por Juan Cerdeiras

Durante el último mes hemos asistido a través de los medios masivos de comunicación a un desfile interminable de “expertos”, desde juristas; abogados y peritos, hasta psiquiatras; psicólogos; grafólogos; neurólogos; sociólogos; y todo tipo de “especialistas” supuestamente acreditados, sino para explicar, al menos para dimensionar el brutal crimen de Fernando Báez Sosa, en manos de una horda primitiva oriunda de los mejores hogares de la pampa bonaerense. Sin intención de oponernos a la contundente indignación y a la irreprochable actitud condenatoria que estos dispensan, nos interesa aquí detenernos un segundo a pensar lo más “desafectadamente” posible (con las dificultades que esto implica) los pormenores que vemos detrás de este abrumador bombardeo de mensajes que, lejos de constituir una opinión científica o técnica, encierran un fuerte contenido ideológico camuflado en sus aparatos de saber.

“Estructura psicopática”, “incapacidad de dimensionar las consecuencias de sus actos”, “desprecio por la vida”, “dificultad para controlar las emociones”, “carencia de valores”, “fracaso de la educación y la familia”, “homicidio por placer”, etc. Son sólo algunas de las miles de fórmulas que pulsan a través de la pantalla cotidianamente para tocarnos esa fibra de moralidad, y ese deseo de saber y  comprender rápidamente aquello que nos conmociona para poder ponerlo a una distancia segura, convirtiendo así la realidad en espectáculo y los discursos “profesionales” en ideología espontánea para la mesa familiar.

Nos reservamos para otro escrito, el hacer un análisis y desglose exhaustivo del contenido de estas intervenciones y de los valores, consensos y sentidos (muchas veces conservadores) que ponen en circulación. Si bien no es el objetivo de esta intervención, es una tarea fundamental y necesaria para una precisa crítica del campo ideológico contemporáneo. No vamos a detenernos entonces en los enunciados tanto como en las condiciones de la enunciación: ¿Qué habla a través de ellos? y ¿Qué coordenadas implícitas del entramado social se ponen en juego para su supuesta validez?

En primer lugar, la hipótesis principal de este trabajo es que el único espacio fértil en el que cabe dimensionar este asesinato atroz, es en el terreno de una sociedad estructurada desde el conflicto de clases. Siendo imposible soslayar la evidente diferencia socioeconómica que existe entre víctima y victimarios, diferencia además acreditada en el expediente judicial; en los múltiples insultos que la horda le propinaba al cuerpo casi sin vida de Fernando. El carácter de clase queda, no obstante, mal ponderado frente a la redundancia verborrágica de los especialistas. Y es que no solamente las explicaciones morales (crisis de valores, falta de educación), psicopatológicas, sociológicas o incluso neurológicas ( algo así como predisposiciones cerebrales que impedirían conexiones neurales tendientes a la “empatía” o la “culpa”, etc…) eluden atender el factor clasista, al recurrir a generalizaciones abstractas fundadas en lo que sería un falso igualitarismo (la misma sociedad argentina, las mismas estructuras psíquicas a priori, el mismo órgano cerebral), sino que, y esta es la paradoja fundamental, su mismísima presencia sobreabundante es el signo inequívoco de la presencia punzante de la división de clases en la estructura social.

Esto quiere decir que lo que debería llamarnos poderosamente la atención no es, como ya dijimos, el dudoso contenido de las afirmaciones, y ni siquiera su precipitada presencia que todo lo colma, sino su llamativa ausencia cuando un caso de “inseguridad” (mucho más abundantes en cantidad en los medios masivos) plantea escenarios similares, pero invirtiendo los roles de víctimas y perpetradores según su pertenencia de clase. ¿Dónde están los expertos cuando algún pibe de los sectores empobrecidos mata ¿brutalmente? a alguien con verdadera “carta de ciudadanía” para robarle un auto? ¿Dónde están los grafólogos y sus fantasías proto-paranoides, cuando hay que analizar la firma en el escrito que va a mandar a prisión a uno de los cientos de miles de “delincuentes” que esperan durante años su condena en calidad de detenidos? ¿Es que acaso aquí no hay nada que explicar? Es que los “delincuentes” delinquen, caso cerrado. En cambio, en la clase “media-alta” de Zárate, que paga 200.000 U$D para su defensa, “los rugbiers” delinquen, por lo tanto, hay que desplegar toda una ingeniería socio-patológica que explique por qué los que delinquieron, son delincuentes. Pequeña inversión, pero de grandes consecuencias. Y no se está diciendo con esto que la cohorte de sabios que se pasean por lo estudios de TV tengan la intención de exculpar a los asesinos con sus argumentos, más bien todo lo contrario. No obstante, ahí están. Desplegando todo su saber experto para darnos “las buenas razones”, para el ensañamiento contra estos delincuentes post facto. No lo saben, pero aun así lo hacen.

Es digno de notarse, a propósito de esta paradoja, como atraviesa también a los enfoques que uno se vería llevado a catalogar como “progresistas”. Veamos esto un poco más en detalle. Hay aquí dos caminos contradictorios por donde podemos recorrer el problema. Por un lado, casos como este, permiten al establishment intelectual progresista regodearse con muy buenas razones ante una evidencia que muestra que el problema de la “inseguridad” o la “criminalidad”, no es algo exclusivo de los sectores empobrecidos, legitimando la visión que hace de esta problemática una cuestión socio-económica y cultural, antes que un estigma individual. Pero el problema al cual arriba esta posición es que se ve necesariamente en situación de tener que ser comprensiva y exculpadora con la horda criminal, si es que quiere mantenerse fiel a sus principios “garantistas” e “igualitarios” basados en los “derechos universales”. Y parece que decididamente no quieren hacerlo, por eso es que están ausentes de la escena, reservándose su legítimo reclamo de “justicia” y  de una correcta actuación de las instituciones judiciales, en su justa medida y proporcionalidad. No obstante, parece muy difícil no pensar que detrás de estos mesurados exhortos a la justicia y a la legalidad ronda un fuerte deseo de que “todos estos nenes bien se pudran en la cárcel”.

Esto nos lleva a la otra arista del problema de la posición biempensante de la benevolente mayoría del elenco mediático, y es que de ser consecuentes con el carácter de agravante, que presenta la saña exhibida por estos criminales y de admitir el trasfondo socio-cultural de la violencia, deberían verse llevados también a reconocer el mismo ingrediente de odio y resentimiento que afecta a muchos de los desposeídos que abrevan en ella, para insuflarse ánimos vengativos contra las pequeñas minorías injustamente privilegiadas. Pero dejemos aquí las encerronas de la elite intelectual, que piensa mucho mejor de lo que cree y dice mucho menos de lo que puede a raíz de sus escrúpulos morales y aires de superioridad. Mucho más interesante es lo que sucede cuando cambiamos de canal y sintonizamos la señal zoológica de los Feinmann, los Vilouta, los Viale, los Leuco y compañía.

Estos sí que se regodean a sus anchas y parecen estar nadando desnudos en su océano de sensacionalismo, resentimiento y moral refinada, ignorando como es su propio discurso el que se ve puesto en jaque frente al inexpugnable carácter de clase que reviste a este crimen, siendo ellos los primeros necesitados de toda esta legitimación “experta” para su indignación moral de baja estofa. Reforzando lo antedicho, no es solo la evidencia objetiva de este crimen lo que induce su comprensión en términos de clase, sino también la forma en la que ha sido abordado mediáticamente. Es que ya no resulta necesario enrostrarles a estos sujetos la violencia sistémica del capitalismo, el crimen del hambre, la cantidad de muertos y empobrecidos atribuibles a los criminales de guante blanco y sus maniobras ilegales en el mundo de los negocios (y las legales también). La realidad salta a la vista y cae por su propio peso. La gente educada, deportista, de hogares pudientes puede lo mismo que pueden “los delincuentes”, que son las víctimas cotidianas de su discurso de “mano dura” y de “mete bala”.

Nuevamente, esta gente para la cual constituye prueba irrefutable de la degeneración moral, cualquier video de un “motochorro” necesita recurrir ahora al tribunal de los tecnólogos sociales para salir de la perplejidad de los hechos, y para poder mostrarse ecuánimes a la hora de distribuir su furia de primates. En cierto sentido sería un poco más humano que llevaran a uno de esos antiguos alienistas lombrosianos que estudiaban la conducta criminal relacionada con la forma del cráneo. Y es que ni siquiera esta gente pensó que tuviera que justificar la estructura mental de un Chocobar, sencillamente tuvo una conducta que iba de acuerdo a lo esperado.

Como si todo esto fuera poco, hemos sido testigos del retorno de hijo pródigo de la ideología securitaria: el señor Juan Carlos Blumberg. Ese sujeto nefasto que allá por el 2004 supo ser el paladín del discurso represivo y anti-pobre, conmocionando a una sociedad totalmente descompuesta por la crisis acumulada del periodo menemista-aliancista. Si bien es cierto que su presencia es marginal en la actualidad, su aparición no deja de ser sintomática, sobre todo si tenemos en cuenta el sutil viraje desde su discurso que pedía venganza y represión policial cuando su hijo fue “la” víctima (aunque sabemos que era sencillamente “una” víctima), hacia una mucho más mesurada y acongojada prédica preocupada por el consumo de alcohol y la falta de control de “los jóvenes”. Es que, por supuesto, ¿quién va a pensar que a los criminales “high-class” se los controla con palos y balas? ¿Verdad? De todas maneras, urge estar atentos, porque si bien este caso parece estar a salvo de las demandas de un endurecimiento represivo, viendo las tendencias globales de las sociedades modernas podemos decir que el horno no está para bollos. Tengamos en cuenta que el sacramento del pedido de “justicia”, único punto de confluencia y consenso de todos los sectores de la sociedad y de la opinión pública no tiene, en el marco del sistema penal republicano-burgués, un significado muy diferente al de “venganza”.

Es llamativo, por ejemplo, notar la forma en la cual los familiares de Fernando, sin lugar a duda conocedores mucho más lúcidos que todos esos “comunicadores” y “expertos” de los flagelos y las injusticias de “la justicia”, para con los sectores empobrecidos, están lentamente virando de una actitud mesurada y reservada (encomiable, sin duda, dadas las circunstancias) hacia un reclamo cada vez más furibundo y encendido de justicia, incluso protagonizando una manifestación que quien suscribe este texto se permite dudar acerca de que haya sido realmente impulsada por ellos. Ese espectáculo francamente lamentable donde toda la clase media porteña sale conmovida a apoyar a esa “pobre familia” (y sobre todo, familia pobre), y reclamar al Estado que no deje de aplicar su castigo, no hace más que confirmar la creencia de que en este mundo la única posibilidad de redención que le queda a algunos sectores solo puede provenir del gesto solidario de quienes los miran con conmiseración, mientras desvían la vista de las violencias cotidianas y se quejan del “gasto social”, “para mantener vagos”. Hubiera sido mucho más útil y justo, que todas las personas presentes donasen 500 U$D de sus preciados ahorros para que la familia de Fernando pueda pagarse un abogado serio que trabaje para ellos, en lugar de estar atados de pies y manos a la pedante filantropía de un abogado mediático.

En este punto hay que saber distinguir la justicia del castigo. Por más “políticamente correctos” que queramos ser, aquí no se puede dejar de pensar que un castigo es necesario, y que el carácter de clase y el espíritu igualitario desde el que enfocamos el problema lo hace aún más necesario en tren de establecer por lo menos cierta reciprocidad en el comportamiento del sistema penal respecto a los diferentes sectores sociales. Pero de allí a confundir el “castigo ejemplar” con el triunfo de la Justicia como mandato ético y político hay un salto que no estamos dispuestos a dar. De la misma manera que no podemos esperar que los detenidos sean sometidos a las condiciones “normales” de cualquier preso “común”, ni mucho menos que sean sometidos a una suerte de “venganza poética” en manos de los otros presos “comunes”, ya que esto sencillamente equivaldría a aceptar y por lo tanto reproducir esa  “normalidad”, y la idea de una diferencia entre un delincuente “natural” y uno “ocasional”.

Foucault tenía bastante razón cuando decía que en los sistemas penales modernos de las sociedades disciplinares no se castiga tanto la acción como si se castiga al actor, y que esto explica por qué en las cortes y en los juicios comienza a emerger cada vez más protagónicamente la figura del “experto”, muchas veces vinculado a discursos científicos y disciplinas ligadas a la psiquiatría, que tienen la función, no de esclarecer la autoría material del delito, sino las motivaciones profundas del sujeto, para así poder ejercer un dominio no solo represivo-objetivo (reclusión del agente poniendo a resguardo el orden social), sino también atacando la conformación misma del sujeto mediante el juicio, como decíamos, no solo de la acción criminal sino de la relación entre el actor y su acción.

Entonces, si hay una forma de conseguir que algún saldo de justicia quede cuando este hecho sea absorbido por algún otro más novedoso y espectacular, o cuando la fuerza de gravedad de la masa de expedientes deforme y ralentice el espacio-tiempo del poder judicial, corresponde no solo atender al castigo sino a las profundas desigualdades económicas, sociales y culturales que nos impiden ver lo lejos que se encuentra este mundo, de tan siquiera comenzar a formularse correctamente la pregunta por el verdadero sentido de la Justicia.

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