Por Juan Cerdeiras

Quisiera dejar algunas reflexiones acerca de la 1era temporada de Mr. Robot, una serie (¿vieja?) de 2015 que cuenta además con otras tres temporadas, a las que no me referiré aquí. Para quienes, como yo, no estuviesen al tanto de la existencia de este material, comento que se trata de una serie protagonizada por Rami Malik (celebrado intérprete de Freddy Mercury en la reciente Bohemian Rhapsody) y dirigida por Sam Esmail. La serie despliega una temática que se ha vuelto cada vez mas recurrente en los últimos años: el activismo hacker como posible camino hacia la derrota de las fuerzas económicas y morales del Capital. La historia, con fuertes condimentos de thriller psicológico narra el plan de un conjunto de hacktivistas para desmantelar a la mas grande corporación multinacional y conglomerado financiero del mundo, E. Corp.

Desde la entrada del capitalismo en su etapa tecno-financiera y virtual y el acrecentamiento del poder de las empresas de alta tecnología de Silicon Valley, el imaginario cultural está cada vez más familiarizado con este entramado subterráneo de la deepweb y el mundo muy minoritario de los genios de la internet. También se ha popularizado, junto con esto, un nuevo imaginario de la revolución mundial. Desde grupos como Anonymus, y personajes como Edward Snowden y Julian Assange, pareciera abrirse una perspectiva utópica ligada a pequeños grupos de “justicieros” que mediante el hackeo y la revelación de información confidencial pondrían (valga la redundancia) en jaque al sistema capitalista global. Entonces ¿Qué tiene Mr. Robot que aportar a este imaginario?

En primer lugar, hay una cuestión que llama la atención en la serie y que refleja cabalmente algo que parece darse también en nuestro mundo real. A pesar de que todos conocemos muy bien las maldades de las que son capaces las corporaciones, y que entran cómodamente en la categoría de inhumanas, estaría funcionando una suerte de mecanismo de negación que Slavoj Zizek nombra (siguiendo a Freud) como “denegación fetichista”. Algo así como: “se muy bien que todo el problema es la avaricia y corrupción de las grandes empresas, pero…” y aquí se agregarían la multitud de excusas por las cuales resignamos cualquier tipo de acción significativa o de esperanza de un cambio real.

Lo que se ha mostrado al cabo de unos buenos años desde la masiva difusión de información privilegiada por parte, por ejemplo, de Wikileaks, es que esto no hace más que confirmar lo que ya sabemos y, que en la medida de lo posible, luego de escandalizarnos durante un corto tiempo, tendemos a seguir nuestra vida como si no lo supiéramos. Aquí es donde salta a la vista uno de los primeros límites (pero no el mas importante) de estas utopías revolucionarias. Ellas están todavía demasiado centradas en el aspecto moral del capitalismo. Todo es una cuestión de malas prácticas, que contaminan una supuesta pureza de la esfera pública, rompiendo el contrato social en nombre de la ganancia, el lucro y el interés privado. Un poderoso monstruo acecha en las sombras, teje los hilos de nuestra realidad y decide sobre la vida y la muerte mientras comen cocteles en la terraza de un rascacielos. En Mr. Robot, la maldita corporación E. Corp responde al nombre de Evil Corp (malvada), todos lo saben. Sabemos muy bien de la existencia del monstruo, pero no queremos enfrentarnos a él, no queremos que nos lo pongan enfrente, porque sencillamente no sabemos qué hacer con él.

Esto me lleva a la segunda observación. Los hackers del grupo “Fsociety” que quieren derribar Evil Corp entienden que deben ir un paso más allá, no se trata solo de exponer al monstruo, deben matarlo, dejarlo sin posibilidades de seguir existiendo. El plan es simple, borrar absolutamente todos los datos almacenados de la corporación, liquidar el 90% de la información financiera del mundo, inhabilitar los registros de los intercambios comerciales, básicamente un black out total del sistema económico y financiero, una parálisis global, todas las deudas de los ciudadanos deberán ser perdonadas, una estaca en el corazón del capital ficticio. Si el capitalismo del siglo XXI se refugió en las redes virtuales, se trata de desmantelar por completo el refugio abstracto del capital. Algo similar a la quema de las máquinas por parte de los obreros en el siglo XIX.

