Visto desde la “nueva” normalidad, el futuro se anuncia enigmático. La pandemia como irrupción de lo real logra trastocar lo que se había convertido en nuestro sentido común. Reacios a incurrir en prácticas adivinatorias, un diagnostico provisorio puede ser útil para considerar propuestas reformadoras.     

Soberania alimentaria

La sojización del territorio argentino impulsada por el precio de las commodities fue el motor económico de la década kirchnerista. El auge del complejo agro-exportador se basaba en la venta a precios altos de la soja,  adquirida por una China que la utilizaba como alimentos para monocultivos genéticos de animales domésticos. Estos últimos circulaban por un mercado interno cuya clase media se acrecentaba a la par que su apetito, y empezaba a incorporar más carne, especialmente de cerdo, a su dieta. La ganadería se industrializaba para suplir la demanda, obligando a los criadores a acelerar los ciclos de muerte de estos animales de producción intensiva. El hacinamiento que padecen, su nutrición inadecuada y la muerte temprana logra que se enfermen con más facilidad. En el pasado los bosques contenían la circulación de los virus de origen animal. Pero la deforestación producto de la agricultura industrial e intensiva erradicó este escudo inmunitario. Fueron así dispuestas las condiciones para la virulización de infecciones que se transmiten zoonóticamente, del animal al hombre. Si a esto se le agrega una mundialización que induce la hiperconectividad de personas y mercancías junto con la concentración de las poblaciones humanas en los grandes centros urbanos, se explica fácilmente la propagación del COVID-19 desde un mercado en una ciudad industrial como Wuhan al resto del mundo.

En cuanto socio preferencial de nuestro país, Argentina se dedica al engordamiento pantagruélico de aquellos animales genéticamente modificados que sentaron las bases para dar a luz al Coronavirus. Resulta entonces interesante ver cómo de alguna manera nos encontramos conectados con la pandemia global. Sobre todo si se piensa que la matriz agroexportadora que alimentó nuestro crecimiento económico nunca cuestionó la destrucción ambiental que generaba en nuestro país, así como tampoco se sintió responsable por las atrocidades cometidas en los ganados chinos. El kirchnerismo mismo nunca cuestionó este modelo económico primario basado en el “consentimiento de las commodities”[1], pese a sus tibias tentativas de industrialización fallidas. El gobierno de Alberto Fernández tampoco tuvo la voluntad suficiente para contradecir la lógica capitalista depredadora de los recursos naturales, cuando se mostró favorable a nuevas explotaciones mineras en Mendoza y en el Sur. El sistema conceptual desarrollista que esgrimió en su momento estaba emparentado con aquel que expuso Linera en su “Geopolítica de la Amazonia”[2], donde el dogma del crecimiento económico y de las fases sucesivas de desarrollo, fruto de una idea de progreso ya periclitada, es incapaz de elaborar nuevas respuestas ante el inminente desastre ecológico. Lamentablemente los gobiernos de nuestro continente siguen creyendo que las discusiones ecológicas son un privilegio exclusivo de aquellos países centrales que transitan la última etapa del desarrollo industrial.

Umbral

El hacinamiento no se limita a los animales. La sobrepoblación de espacios reducidos se replica en las ciudades, en sus cárceles y en sus barrios carenciados. El virus circula por sus calles con la misma facilidad que las mercancías. Los amplios bulevares de París fueron diseñados por Haussman como respuesta a la revolución de 1848. Las estrechas callejuelas medievales facilitaban el armado de barricadas precarias que impedían el accionar de las fuerzas del orden. Frente a una topografía hostil al orden instituido, las calles se amplían para evitar abarrotamientos. La ciudad moderna facilita la circulación siempre y cuando se haga por vectores fácilmente intervenibles. La Villa latinoamericana interfiere con ese diseño. En sus calles[3] el virus circula libremente sin posibilidad de ser obstaculizado. El déficit habitacional de sus casas convierte al aislamiento social preventivo en un lujo que muchos de sus habitantes no se pueden permitir.

Emergencia habitacional

Las ciudades pasaron de ser un símbolo de la modernidad a epicentros infecciosos. Las aglomeraciones urbanas, que acá en argentina fueron producto de la llegada de los habitantes de las provincias a la capital del país durante la primera presidencia peronista, se convierten ahora en epicentros de enfermedades mortales. El virus avanza en los asentamientos precarios del AMBA que desnudan el grado crítico de déficit habitacional y ambiental de las grandes ciudades latinoamericanas, consideradas como las más inequitativas del planeta[4]. La urbanización de las villas propulsada por el Macrismo demuestra su fragilidad, cuando vemos las condiciones de hacinamiento y desidia en las que viven la mayoría de sus moradores, incapaces de cumplir con las directivas de aislamiento social. Es en este contexto que el Plan San Martin de Juan Grabois adquiere nuevos tintes que la transmutan de pedido extremista a solución posible[5]. El repoblamiento del interior del país y la construcción de pequeñas comunidades rurales lograrian despresurizar el ahogamiento urbano que sofocó a los enfermos de COVID, a la vez que es considerada por algunos economistas como un destino necesario para evitar el colapso económico y el desastre ecológico.

Los teóricos del decrecimiento económico ven en la ruralización de la economía no tanto una propuesta política como Grabois, sino un destino necesario para evitar el colapso medioambiental. Debido al agotamiento de las reservas de combustibles fósiles, y a las limitaciones de las energías renovables, estos economistas consideran que una solución posible para contrarrestar las emisiones de carbono es justamente un éxodo rural. De este modo se constituirían nuevas comunidades con economías locales y agroecológicas; los espacios productivos se descentralizarían; muchas de las maquinas del campo tecnificado serían reemplazadas por trabajo humano; los desplazamientos no se harían más en el transporte urbano contaminante.

El déficit habitacional se pudo constatar como nunca antes también en nuestras cárceles. Las protestas de reclusos amontonados en tugurios insalubres exhibieron el trato inhumano que les depara el sistema penitenciario argentino. Frentes a estos probables focos de contagio, el oficialismo decidió zigzaguear por posiciones contradictorias, pidiendo por un lado el traslado de presos mientras que otro sector, aglutinado en el massismo, se reunía con las víctimas para consolarlas. Sin embargo, el malestar carcelario requiere de otras formas de penalización, que ni el oficialismo ni la oposición desean evaluar. Antes de formular posibles alternativas, vale la pena detenerse en la composición de la población carcelaria. La mayor parte de ella se concentra en el Sistema Penitenciario Federal y en el Sistema Penitenciario Bonaerense. La mitad de estas personas privadas de su libertad, lo está sin condena firme. Gran parte de esta población está detenida por delitos menores, muchos de ellos leves establecidos por la ley de drogas[6] 

Nos encontramos entonces con presos que en su mayoría no deberían estarlo, por delitos que no deberían ser tales, viviendo en condiciones inhumanas. Quizás este sería un buen momento para sopesar una alternativa abolicionista tendiente a la reducción o eliminación de las cárceles, pero los antecedentes no son alentadores. El garantismo miope del kirchnerismo encarceló innecesariamente a miles de personas sin condena definitiva, aunque haya tratado de promulgar un nuevo Código Procesal Penal federal en 2014 cuya aplicación fue suspendida por Mauricio Macri en 2015[7]; el macrismo en cambio trató de capitalizar políticamente el fallo “Muñia”[8] de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, una tentativa respuesta al sobrepoblamiento carcelario en los años 90, pero en este caso para beneficiar a criminales de lesa humanidad.

Umbral

La tecnología avanza irrefrenablemente. Fagocita la naturaleza y se despliega por la ciudad. La seguridad se apoya en la vigilancia, en las cámaras de reconocimiento facial, en el patrullaje de la policía. El neoliberalismo siempre se tensó entre dos tendencias opuestas pero complementarias, bogando por un Estado débil en lo económico, pero fuerte en lo punitivo. Si consideramos esta pandemia como un preparativo para futuras crisis, se vuelve útil especular sobre los posibles desarrollos de las tecnologías de seguridad y vigilancia.

