados y varios heridos y desaparecidos en esa jornada nocturna, que incluso se prolongó hasta la madrugada, la cual tuvo como corolario la llegada de la primera línea al frontis del congreso, proeza no imaginada. Los medios cubrían dicha hazaña impensada, donde se apreciaba a los manifestantes sin ningún gesto violento, a la vez que se veía extrañamente pocos efectivos policiales en las afueras del parlamento. Sin embargo, minutos después, luego de un cambio en el objetivo de la toma televisiva que en ese instante se acercaba a cubrir un incendio aparentemente provocado por los manifestantes allí presentes (cuando más pareció una contrapropaganda de la policía de inteligencia, pues se constataba que todos estaban en el frontis), empezó la represión por medio de gases lacrimógenos. La policía, como quedó demostrado, solo defiende los intereses del estado pro capitalista.

Desde la renuncia de Merino el domingo 15 al mediodía aproximadamente, hasta la asunción en el mando de Francisco Sagasti como nuevo presidente el martes 17, pasando por el rechazo del congreso a la candidatura presidencial de Rocío Silva-Santisteban, el parlamento se ha reacomodado en la superficie con el fin de cubrir el nuevo vacío de poder que aparecía una vez más y para mantener estable a la derecha liberal. En ese sentido, la cantidad de manifestantes ha disminuido debido a que cierta parte de ellos solo tenía como consigna última la salida de Merino. Ahora los “demócratas” están tranquilos con la llegada de un presidente elegido entre los que votaron en contra de la vacancia, como si su “no” los posicionara como los “moralmente correctos” para las decisiones políticas. ¿Es que acaso no se deja relucir que el problema de fondo es la constitución, la cual concibe las formas políticas que han producido (y producirán, de seguro) aquellas “crisis institucionales”? Mientras se siga defendiendo y normalizando el marco constitucional peruano que permite estos golpes de estado y depone presidentes a su antojo, la “crisis institucional” siempre va a existir.

Apropiarse de la coyuntura

Retomando la reflexión sobre las protestas de la última semana, si bien tuvieron un matiz netamente coyuntural, también ellas dejan en relieve el trabajo articulado de varios frentes al interior del movimiento. Artistas, skaters y miembros de barras bravas, quienes habían sido considerados erróneamente de “apolíticos”, se encontraban ahora en la primera fila. Acompañándolos en todo momento se encontraban las brigadas médicas, cuya función era la de atender a los heridos por la represión. Asimismo, de manera desinteresada, abogados voluntarios se sumaron para el apoyo legal con los jóvenes detenidos en las marchas. Así, la unidad alrededor de una sola consigna iba materializándose poco a poco. Del mismo modo, la política (parlamentaria) tomó importancia, aunque, lo repetimos, solo coyunturalmente. Siendo realistas, sabíamos que el matiz de lucha no se iba a asemejar al de los sucesos chilenos, pese a que los primeros días lo aparentaban. Sin embargo, tampoco se debe caer en el pesimismo de siempre. Lo vislumbrado en distintas ciudades del país puede ser la fuerza propulsora para reactivar una política nacional-popular que acoja a los diversos agentes dejados de vista por el estado. Las consignas que excedían el reclamo de la vacancia presidencial eran las que daban en el blanco: un proceso constituyente que remueva las formas políticas neoliberales que se asentaron desde los 90 hasta la actualidad. ¿Seguiremos pensando que el único objetivo es la depuración de la corrupción, manteniendo intacta las mismas reglas del juego político? Si se deja indemne la estructura política que posibilita y reproduce la subjetividad neoliberal, como es la constitución fujimorista del 93, las movilizaciones habrán sido en vano. La politización del malestar es una tarea pendiente para las izquierdas si se quiere exceder la coyuntura.

Así, las demandas no deben mantenerse en la exigencia de una “estabilidad de la democracia” (neoliberal), sino en redireccionar el descontento frente a las políticas neoliberales en salidas afirmativas que estimulen la consolidación de lo común con el fin de replantear horizontes ideológico-políticos aceptados tácitamente, como es el caso de la privatización de la educación y la salud, así como también la falta de oportunidades laborales y las condiciones económicas que la rodean. De este modo, y tomando como eje programático las exigencias populares, se podrá concebir un proyecto de izquierda radical, en una suerte de contrahegemonía frente al discurso capitalista que pretende despolitizar a la nueva generación. Sin embargo, movilizaciones como las de la semana pasada han demostrado que esa prédica neoliberal no se ha asentado del todo en la subjetividad juvenil peruana y que, al contrario, la chispa ya ronda en la pradera.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *