La extensión de tierra que un hombre labra, planta, mejora, cultiva y cuyos productos es capaz de utilizar, constituye la medida de su propiedad. (…) Ningún daño se causaba a los demás hombres con la apropiación, mediante su mejora y cultivo, de una parcela de tierra, puesto que quedaba todavía disponible tierra suficiente y tan buena como aquella, en cantidad superior a la que podían utilizar los que aún no la tenían. Por esa razón al apropiarse de una parcela de tierra no disminuía en realidad la cantidad de que los demás podían disponer. Quien deja a otro toda la cantidad de que éste es capaz de servirse, no le quita en realidad nada, Quien tiene a disposición suya el caudal completo de un rio no se considerará en modo alguno perjudicado porque otro hombre beba de ese caudal, aunque beba un buen trago, porque le queda cantidad sobrada de esa misma agua para saciar su propia sed. El caso de la tierra es idéntico al del agua, siempre que exista cantidad suficiente de ambas cosas.

John Locke

Derecho a la vivienda vs. Derecho a la propiedad privada. Más allá de las discusiones legales y constitucionales al respecto, ¿es lícito este debate? ¿es legítimo? ¿es correcto desde un punto de vista ético? En primer lugar, habría que decir que la vivienda es uno de los casos más generales de la propiedad privada, tanto es así que la ley ampara la vivienda única como un bien inembargable y hasta a veces incluso exento de impuestos. ¿O acaso algunos de los férreos protestantes en defensa de la propiedad aceptaría de buena gana vivir en edificios del Estado? ¿o acaso los planes sociales de vivienda no implican que los beneficiarios sean efectivamente propietarios de sus viviendas y no meros huéspedes temporarios? Efectivamente es así, por más que a algunos les duela, no somos Cuba, no somos la Unión Soviética. Argentina es un país con reglas de juego 100% capitalistas.

Veamos el problema entonces desde esa perspectiva. Partamos de la defensa de la propiedad privada como nos pide la derecha bien pensante. ¿No es evidente que en esta situación se enfrentan dos actores, uno de los cuales posee propiedad privada (a veces demasiada) y otro que no posee absolutamente nada? ¿quién garantiza el derecho a la propiedad de los millones de argentinos que tienen que recurrir a la ocupación de tierras? Aquí hasta los ultraliberales están de acuerdo, debiera de ser el Estado quien garantice el acceso a la vivienda (o sea, a la propiedad privada). Los que protestan contra las tomas no están interesados en lo más mínimo en el derecho a la vivienda sino en SU derecho a SU propiedad. Porque si el Estado garantiza la vivienda para todxs no hace más que defender la propiedad de aquellos que ya tienen una (o varias). La propiedad privada como tal no existe, es una ficción, lo que existe es mi propiedad, tu propiedad y su propiedad, siempre es una propiedad particular, es decir, privada. La defensa en general de la propiedad privada es siempre la defensa real de aquellos que efectivamente poseen una. Aquí no hay conflicto entre dos derechos, hay un mismo derecho que no logra, y no puede lograr, cumplirse universalmente.

Sin embargo, este ligero desliz casi retórico no elimina la cuestión de fondo que se da a entender en ese famoso dicho: “tu libertad termina donde empieza la libertad del otro”. Esto suena muy lindo en teoría, pero en la práctica conlleva un sinfín de contradicciones. La idea misma de que la libertad pueda ser entendida con una metáfora espacial (límite, comienzo, fin) muestra como está esencialmente ligada a la propiedad. La idea aquí sería que todxs tienen derecho a la propiedad privada siempre y cuando eso no implique meterse con la propiedad del otro. El problema con esta ideología del sentido común liberal es que supone que la libertad es algo que esta primero, algo esencial del hombre que luego se transmite a sus bienes. Soy libre y por lo tanto mi libertad se transforma en mi derecho de disponer libremente de mis bienes. Paradójicamente esto quiere decir, en realidad, que la libertad de propiedad es mi derecho a sustraer una propiedad del uso común y limitarla a mi uso privado. Yo soy libre, pero mi propiedad no lo es, en tanto que es mía. Lo que sucede en la realidad entonces es que para que yo pueda ser efectivamente libre (y no solo abstractamente libre) tengo que tener una propiedad, y toda propiedad es necesariamente una privación que se ejerce sobre otro, la propiedad que yo tengo es la que otro no puede ni debe tener, esto es esencial. En este preciso sentido es que el famoso dicho es verdadero: mi propiedad comienza donde termina la libertad del otro.

Lo que intentamos decir es que una discusión acerca de los límites de la libertad y de la propiedad no pueden darse legítimamente si una de las partes no posee ninguna propiedad. Porque en este mundo tal cual es no se puede hablar de libertad para aquellxs que no poseen absolutamente nada. Entonces el problema del derecho a la vivienda, a la propiedad privada y el de los límites de la libertad individual se torna completamente superficial. Si toda la tierra es o bien del Estado o bien de título privado ¿de dónde se espera que se recorte la nueva libertad de lxs que no tienen nada? ¿Por qué el Estado se opone encarnizadamente a la toma de tierras públicas en desuso cuando dice garantizar la propiedad privada? ¿no es acaso la apropiación de las tierras comunes y su reparto lo que está en el origen del mismo mundo liberal?[1] ¿bajo qué argumento el Estado puede impedir estas acciones si no es negando la libertad fundamental (y derecho a la propiedad) de estas personas y actuando como si fuera otro propietario privado más?

La única defensa consistente del derecho a la propiedad privada empieza por garantizar al menos que todxs tengan alguna. De lo contrario lo único que se defiende es una libertad abstracta que solo puede afirmarse cuando es vulnerada, y siempre lo será, pues el 50% de las personas sobre este planeta no tienen los recursos para comenzar a imaginar siquiera como podría llegar a ser esa mentada libertad.


[1] John Locke, padre del liberalismo inglés pensaba de esta manera:

Sin embargo, trataré de demostrar de qué manera pueden los hombres tener acceso a la propiedad en varias parcelas de lo que Dios entregó en común a todo el género humano, y eso sin necesidad de que exista un acuerdo expreso de todos cuantos concurren a esa posesión común. Dios, que dio la tierra en común a los hombres, les dio también la razón para que se sirvan de ella de la manera más ventajosa para la vida y más conveniente para todos (…) Aunque la tierra y todas las criaturas inferiores sirvan en común a todos los hombres no es menos cierto que cada hombre tiene la propiedad sobre su propia persona (…) Podemos afirmar también que el esfuerzo de su cuerpo y la obra de sus manos son también auténticamente suyos. Por eso, siempre que alguien saca alguna cosa del estado en que la naturaleza la produjo y la dejó, ha puesto en esa cosa algo de su esfuerzo, le ha agregado algo que es propio suyo, y por ello, la ha convertido en propiedad suya. Habiendo sido él quien la ha apartado de la condición común en que la naturaleza colocó esa cosa, ha agregado a ésta, mediante su esfuerzo, algo que excluye de ella el derecho común de los demás (…) No cabe duda de que quien se sustenta de las bellotas que recogió al pie de una encina, o de las manzanas arrancadas de los árboles del bosque, se las ha apropiado para sí mismo. (…) ¿Habrá alguien que salga diciendo que no tenía derecho sobre aquellas bellotas o manzanas de que se apropió, por no tener consentimiento de todo el género humano para apropiarse de ellas? De haber sido necesario tal consentimiento, los hombres se habrían muerto de hambre, en medio de la abundancia que Dios les había proporcinado (…) Quizás se objete a esto que si el recoger bellotas u otros frutos de la tierra, confiere un derecho sobre ellos, cualquiera  puede acaparar las cantidades que le parezca. A lo que respondo que no es así (…) La misma ley natral, que de esa manera nos otorga el derecho de propiedad, pone al mismo tiempo un límite a ese derecho (…) El hombre puede apropiarse de las cosas por su trabajo en la medida exacta en que le es posible utilizarlas con provecho antes de que se echen a perder. Todo aquello que exceda ese límite no le corresponde al hombre, y constituye la parte de los demás. (…) Sin embargo, el objeto principal de la propiedad no lo constituyen hoy los frutos de la tierra y los animales que en ella viven, sino la tierra misma, en cuanto que ella encierra y provee de todo lo demás; yo creo evidente que también en ese aspecto se adquiere la propiedad de igual manera que en el anterior. La extensión de tierra que un hombre labra, planta, mejora, cultiva y cuyos productos es capaz de utilizar, constituye la medida de su propiedad. (…) Ningún daño se causaba a los demás hombres con la apropiación, mediante su mejora y cultivo, de una parcela de tierra, puesto que quedaba todavía disponible tierra suficiente y tan buena como aquella, en cantidad superior a la que podían utilizar los que aún no la tenían. Por esa razón al apropiarse de una parcela de tierra no disminuía en realidad la cantidad de que los demás podían disponer. Quien deja a otro toda la cantidad de que éste es capaz de servirse, no le quita en realidad nada, Quien tiene a disposición suya el caudal completo de un rio no se considerará en modo alguno perjudicado porque otro hombre beba de ese caudal, aunque beba un buen trago, porque le queda cantidad sobrada de esa misma agua para saciar su propia sed. El caso de la tierra es idéntico al del agua, siempre que exista cantidad suficiente de ambas cosas.

John Locke, Segundo tratado sobre el gobierno civil, Cap V. La propiedad

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