Son las tres de la tarde en Santa Clara, llueve, o más bien, llovizna. Aunque hace mucho calor. El lugar a simple vista parece inmaculado, sin embargo, te invade una energía arrasadora. Soldados y soldadas jóvenes asoman por todos lados. Y un par de ellas te invitan a pasar. Es sobrecogedora la actitud de los presentes, parece que cuidaran su propia casa, a su propio padre.


En medio de la ciudad tampoco faltan, quienes con ojos llenos de lágrimas hablan de él. Mientras el ocaso cubre todo el Capiro, a lo lejos, en lo más alto, una bandera gigante del M-26. Sigue lloviznando y la música es lo único que disputa su presencia cuasi tangible. Santa Clara es de esas ciudades, en las que es muy difícil encontrar a alguno de sus habitantes no profundamente orgullosos del lugar en el que les tocó nacer.


Allí dentro (del mausoleo) comienza la recorrida y aparece un Ernesto argentino, niño, travieso, inconformista, indio (y no cowboy). Pero la energía se torna insoportable, el silencio es profundo. Mientras aparecen las cartas de juventud, los recuerdos de universidad, de toda esa raigambre latinoamericana, resuena el fragmento de un verso tan humilde como hermoso que nos recibió a nuestra llegada: “…sin pedirle nada a nadie, sin exigir nada, sin explotar a nadie”.


En aquel responso no hay más que restos de lo más vivo que tiene la Isla. Y aquellas gentes en el pueblo lo llevan consigo en su caminar diario. Basta con nombrarlo para que se corporice en cada uno de ellos. No hay presencia más fuerte allí, no hay fuerza más poderosa. El cantar diario de toda la provincia lo recuerda y parecieran aún continuar esperándolo volver de La Habana.


Enrique, de 91, nos cuenta en su casa como fue verlo llegar. Con la sencillez de sus palabras de periodista y antiguo locutor de radio de la villa, contó que lo primero que hizo CHE fue sacarse una foto con ellos y hablarles de la necesidad de poder comunicarse con todo el pueblo a través de la radio. Y con un puñado de hombres, lograron llegar. Por más de una decena de días la palabra del comandante bastó para movilizar a todas y a todos allí; en pocas horas un ejército de miles había sido derrotado por todo un pueblo y unas pocas, pero necesarias palabras habían alcanzado.


Hoy en Santa Clara no es un día más, no se escuchan ya aquellas balas de libertad. Y la presencia de su Comandante trasciende sus márgenes, se vuelve corpórea en cada rincón de la Patria. Lo extrañan allá y acá, lo ven volver en cada injusticia, lo sienten cerca en cada triunfo, sonríen cuando se les pregunta por él, derraman lágrimas por quién los liberó.

Un comentario en «Relatos de CUBA»
  1. Con el Che en el corazo’n y portando sus ideas debemos emular su ejemplo y jama’s olvidar que la Revolucio’n la hacen los pueblos

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