por Luis Cuello

El genial filósofo Alemán Immanuel Kant se pregunta en un texto sobre filosofía de la historia si el género humano se haya en constante progreso hacia lo mejor. Luego de pasar revista por tres concepciones del porvenir del género humano (la visión “terrorista” de que vamos en constante retroceso, la “Eudemonista” que afirma que vamos progresando hacia lo mejor, es decir hacia la felicidad plena, y la “abderitista”, que cree que la humanidad va a quedar estancada en la actualidad, ni mejor, ni peor) llega a la conclusión de que necesitamos un acontecimiento que nos permita inferir el progreso hacia lo mejor. Necesitamos lo que Kant llama “un signo Histórico” que muestre que esta tendencia al progreso es en su totalidad, es decir, que no se trata de pueblo aislado. 

El autor de la Crítica de la Razón pura, a ese “signo” lo encuentra en esa “revolución de un pueblo pleno de espíritu” como lo fue la revolución “burguesa” (francesa) en Francia.

Para nosotres, les latinoamericanes de nuestra generación, ese signo histórico es la Revolución Bolivariana, proyecto que comienza en 1998 y que hoy todavía demuestra su carácter abierto, de posible y deseable transformación. Podríamos aclarar que es un segundo signo, ya que el primero fue la revolución cubana. Lo son ambas no sólo por los logros empíricos sociales, sino también (y gracias a ello) un avance en la conciencia del pueblo y la clase trabajadora, unas ansias de transformarnos a nosotres mismes, de asumir plenamente al enemigo imperialista y fundamentalmente el proyecto socialista como única salida de nuestros pueblos.

Por eso es necesario diferenciar algo de nuestro signo histórico y el de Kant. El de él, definitivamente, es el proyecto burgués de emancipación ilustrada y que, como buena filosofía de la historia eurocéntrica,  es una receta como modelo a imitar por todos los países del mundo. Todes para ser “modernos” debemos seguir esas rígidas etapas que nos llevarán en el futuro al progreso.

La realidad nos mostró su mala cara. Los países desarrollados lograron desarrollarse gracias a tranformarnos en periferia a nosotres, los pueblos del sur. En palabras de Samir Amin el capitalismo siempre fue polarizante, y lo es más aun hoy en su etapa de mundialización imperialista neoliberal (hoy en crisis).

Por eso debemos dar una nueva definición al concepto: (nuestro) “signo histórico”, es aquel acontecimiento que nos muestra el camino a seguir para lograr una mejor vida. Ese camino a seguir no puede ser otro para América latina y el Caribe, que la unidad, el antiimperialismo y el socialismo. Romper con las ilusiones de un desarrollo pleno dentro del capitalismo es asumir al enemigo, profundizar la militancia y el compromiso, estudiar a fondo nuestra historia, ir a las fuentes del marxismo, luchar contra el patriarcado y su articulación con el capital. En palabras del propio Chávez: “negar los derechos a los pueblos es salvajismo, el capitalismo es Salvajismo. Yo cada día me convenzo más, capitalismo o socialismo. No tengo la menor duda”

Aclaremos algo, cuando nos referimos al acontecimiento no hablamos de el concepto tal como lo utiliza Alain Badiou. Este filósofo y político Francés habla del acontecimiento como un rayo caído en cielo sereno y que depende del espontaneísmo de las masas. Nada de eso, nos referimos a un acontecimiento que abre un proceso de transformación social, que a su vez es producto de un concreto desarrollo histórico de relaciones de fuerza entre las clases sociales, que depende de la organización que puedan darse las clases populares para enfrentar al enemigo.

La revolución Cubana, por ejemplo, es la culminación de una larga lucha por la independencia de la isla enfrentando al imperialismo primero Español y después estadounidense y puede remontarse a las luchas de Antonio Mella, o hasta José Martí. A su vez, el “acontecimiento Revolución” abre todo un proceso que se va radicalizando según se va desarrollando la lucha de clases.

A eso nos referimos también en el caso de la Revolución Boliviariana. Es “nuestro signo histórico”, porque retoma el inconcluso sueño de una Latinoamérica unida a través del Alba, la Celac y Unasur; y sepulta el intento del imperialismo de imponernos el ALCA.  Porque volvió a hablar y a enfrentar al imperialismo en una época en que estaba de moda hablar de “imperio” y el fin de los estados-nación. Arremetió también contra la moda del “fin del trabajo” y del “adiós al proletariado”, cuando fue la clase obrera la que profundizó la revolución; cuando la derecha y el imperialismo intentaron perpetrar su golpe de estado en el 2002, y en cuanta lucha tuvo que encarar para salvar la revolución. Pulverizó al llamado “fin de la historia”, cuando puso sobre la mesa nuevamente el tema de la necesaria transición hacia el socialismo. Un nuevo socialismo, como decía el comandante Hugo Chávez, un socialismo del siglo XXI. Un socialismo que se hace concreto en las prácticas sociales cotidianas, de las comunas socialistas y los consejos comunales.

A todos esos “fines”, se les reveló un comandante que venia de una formación militar nacionalista, plebeya, y en el ardor de la lucha, encontró que el socialismo es la solución para nuestros pobres y sometidos países, divididos en una veintena de estados bananeros o sojeros.

Este es nuestro “signo Histórico”. El que nos guiará durante todo el siglo XXI.