Aquí viene un pequeño pero necesario SPOILER. El plan efectivamente se lleva a cabo y funciona, pero ¿realmente funciona? Me refiero ahora al final de la 1era temporada, y hago este corte arbitrario porque creo que, si se tratase de un film, bien podría aquí terminar la trama. Quedará para futuras reflexiones lo que los creadores de la serie hayan querido desarrollar acerca de las consecuencias de este ataque al corazón del sistema.

Hay que decir que es recién en el final donde las masas hacen su irrupción en la trama. El golpe gestado en las sombras no es una acción colectiva. La primera reacción social ante los acontecimientos es una mezcla de entusiasmo y de terror, de alegría y de incertidumbre. De un momento para el otro la cuasi totalidad del “mapeo cognitivo” de la realidad se vio trastocado. Pero queda claro que nadie tiene la menor idea de como seguir adelante. ¿Qué hay después del fin? El fin se parece más un nuevo estado de caos permanente que a un momento de conclusión y superación de los problemas. Algo de esto resuena en nuestra condición actual, parecemos vivir en un eterno fin de los tiempos que no es más que el caldo de cultivo para nuevos y cada vez peores escenarios. Sin embargo, como supo decir Kant acerca de la Revolución Francesa, con todo lo bueno y lo malo, es un “signo histórico” de que la humanidad va hacia algún lado o, como diría Cervantes: “ladran Sancho, quiere decir que avanzamos”. El golpe de efecto al sistema tiene su sabor a victoria, pero nuevamente la pregunta que se nos presenta reiteradamente es la pregunta por como hacer durar los efectos de estas victorias.

Un segundo aspecto interesante que pone en evidencia la serie se da en una de las escenas finales, donde una de las protagonistas le pregunta asombrada al CEO de E. Corp por qué es que puede estar tan tranquilo mientras ve en televisión como su imperio se derrumba hasta los cimientos. La respuesta del sujeto es realmente magnífica. Dice algo así como: lo que está sucediendo es una acción hecha por los humanos, no se trata de una invasión alienígena, ni de una catástrofe geológica o ambiental, sencillamente son humanos actuando en un mundo de humanos y por lo tanto serán los humanos los que van a dar respuesta a la situación. No hay nada de que preocuparse, el mundo sigue estando ahí y seguimos en control, parece decir, mientras en la imagen se superponen escenas con los líderes políticos reuniéndose para dar respuestas a la crisis.

Aquí tocamos el punto neurálgico, el talón de Aquiles, el Rubicón que nuestros imaginarios revolucionarios no alcanzan a cruzar, la última defensa contra el colapso. La confianza del CEO de E. Corp parece decir que son “too big to fall” (demasiado grandes para caer) aun cuando ya en efecto hayan caído. La secuencia recuerda al rescate de los bancos por parte de la Reserva Federal en 2008. En la medida en que no tengamos la capacidad de proponer alternativas viables, el mundo podrá recomponerse, no importa si hay que inventar el dinero de nuevo, o cancelar todas las deudas, aún luego del reseteo total de la maquina el sistema operativo permanecerá el mismo.

Las dos lecciones fundamentales que a mi entender se desprenden de esta escena son las siguientes. En primer lugar, que el carácter sistémico del capitalismo, no es solo objetivo, sino también subjetivo, depende de nuestra capacidad de querer y de poder imaginar otros mundos posibles. Como decían los manifestantes en las revueltas de Chile el año pasado: otro “fin del mundo” posible. El sistema en sí mismo no tiene un botón de apagado, no tiene una debilidad última, ni tiene un mecanismo de recalentamiento que haría estallar los servidores. Es una lógica auto productiva y auto destructiva a la vez. La destrucción objetiva es también una destitución subjetiva, no se trata solamente de acomodar los elementos de otra manera sino de ser capaces de destruirnos a nosotros mismos junto con el mundo que nos produce. Lo que lleva entonces al segundo punto, son en el fondo acciones humanas las que deciden el futuro, y no hay garantía objetiva de éxito. El problema es que hemos naturalizado tanto el mundo que sólo podemos imaginar su final como si fuera el equivalente a una catástrofe natural de proporciones bíblicas. Quizás el problema sea más simple, aunque no por ello más sencillo. Quizás necesitemos recordar que somos y hemos sido nosotros todo este tiempo los que hemos hecho y deshecho el mundo, tantas veces que ya ni lo reconocemos, igual que a nosotros mismos.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *