por Nico Fernández

Es bien sabido que desde los anales de la Educación Física, hay muy pocos o escasos pilares ideológicos, paradigmas de conocimiento, que no se han puesto en cuestión. Transversales en algún momento en su derrotero, sobre todo en el campo formal de vuestra disciplina. Es por ello que propongo, como disparador del presente preguntarnos ¿cuáles son los factores que terminamos por reproducir en nuestro quehacer docente -en cualesquiera de los niveles y contextos disciplinares- para incidir fundamentalmente en la des-avidez o falta, de las educandos, en nuestras propuestas y talleres de actividades físicas? Es decir, ¿estamos siendo capaces de desentrañar en cuestiones de género, como agentes pertinentes de dichos menesteres y en profundidad, las fuerzas “ocultas” que se dirimen para evitar el acceso igualitario a todos los contenidos que somos capaces de brindar?

Hoy debido al contexto, de emergentes y masivas expresiones en torno a ello, de asonadas de violencia y repudio de las mismas; de un ir y venir de opiniones encontradas que decantan en (cuanto menos) mantener en vital actualidad esa clave de género, que pareciera colarse como una mala yerba por las hendijas del cemento, por cada rincón de los espacios compartidos. Es cuando les pregunto e intento reflexionar, pero compartiendo tan sólo una minúscula e importantísima experiencia de mi escaso recorrido.  

En el marco de un trabajo territorial (en torno a la militancia universitaria) y del acercamiento de la actividad física en barrios del Partido de La Matanza. Con la premisa de enfatizar en el desarrollo de un espacio “extra” que pudiera abordar esos ratos de calle, luego (e incluso en las horas en las que deberían estar en la Escuela), en los que los chicos, relevamiento de por medio, acusaban una clara y prolongada estadía en el potrero improvisado del lugar; apedreando alguna cosa o “quemando” lo encontrado. Primeros encuentros que comenzaron a tomar forma en una improvisada sociedad de fomento de la localidad de Rafael Castillo. Varias tardes grises, pero llenas de esperanza con el acercamiento de los primeros niños, y el contacto con nuestras propuestas de algunas pelotas y conos, cuyas edades fluctuaban desde los 6 a los 13. Pero que de ninguna manera se restringía a un modelo pedagógico, rango etario o herramienta puntual. Y en tan solo una hora y media, intentar desplegar la imaginación y el recetario -directo desde el profesorado- de posibilidades motrices con presunción, además, de risas y diversión. De esta forma, con las zapatillas embarradas y el corazón latiendo bien rápido, pudimos lograr arrancar con este viejo anhelo. Hasta aquí, singularmente, todo fue risas, colores, pelotas, conos y diversión, y hasta algún corte o moretón; pero había un modesto detalle que no era tan menor, los educandos eran todos varones! En los relevamientos habíamos alcanzado a extender las pertinentes invitaciones a varias familias e incluso, no sólo a los moradores habituales del potrerito, sino que a unas cuantas niñas también, que a simple vista se mostraban amablemente complacientes y prometían participar. Sin embargo, y a costas de encontrarse ya en pleno desarrollo la “clase”, se las veía pasar, inspeccionar, observar a veces desde lo lejos, e incluso responder desde ese lugar, gestual y corporalmente a los estímulos contemporáneos. Parecía como si tal o cual cosa, ¿vaya a saber uno cuál? Les estuviese vedada y/o prohibida de ese, a primer vistazo de ojos un poco agudos, reino de varones. ¡Una vez! La hermana mayor (unos 12 cumplidos) de uno de los pibes, a fuerza de machetazos de voluntad e interés y tumbando la maleza simbólica “al parecer” instituida allí, dijo presente poniéndose a la par; y fundiéndose con el variopinto paisaje socio motriz. Luego, pasado bastante tiempo y ya sin contar con nuestra primer educando, sobrevino la segunda; pero también la ilusión de mixtura nos duró ¡sólo una vez! Aunque suficiente, como para recordar en algunas cuantas ocasiones, las prácticas verbales y corporales de los pequeños “privilegiados” al ir al encuentro de una corporeidad mucho más diferente de entre las ahí diferentes. De igual manera, difícil de no retratar, fueron las manifestaciones por parte de nuestras dos pequeñas aventureras; ese afán de ganarse un lugar e incluso quizás algún tipo de respeto, o sencillamente las exteriorizaciones ante ciertas muestras de negativización sobre sus prácticas, de parte del entorno en general. Imposible no recordar la frase de A. Aisenstein “juntos pero no revueltos”.

Tema éste último no por demás discutido, pero a tientas arribado a grandes luces, a destino. Lo que nos quedaría en el tintero sin dudas son los interrogantes ensayados al principio, teniendo en cuenta la experticia de cada cual y más aún, desde la Educación Formal, los aportes para encender la chispa que hoy a mi juicio, necesita el “fogón” de la avidez por la Educación Física y la garantización en el acceso de todos y todas.