Por Mora Grinblat
Ilustración: Lila Luna

Cinco minutos por día. O diez. Diez como máximo. Como una receta de médico, escriba señora, después me cuenta.

Mueva los dedos, ejercite las articulaciones de la mano. Escriba porque sólo las palabras la salvarán de un mundo inhóspito. Escriba para contarle a sus amigues que el mundo aún no es tan inhóspito como creemos. Para adentrarse en un bosque tupido y profundo, aún sin moverse de la silla de su casa.

Escriba, aunque los clichés la invadan, la obliguen a hablar de cosas que otros ya dijeron. Siéntese cómoda en la silla de metal, o dé vueltas en círculos con un cuaderno desarmado en la mano. Opine sobre lo que escribieron otres, de rienda suelta a sus divagaciones. Háblele a les niñes por venir de una existencia fantástica y humana. Cuente con la yema de los dedos las cosas que aún quedan por salvar.

Escriba mi amiga, hermana, compañera. Escriba y no se calle, porque en cuanto se detengan las metáforas, ahí sí que estaremos vencidas. Propóngale al mundo que se parezca a sus sueños, aunque se despierte cansada, ensombrecida por los días sin festejos.

 Camine las calles anchas de su ciudad, aunque sea en la imaginación. Cruce de una vereda a otra. Deténgase en una escena que le guste. Crea que es posible ser feliz como ese día, en que compraba un salchipapa cerca de Plaza de Mayo.

 Escriba cartas, poesías, declaraciones.

La vida es ese estremecimiento que no para, esa voluntad de gemir de placer y adentrarse en un cuerpo tibio.  Así es la suerte de nacer en este mundo, intenso pero incierto.

 Escriba, invente un mundo para compartirle a les que sufren y vaya corriendo a crearlo con elles.

Escriba y después me cuenta.

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