Sociedades de control térmico

La tecnificación antropófaga del medio agrícola, así como la precariedad del medio urbano, se refugian en la tentativa global de implementación de un medio digital que podría supuestamente salvarnos. Dispositivos de hipervigilancia se presentan como la solución a la propagación del virus frente a la democratización de la muerte que llegó a nuestro país. Nuevos órganos sensoriales habrán de ser desarrollados por los guardianes, nuevas técnicas disciplinarias que incurrirán en adiestramientos sensoriales tendientes a profundizar aquella adiaforización[9] que había llegado a su punto álgido con las máquinas de muerte teledirigidas. En las calles, los rostros se cubren de una manera que no indigna a la sociedad francesa como hacia el uso del burka en los edificios públicos, a la vez que sitúa un velo paradójico sobre caras que se vuelven más difíciles de identificar ahora en plena proliferación de cámaras. El control pasará en adelante por métodos más invasivos, apuntando al calor del cuerpo biológico, en una avanzada sobre aquel homo sacer que se va despojando cada vez más del ropaje ciudadano que los sistemas de identificación biométricos habían lacerado y reducido a harapos. Frente a estas nuevas invasiones de la privacidad, los métodos para eludirlos no podrán reducirse al de los manifestantes en Hong Kong y sus punteros láser para desorientar y confundir las cámaras de vigilancia. El futuro augura nuevas formas de invisibilidad en la calle, y de borramiento de huellas en la red. “La niebla es el vector privilegiado de la revuelta[10]” nos recuerda Tiqqun en su Hipótesis Cibernética

Las declaraciones anteriores pueden parecer demasiado tecnofuturistas, quizás requirentes de ciertos recursos económicos que parecen haber desvanecido de las arcas estatales. Pero aquello que pasa en los países centrales de alguna manera siempre encuentra la manera de adentrarse en nuestras tierras. Por ahora, incapaz de financiar un modelo de vigilancia como el asiático (de ahí el caricaturesco ciberpatrullaje de Fredric), nuestro Leviatán azul se conforma con replicar formas históricas de represión estatal de los sectores más vulnerables, y a la militarización de ciertos territorios. Pero la vigilancia no se limitó a las de las fuerzas estatales, y los ciudadanos se disfrazaron de guardianes dispuestos a denunciar a sus vecinos infractores, aunque esta tendencia mermó paulatinamente debido a la dilatación de la cuarentena. Si el gobierno del Reino Unido había dilatado la implementación de la cuarentena obligatoria había sido justamente por una serie de informes que predecían el relajamiento del acatamiento ciudadano con el pasar del tiempo[11]. Es así como las virtudes de la solidaridad social aparentemente se resquebrajan con el mero paso del tiempo, mostrando la fragilidad de una ética ciudadana puramente voluntarista.

Conclusión (provisoria)

La pandemia nos reveló las fisuras de nuestro sistema mundo. Entre los distintos puntos antes listados vemos formarse una red de vasos comunicantes, donde cada elemento tiene sus repercusiones en el siguiente. Una granja de animales genéticamente modificados basa su alimentación en la soja que nosotros producimos. Esta soja es el estandarte de un modo de producción agro-exportador que le rinde pleitesía a un dogma del crecimiento económico que genera un cambio climático de consecuencias apocalípticas. Los campesinos que labran estas tierras son los mismos que el siglo pasado decidieron poblar las grandes ciudades del país, en busca de trabajo en las nuevas industrias. Estas ciudades, a nivel global, vieron un sobrepoblamiento que las convierte en focos de contaminación y ahora de infección. El déficit habitacional de sus franjas más vulnerables es el mismo que padecen los presos de nuestras cárceles. Presos que lo fueron por un sistema de vigilancia y control estatal que en Europa y en Asia toma el cariz digno de una película de ciencia ficción mientras que acá por ahora se limita a estrategias más tradicionales.

Es a través de estas redes que podemos armar un tentativo mapa cognitivo de la cuestión, viendo como los males que nos aquejan vienen de un más allá íntimamente conectado con un más acá. Cuando lo local se vuelve global, las estrategias de resistencia tienen que hacer lo mismo. En pocos meses se suspendió en todo el mundo y al mismo tiempo un entero sistema económico. Ya vimos que es posible.


[1] Ni la especulación financiera atada a ello. La intervención genética del animal corre a la par que la financiarización de la producción oleaginosa. Las ventas de los productos agrícolas nunca se resuelven en transacciones inmediatas, sino que se venden a valor futuro, mediante contratos vinculados a cierta cotización futura. A esto se lo llama la financiarización de la naturaleza, donde los recursos naturales mismos se convierten en factores de especulación financiera. Los ciclos de vida de la flora y de la fauna son alterados por la lógica del costo-beneficio. Sobre la capacidad de la naturaleza para constituirse en un límite exterior al capitalismo no nos pronunciamos perentoriamente, pero tendemos a decantarnos por la negativa. Ciertos estudios sobre las “HFT” (negociación de alta frecuencia), nos enfrentan a un mundo donde las transacciones financieras se realizan de manera automática por algoritmos sin necesidad de la intervención humana. El planeta mismo se vuelve solamente un medio para la circulación del capital financiero. La materialidad de nuestra tierra se vuelve un impedimento para la aceleración de las operaciones bursátiles.

[2] http://www.reduii.org/cii/sites/default/files/field/doc/GEOPOLITICA%20AMAZONIA%20Bolvia.pdf

[3] Los más de diez días sin agua de la villa 31 echaron luz sobre la falta de acceso al agua potable en los barrios populares. En la sentencia precautelar del JUZGADO DE 1RA INSTANCIA EN LO CONTENCIOSO ADMINISTRATIVO Y TRIBUTARIO Nº 8 SECRETARÍA N°15, aparece la siguiente aclaración sobre la aplicabilidad del término “calle”: “De acuerdo con lo que establece el marco regulatorio de la prestación del servicio público por parte de la empresa AySA, serán considerados usuarios de los servicios de agua potable y desagües cloacales los propietarios, copropietarios, poseedores o tenedores de inmuebles que linden con calles o plazas de carácter público. Este ha sido el argumento esgrimido por AySA para no prestar el servicio en los asentamientos informales donde las calles y pasillos internos no se encuentran reconocidos formalmente como vías públicas”. http://cdh.defensoria.org.ar/koutsovitis-maria-eva-y-otros-contra-gcba-agua-potable-barrios-populares/

[4] https://www.cels.org.ar/web/wp-content/uploads/2020/05/Villas-y-pandemia-en-Argentina.pdf

[5] https://www.infobae.com/opinion/2020/04/26/un-plan-marshall-criollo-poblar-y-crear-trabajo/

[6] https://www.cels.org.ar/web/publicaciones/covid-19-y-sobrepoblacion-carcelaria/

[7] En 2019 entró en vigencia en la jurisdicción de la Cámara  Federal de Apelaciones de Salta (que comprende territorialmente a las provincias de Salta y Jujuy) con la intención de que su aplicación se vaya extendiendo paulatinamente en todas las provincias.

[8] El fallo de la Corte Suprema dictaminaba la aplicabilidad de la ley conocida como “2 x 1”, según la cuál cada día pasado en una prisión preventiva que excedía los dos años de duración, tenía que ser computado como dos días de condena definitiva. El macrismo trató de aprovechar el capital político que representaba lo que algunos sectores consideraban una victoria en la batalla para imponer una narrativa histórica alternativa sobre el terrorismo de Estado. Un intento de revivir la teoría de los dos demonios.

[9]La tendencia a la «adiaforización», es decir, a restar importancia a los criterios morales o, en la medida de lo posible, a eliminarlos por completo de la evaluación de la conveniencia (o, incluso, la licitud) de las acciones humanas, y que conduce, en última instancia, a la expropiación de la sensibilidad moral de los agentes humanos individuales y a la represión de sus instintos morales”, Zygmut Bauman, https://redpaemigra.weebly.com/uploads/4/9/3/9/49391489/bauman_zygmunt_-_miedo_liquido.pdf

[10] https://tiqqunim.blogspot.com/2013/01/cibernetica.html

[11] https://lrb.co.uk/the-paper/v42/n07/william-davies/society-as-a-broadband-network

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *