Por Juan Cerdeiras

El virus covid-19 no existe, las vacunas se hacen con fetos abortados, tomar lavandina mata el virus, la tierra es plana, el nuevo orden mundial es dirigido por Bill Gates y los chinos, las vacunas modifican el ADN, en Argentina no hay libertad y peligra la propiedad privada, complete la lista a su gusto… evidentemente la respuesta es sí, se puede decir cualquier cosa.

Ahora la pregunta obligada es ¿por qué? En los últimos tiempos se inventó una palabra para dar cuenta de esto, la “pos-verdad”. Muy resumido, esto quiere decir que no habría ya en la esfera pública un compromiso con “la verdad” de lo dicho, que la verdad “objetiva” no importa, sino el efecto que se produce, la apariencia de verdad. Ahora bien, hay que decir que este sesgo negativo de la pos-verdad y sus consecuencias nefastas para la convivencia democrática son, sin embargo, algo novedoso; en cambio, no es algo tan original el dudar de toda pretensión de “Verdad objetiva”. Hagamos un poquito de historia.

            Hubo un tiempo no muy lejano, cuando el mundo dejaba atrás los horrores totalitarios del Siglo XX y abrazaba con esperanzas el nuevo “mundo libre”, democrático y neoliberal, donde se asociaba toda pretensión de verdad absoluta y objetiva con un sospechoso dejo de autoritarismo. Lo esencial eran las diferentes identidades y el respeto a las diferencias, “no hay verdades, sólo opiniones” se decía; y cada quien tiene derecho a decir la suya. El reconocimiento al diferente y la reivindicación de los derechos de las minorías eran el consenso verdadero, más allá de cualquier verdad particular, y había buenas razones para que esto fuera así. Entonces ¿qué es lo que está cambiando ahora? ¿cómo es que este consenso democrático se vuelve en contra de sí mismo, atacando sus propios fundamentos? Pareciera ser que el decir que no hay verdades, que todo es relativo, que todas las realidades son construcciones sociales, cosas que hace una década eran un discurso progresista y hasta de izquierdas, hoy nos hace parecer más un negador de la crisis ecológica, un anti vacunas, o un partidario de Donald Trump.

            Una primera cuestión que podría planteársenos es que la diferencia entre estas posiciones es que una sería respetuosa de las demás, mientras que la otra no. Si bien puede ser así, pensamos que el problema es más profundo y que la solución es más compleja que un juego de espejos para ver bien quien es más “tolerante” del otro. No podemos desarrollar aquí en profundidad este problema, pero podemos indicar algunas cuestiones importantes.

Antes que nada, hay un componente material que no se puede ignorar, pero que no alcanza para explicar nada, que es la proliferación de nuevos canales de comunicación y el aumento de la accesibilidad a diversas fuentes de información mediante el desarrollo de internet y las redes sociales. También es necesario notar que este fenómeno no está exento de un fuerte sesgo ideológico de derechas, reaccionario y muchas veces también muy conservador. Pero nuevamente, una nueva voluntad política reaccionaria no alcanza a explicar el porqué de este método tan caro al reciente consenso liberal-democrático. ¿Se trata simplemente de un retorno hacia la época de los autoritarismos y las dictaduras fanáticas? Sin duda que es posible, no podemos descartarlo. Pero la pregunta interesante continúa siendo la misma: ¿cómo es que estas estrategias antidemocráticas surgen y se legitiman al interior del espacio de valores de la buena democracia?

En primer lugar, no habría que confundir este desinterés por la verdad con la mentira lisa y llana, como muchas veces lo hacemos. La pregunta aquí sería si esta gente realmente cree en lo que dice. Más allá de los casos de flagrante manipulación por parte de líderes políticos y referentes mediáticos, la respuesta es sí. Aquí no nos interesa el hecho evidente de la manipulación de la opinión pública sino cómo sucede y porqué, cuál es la disposición del sentido común de la época a entrar en este juego de afirmar cualquier cosa. Porque el fenómeno de movilización de las minorías derechistas que estamos presenciando se torna cada vez menos una actitud crédula y pasiva, y cada vez más un compromiso activo y en primera persona con estas barbaridades.

Por eso es que habríamos de preguntarnos también si simplemente se trata de gente engañada. Aquí la cosa se torna más incierta, si bien desde nuestro punto de vista podríamos afirmar que sí, que hay un claro efecto de las mentiras que se difunden intencionalmente, la realidad es que no es ahora lo importante. Para que el engaño sea un problema deben darse dos condiciones: la primera es un consenso acerca de que hay una verdad correcta, y la segunda es que la voluntad se dirige a esa verdad. Según lo que dijimos al comienzo, ninguna de estas dos condiciones se darían, pero ¿es realmente así?

Dijimos que en el consenso “post-totalitario” del siglo pasado la premisa era “nadie dice LA verdad” (porque no hay tal verdad) y porque quien pretenda hacerlo tiene la voluntad de someter al otro a su propia visión de las cosas. La Verdad era un instrumento de opresión de las mayorías sobre las minorías, de los poderosos hacia los subalternos. Pero que nadie diga la verdad no implicaba que “todo el mundo miente”, más bien era paradójicamente lo contrario, el que miente era el que decía tener la verdad. Entonces todo más o menos funcionaba en tanto que el desacuerdo era el fondo real de toda discusión. No había voluntad de afirmar la verdad de los hechos, pero se aceptaba que había ciertos hechos que eran diversamente interpretados. Pero en algún momento la cosa se fue de madre y ahora parece que retornamos al mundo de las creencias fanáticas, pero con algunas diferencias no poco importantes.

En primer lugar, digamos que hoy por hoy, lejos estamos de que la verdad sea algo sin importancia. Más bien todo lo contrario, en la era de la “pos-verdad”, la verdad vuelve a reclamar su lugar de forma muy bulliciosa. El problema es que a diferencia del siglo pasado donde se confrontaban dos, o tres grandes Ideologías, con argumentos, con visiones integrales del mundo y de la humanidad, hoy lo que tenemos es una multiplicación de enunciados y una multiplicación de individuos que se van identificando con ellos y donde todo vale. Esto sucede porque el consenso ya no afirma que nadie puede decir la verdad, sino que todos (los que no opinan como uno) mienten y, qué si no hay una verdad, es porque hay muchas, casi tantas como personas y gustos particulares. Por eso es que es falso pensar que alguien que afirma que “el virus no existe” está siendo engañado, porque siempre “el que engaña es el otro” y en tanto yo no creo en el otro no puedo ser engañado. En segundo lugar, mientras antes teníamos una diversidad de puntos de vista sobre una realidad dada y ninguno podía abarcarla en su totalidad ya que todas eran miradas parciales, relativas al observador, hoy pareciera ser que el retorno de la verdad absoluta se realiza como contraparte de una perdida absoluta de la realidad. La verdad no pretende adecuarse a una realidad o construirla discursivamente, simplemente no importa, porque la realidad es la mentira del otro, y lo que importa es más el no ser engrupido, el mostrarse como dueño y señor de mi propio mundo. No hay ya un mundo común.

Vemos entonces porqué el consenso de fondo hace que la cuestión de la falsa información sea trivial. No importa lo que yo crea, sino que lo que importa es que Yo lo crea. Por eso es que desde terraplanistas hasta anticuarentenas lo que vemos es siempre el mismo argumento: no importa tanto cuales son mis fuentes sino el hecho de mostrar que el otro cree en las cosas sin cuestionarlas, en cambio yo cuestiono la opinión mayoritaria, por lo tanto, yo no me dejo engañar. La potencia de la verdad retorna ya no como algo universal sino como un derecho particular a reivindicar mi creencia como si fuera el antídoto frente a la tiranía de las mayorías. Pequeña gran diferencia, hoy toda verdad es por definición minoritaria.

Lo cual nos lleva al otro ingrediente del consenso anti-totalitario: la verdad es opresión. Con lo que tenemos que lidiar hoy es algo más complejo que con ideologías que pretenden totalizar y subordinar los pensamientos particulares. Hoy lo que encontramos son pensamientos particulares fanatizados que se presentan como verdades oprimidas y se legitiman desde ahí. Por eso es que hoy podemos escuchar gente en defensa de la propiedad privada afirmándose como una minoría oprimida por el Estado, o la defensa de la “supremacía blanca” en los EEUU como reivindicación de un sector ignorado y oprimido por las fuerzas liberales de Wall Street. Un auténtico engendro ideológico, un manojo de contradicciones.

La realidad es que esta situación nos está llevando a un punto en el cual cualquier tipo de existencia social se torna prácticamente imposible, incluso en sus presupuestos más básicos, ni siquiera hace falta que pensemos en grandes utopías sociales. Si seguimos así, hasta una conversación de café se torna imposible. Quizás la única manera de salir de este entuerto sea encontrar la manera de formular un discurso que no se sostenga en negar o cuestionar lo que hace el otro, sino en ignorarlo dignamente. Tal vez sea una oportunidad para construir desde cero un nuevo espacio común que reivindique su verdad nuevamente como lo universal, lo que por sí mismo debe valer para todos. Y esto implica asumir el riesgo que conlleva toda decisión que declara un deber ser, una norma mínima de lo Común. ¿Es este el camino o es un retorno a los problemas del pasado? No lo sabemos, pero lo cierto es que el camino que hemos recorrido hasta aquí no está dando resultados, y el pasado amenaza con retornar de la peor manera. Aceptar este retorno de las verdades puede tener su saldo positivo, pero solamente si junto con ellas recuperamos una visión que vaya más allá de los intereses particulares y siente las bases de un nuevo mundo donde lo Común sea la norma y lo propio la excepción.

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